flujos, delirios, y golpes de realidad: propina ante la muerte.

"Fragmentos de Walker", leídos por su autor, Pedro Marqués de Armas

30 julio 2009




Pedro Marqués de Armas, lee el poema Coloquial, de Ángel Escobar, y también otros poemas de Dolores Labarcena.


De Pedro Marqués de Armas:

Inéditos y nuevas versiones.

Selección de poemas de Cabezas.

Más páginas de o sobre Pedro Marqués de Armas.


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"Campos de girasoles para siempre", cuento de Orlando Luis Pardo Lazo.

Un relato intenso. Eso, se escribe para (por) las garrapatas...

"Leían cosas más bien decadentes: novelitas de personajes que se suicidan poco antes del autor que los escribió, ediciones de uso rematadas como papel reciclable, libros prohibidos, panfletos inéditos, joyas en bruto, y etcéteras por el estilo. Por supuesto, leer cosas más bien decadentes les hacía pensar que vivían en «una época absurda, de poca o ninguna acción, como suele ocurrir después de las grandes revoluciones o los pequeños naufragios»: una cita que a los dos les gustaba mucho y que seguramente salía de Silvia, de Gerard de Nerval (la preferida de Orlando), o de Orlando, de Virginia Woolf (el preferido de Silvia). En cualquier variante, a ellos les encantaba ser los protagonistas de tan hermosa y triste desesperación. Así que ahora ya sólo esperaban la menor oportunidad para actuar.

Cada noche, muy tarde, Orlando la llamaba para decirle: «Silvia, no pasa nada, pero me duele», ella en silencio. Cada noche, por teléfono, Orlando le repetía: «Silvia, yo no soy yo ni tú tampoco eres tú», ella en silencio. Hasta que, cada noche, Orlando la agredía para provocarla: «Silvia, es inútil esperar al amor: ojalá no te hubiera conocido jamás», ella en silencio, sin prestarle demasiada atención a su patetismo. «El miedo te mata, Orlando», era la voz en calma de Silvia, «no seas tan inútil tú» [seguir leyendo].

Comunicación en "tiempo real" con los lectores del block.

Siempre, hora de España (seis de diferencia con Cuba).

Jueves 30:
estaré online en algún momento entre 11:00 y 12:30 del mediodía.

Luego, en algún momento de la tardenoche.

Es posible que también a medianoche de mañana (entre seis y siete de la tarde en Cuba), pueda conectarme otra vez.

En estos tres días de estrenar la posibilidad de comunicación en "tiempo real", con los lectores del block, y nuevos amigos, ha tenido buenas experiencias.

Emocionantes y con sorpresas.

Gracias.

Si quieres comunicarte entra a Google Talk, y no sólo chateamos, también podemos hablar, y gratuitamente.

Más frivolidad e ignorancia al fuego: "Cuba después de Castro", en CNN+

29 julio 2009

Mucha gente olvida (analistas, politólogos, periodistas, cubanólogos, adivinos, brujos, cartománticos, y hasta I Chingólogos), mucha gente docta olvida (o no toma en cuenta) que en Cuba ocurrió de veras una Revolución en 1959.

Pésele a quien le pese: las cosas nunca más fueron iguales después de esa fecha. Cambió todo. ¿Qué no descubro el agua tibia? Claro que no, pero entonces, ¿por qué piensan que tras la muerte de Fidel (y luego de Raúl, si es que mueren en ese orden), todo se va a desplomar, o Cuba cogerá un rumbo China, Vietnam, o Rusia?

¿No puede encontrar Cuba otra salida, una alternativa (incluso no chavista) dentro de un socialismo democrático, plural,
diferente?

¿No puede ocurrir una
Revolución después de la Revolución?

¿Quién, en realidad,
trata de pensar en medio de tantos debates, y no se contenta con meras especulaciones, con echar pronósticos a la ligera?

La política podrá tener, en ocasiones, un lado frívolo. Pero los análisis políticos tienen, la mayoría de las veces, una dosis de insoportable banalidad.

Los
analistas políticos del caso cubano, hablan a veces como esos especialistas de la prensa rosa.

El fragmento del "Debate", que sigue es un ejemplo, entre tantos.

