amada mamá.
abuelos, tíos reales y postizos, amigos:
Nuestra manera de conocer el mundo es la intuición. Nuestro pequeño y agraciado Dios --eso es la intuición y no otra cosa-- que no sabe de dogmas ni religiones.
Gracias a la intuición los niños somos --aunque esto es algo que no nos preocupa tanto-- y los niños estamos-- esto sí que nos importa puesto que nos va la vida en ello--. Los niños fluimos o no fluimos, nos convertimos en piedras frías o líquidos nutritivos si nos respetan o nos cortan la intuición.
Pero no solamente nosotros los niños; también algunos adultos --los pocos, nuestros cómplices-- nos comportamos de forma verdaderamente libres de prejuicios; sin exceso de razonamientos, sin vanas intelectualizaciones ni proyecciones envenenadas, mucho menos gozamos con las enrevesadas fantasías --que tanto practican ustedes-- y que no tiene nada que ver con la autentica imaginación.
Nuestra genuina manera de conocer, explorar, y convertirnos el día de mañana en mejores seres humanos,
es decir, más inteligentes y más tiernos, nuestra única y verdadera arma --y la única posibilidad de vivir sin angustias ni castigos sicológicos, es escuchar y potenciar, darle paso en la experiencia diaria, a nuestra intuición, a nuestro Genio de la Lámpara, queremos encontrar el cofre pirata escondido en la selva.
Sí, nuestros delirios y sobresaltos a la luz de la luna o mirando las fieras y los insectos en el zoo o en el parque de la esquina; justo eso que ustedes ya no pueden ver, y a veces, y lo digo con mucha tristeza, ya no pueden sentir.
Intuición, algo más que una palabra. Como el amor, que no es novelita rosa ni canción melodramática, y mucho menos esas historias de cotilleos llenas de odio y resentimientos o falsas reconciliaciones donde el perdón se confunde con la indulgencia.
Seres queridos, no me abandonen.
No corten mi intuición ni mi libertad de espíritu: No corrompan esta fuerza de
ser y estar en el mundo; la vida no tiene que ver con los buenos modales, tantas absurdas penitencias que de nada sirven sino para comportarme como monito de circo, como pulga enloquecida de alegría que sin embargo la someten a cautiverio, lento, desgarrador, como trabajo meticuloso --y sádico-- de un saboteador de la felicidad.
No conspiren contra la belleza de la vida que son los niños. Yo no puedo abandonar mi capacidad intuitiva, mi alegría de cada minuto. Es cierto que olvido mis de deberes y obligaciones, pero tambien olvido las penas que ustedes me infligen --yo olvido, ustedes acumulan reproches e insatisfacciones; regaños y quejas, y disfrutan el sufrimiento; nosotros no puesto que la vida es otra cosa--; pero si yo olvidara porque no puedo desarrollar mi intuición, mis silencios, mis impulsos, la energía toda que me obliga a aferrarme a la existencia --que no sé qué es ni me interesa-- si nosotros los niños dejamos de apreciar una sonrisa, una mirada, la expresión espontánea, si ustedes nos someten con tantas neurosis y egoísmos, tantos regaños, insultos, frases y actitudes que disminuyen mi fortaleza, entonces, ¿para qué somos niños y para qué hemos venido a este mundo viejo y podrido sino para mejorarlo?
No somos culpables de sus frustraciones y fracasos. Ustedes la pasaron mal, dejaron de ser niños por tener, en un sentido, padres que no supieron hacerlo, pero por favor, no repitan la historia con nosotros.
Si la vida no es juego y el juego nuestra vida, ¿qué nos queda?
¿Para qué nos trajeron a este mundo tan vil y triste?
Sigan mi ejemplo de tres años, se contagiarán sin remedio de una inmensa alegría y una profunda felicidad. Eso es amor, lo demás son sus miedos e ignorancia.
Están muy serios, por favor, rían un poco. Vuelvan a gatear, jugar con tierra, correr descalzos, vuelvan a bañarse en el aguacero o en el río, hagan castillos de arena que el agua borrará o nosotros romperemos por puro placer de romper.
Y sueñen, no solamente se acuesten a dormir tan cansados de vivir esta corta vida que ya van dejando de existir y ustedes ni se enteran.
La supervivencia de la especie depende de nosotros los niños. ¿Lo han olvidado?
¿Que tal si ahora mismo nos vamos al parque a correr por el simple deseo de correr y reír? ¡Vamos! ¡Ya! ¡No podemos perder ni un minuto!
Los ama, Andresito.