Que se cumplan las oraciones de súplicas y que las enseñanzas de amor, compasión, alegría y ecuanimidad lleguen a los cubanos estén donde estén y sin distinción de credos.

15 abril 2012

Apuntes 2


Los juegos simbólicos con la felicidad conducen al sufrimiento real.

Querer vivir y no poder vivir lo único que tenemos que vivir: el vivo presente.

El amor no es libre, es una disciplina asumida.

Me doy cuenta, por ejemplo, de mi ira, odio, codicia, en fin, de cualquier emoción o pensamiento negativos; ¿qué hago entonces y qué puedo hacer? Si me reprimo, enfermo, si me expreso soy víctima de mi mismo y culpo a los demás. Aprendo pues la técnica del cadáver, esto es, permanecer impasible –y hasta donde puedo, ecuánime--. Entonces, las emociones y los pensamientos se autoliberan, se disuelven en sí mismos, es decir, en la nada que son.

Nuestro yo emocional  nos lleva a la acción –que en realidad es una reacción--, y creemos en él como algo sólido, permanente, y le concedemos autoridad, y así nos acostumbramos con los años a construir un rostro con ese yo emocional. Un  rostro, por demás, falso. Y nos apegamos a esa ilusión que tomamos por real. Ni siquiera podemos darle carácter de hipótesis a la idea de que nuestro yo emocional es un fantasma; tan ocupados estamos de nosotros mismos, tan ansiosos o deprimidos, que la idea se nos presenta como descabellada o imposible, mera filosofía hueca, bla, bla, bla. 
 
En realidad intelectualizamos demasiado, y todo es muy simple: de un acto positivo obtenemos una consecuencia positiva, y de un acto negativo obtenemos una consecuencia negativa. Si no perdonamos, por ejemplo, si perdemos la ecuanimidad, si no somos realistas y como niños sólo queremos que se cumplan nuestros deseos, sueños, ambiciones, entonces nuestro yo emocional es el verdadero enemigo. “Así soy yo, es mi carácter, mi temperamento”, podemos gritar a voz de cuello, desesperados o cínicos, pero llegará el momento en que nuestras reservas intelectuales y tantas defensas en torno a ese yo emocional, no servirán de nada, y terminaremos desplomándonos sea de la manera que sea--.

Toda la ilusión de un yo único, y además, especial, dotado de valores, creencias, gustos propios, nos vuelve prisioneros de nosotros mismos, y no servirá de nada llegado el momento de tener que encarar la realidad tal cual es: sin maquillajes, sin palabras bellas o altisonantes, ni siquiera servirán ya las supuestas buenas intenciones. ¿Qué haces cuando enfermas y puedes morir, o cuando muere un ser querido, o fracasas en tu empresa, o te quedas solo en medio del desierto de la realidad? Blasfemar es fácil, renegar también, pero mantenerse ecuánime--o cuando más, llorar en silencio y no culpar a nadie ni a nada-- será siempre el comienzo (sólo el comienzo) del camino verdadero --es decir no tiene error-- que nos conduce a conocer al yo real como naturaleza vacía y clara de la mente.

No te salves de la realidad. Húndete en ella, acéptala tal cual es, no permitas que ese yo emocional se apodere de tu vida con las insatisfacciones de siempre acerca de ti, de los otros, del mundo, del país, del maldito sistema. Son insatisfacciones que nos vuelven demasiados miserables hasta en la penumbra de nuestra propia habitación, cuando no tenemos necesidad de fingir y al mismo tiempo no podemos ya dejar de fingir. Así podríamos estar de enfermos y no saberlo.

En pocas palabras, y dicho de otra manera, cuando me olvido de mí, soy yo.

El ignorante Lobsang Töndrup. 

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