No, todavía no hay rigor a la hora de pensar las salidas que puede tener el caso Cuba.

La idea que se maneja es demasiado simplista: se habla (se especula, repito) como si el sistema cubano fuese Fidel o Raúl Castro, y una vez desaparecido uno, o los dos, todo va a cambiar a una democracia con su economía de mercado...

Algo así como si todos los demás dirigentes y militares estuviesen aburridos de lo que acontece hoy, y están esperando que mueran los líderes, para cambiar de rumbo...

Y también hablan los especuladores como si todo el pueblo
estuviera a su vez en contra de la Revolución, o esperando asimismo la oportunidad tras la muerte de Fidel o Raúl...Y esto, en caso de que se atreven a hablar de pueblo, y cuando lo hacen, no toman en cuenta todo el fenómeno de masas, que es lo que en verdad cuenta.

Y no es tan simple.

Mucha gente de pueblo apoya todavía.

Muchos dirigentes y militares apoyan todavía.

Y la Revolución (o como querramos llamarle al sistema), puede continuar, e incluso, renovarse, mutar, y cambiar, sí, pero no necesariamente hacia los modelos chino, ruso, o vietnamita...ni siquiera, hacia una "democracia representativa" (empobrecida, quiero decir) al estilo de las latinoamericanas...

La cuestión de fondo es que se sigue subestimando toda una subjetividad revolucionaria (llaménlo, ideario, conciencia, doctrina, creencia) que existe todavía en Cuba, a nivel de dirigentes y a nivel de pueblo.



Nadie a mi alrededor sospecha nada de mí (3). Confesiones de perro idiota.

28 julio 2009

Un trazotrozo de vida, una puerta trasera abierta, un soplo…



Ahora que ya sé que voy a morir (y sin ansiedad, que hay que mantenerse ecuánime hasta el final), ningún gesto es inútil, y más que nunca, la pregunta: ¿Cómo pulsas el tiempo? ¿Cómo te corta, te escande, te rompe, esto que llamamos tiempo?



Un rodeo necesario.


Hoy, a los 43 años, con apenas dinero para comer o pagar un alquiler, sin libros publicados (sólo uno, digamos que casi de casualidad), sin oficio ni profesión, a trompicones conmigo mismo, después de las últimas rupturas amorosas (que me dejan cansado, sin querer otra vez enamorarme, pero sabiendo que alguien más aparecerá, incluso, hasta puede que sean las mismas que fueron, aquellas que me amaron y amé, pero con nuevos [otros] rostros), después de media vida intentando construir mi yo venidero, justo ahora, en el instante impersonal en que somos todos porque somos nadie, saco la cabeza, y ya que sé que voy a morir, sin ansiedad, pretendo dejar un trazo, un trozo…



Fue largo el camino, difícil, confuso, con accidentes, muchos riesgos, grandes y pequeñas locuras, delirios narcisistas, equivocaciones, dolor, manipulación para con otros, proyecciones egoístas, inconformidades, momentos muertos, y de retroceso, de miedos, cobardía, impotencia, esperanzas, ilusiones y falsas ilusiones, en fin, largo camino (proceso largo) donde pude haber terminado loco, preso, muerto, suicidado, idiotizado…



Un trazotrozo de vida, una puerta trasera abierta, un soplo…



Otro rodeo necesario.



Todo empezó así:



Agramaticaesquizarnos…lo supe tiempo después (veinte años después para ser exactos, si acaso podemos serlo), pero incluso ya lo sabía (porque lo sentía) antes de saberlo…



Agramatical…Esquizarnos…



Huir de la gramática establecida (tu cultura, tu lengua, tu moral, el Estado, tu país, la patria, esos valores que te imponen y por los cuales estarías dispuesto a matar o hasta perder tu propia vida por ellos), huir de un guión que te imponen y repites como tuyo y memorizas, y en fin, dejas que viva tu vida por ti…



Esquizarnos…No volvernos esquizos, no, pero sí aprender de ellos…



Huir de lo establecido como un puñado de hormigas locas…



La primera lección me la dio mi hermano Rubén Duarte, cuando yo tenía apenas doce años. No soy culpable de dos mil siglos de cultura, de moral, de atropellos, de injusticias…dijo (no fueron palabras textuales, pero casi), y luego puso en mis manos un libro: El hombre mediocre…



No sé cómo ni porqué, ni importa saberlo ya. Pero fue ahí cuando me dije: no quiero ser eso. Y asocié: No soy culpable de dos siglos de mediocridad.


