El mundo como presencia; sólo sentir la vida presente; sólo existir en el instante. ¿Por qué la mente juega sucio, nos arrastra fuera de lo que transcurre, se desborda en pasado o futuro metamorfoseándose sibilinamente? ¿Por qué está condición de sabelotodo que nada sabe ya que deja escapar la vivencia tal cual?
Homo sapiens sapiens: hombre que sabe que sabe, pero ¿qué sabe?
Si alguna que otra tarde tengo confianza en el ser humano no es gracias a su inteligencia sino a la intuición.
He visto gente culta y mala, gente sabia y mala, gente inteligente y mala –también lo contrario, por supuesto. Sin embargo, he visto –sentí –que ellos mismos podían, contra sus propias creencias y valores, ser buenos si de verdad conocían –si podían saber -- su intuición.
¿Y cómo se puede saber la intuición? No sé. Yo, que no tengo boca, hablo por mí, por la ilusión que soy y se escribe y cree saber.
La intuición como presencia, la intuición en la presencia, es lo único que atino a decirme cuando me pregunto por ella después de una intensa noche de introspección donde la ví sin poder mirarla, la escuché sin poder oirla, la sentí sin poder pensarla.
Transparente quizá, frágil, leve, intermitente, siempre díscola y a deshora, susurrando educadamente o en gritos temblando cual lúcida sicótica. ¿De donde viene? ¿A dónde va? La única prosa que entiende es la poesía, y la poesía no es posible para ella sin el silencio que separa la vida de la muerte.


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