Parece simple. Tal vez lo sea. No importa. No por simple deja de ser importante.



Primera lección sobre ética, y primera lección para verdaderamente saber leer: asociar…no sabrás leer hasta que no sepas asociar (idea de Piglia, aprendida veinte años después, pero en aquel entonces, ya sentida)…y tendrás que leer en busca de nuevos valores, ideas, afectos…(idea de mi hermano Rubén).



Por tanto ser agramatical, esquizarnos será posible (me dije, aunque con otras palabras, en un lenguaje rudimentario, todavía gramatical, paranoico), si aprendo a asociar, y así, poder encontrar (o inventar) las nuevas ideas, los valores nuevos, otros afectos…



Un trazotrozo de vida, una puerta trasera abierta, un soplo…



Ahora que ya sé que voy a morir (y sin ansiedad, que hay que mantenerse ecuánime hasta el final), ningún gesto es inútil…



Ahora, cuando todo va a terminar, justo comienzo...

Nadie a mi alrededor sospecha nada de mí (2). Confesiones de perro idiota.

El tanque que me acompañó en la esquina de mi cuarto, en el balcón, en el cruce de las calles de Escobar y San Miguel. Justo ahí quemé todo lo escrito, lo que fui acumulando y luego supe destruir. Lo poco que conservo, es gracias a amigos que guardaron alguna que otra copia. Por eso me convertí en Excritor.




…aprendí con Deleuze: como rizoma, saca la cabeza (levantándola, nunca gacha) por cualquier sitio, se mueve, maquina, produce y se reproduce como virus, incluso, sobrevive en un callejón sin salida...


…ahora, más. Y después, todavía más... ¿te atreves? ¿y aún después, te atreverías?

…así fue cambiando mi vida, apenas sin moverme, a veces, extraño de mí, fantasma de mí, deambulando por los rincones de la ciudad y por rincones oscuros de mi alma…

¿dije, alma?

...sí, alma. Pon la palabra que más te guste en sustitución…

…yo estuve loco (aún lo estoy, pero regateo a la enfermedad mental, mi locura, en un intento de llegar a la nueva lucidez, y así vivir mis cuatro días), y estuve a punto de matarme dos veces, y luego, cuando quise vivir pero no me alcanzaban las fuerzas, me autodestruí con la escritura…

…me explico: de la escritura pasé a la excritura: quemé, en varios momentos de mi vida, todo lo escrito…

Amir Valle dijo una vez en su peña del Centro Cultural Habana (antigua librería VietNam), Jorgito es el verdadero escritor de mi generación porque no ha publicado nada, y todo lo quema, lo destruye…

No son las palabras textuales (pero, casi), y esa fue la idea. Tal vez un piropo condescendiente, las palabras del loquero, el amigo que quiere estimularte, el razonamiento exacto, el sentimiento exagerado, la ironía o la burla, el sincero reproche, la honesta confesión equivocada, lo que se dice por decir algo, lo dicho con absoluta convicción, y sin alardes…

No importa. Un año después, publiqué mi único libro de relatos terminados. Hace años que no quemo (diez años sin quemarme, es mucho tiempo), va acercándose la hora de la próxima pira…

Sin embargo, ahora que asumo, después de dos décadas, mi condición de excritor, termino un poemario (el segundo en dos años), y comienzo una ripionovela…

Se acerca la vejez o la muerte…

Mi momento de ser sepultado por mí mismo…

Nadie a mi alrededor sospecha nada de mí (1). Confesiones de perro idiota.

Todo está bien, a pedir de boca. Luego, el tiro en la sien, mazo de pastillas atascado en la tripa.

Robo línea a Orlando Luis, Nadie a mi alrededor sospecha nada de mí...

Justo la ironía de la perfecta paranoia. El "loco pasional" de Deleuze. La calma que termina en homicidio.

Los amigos, contaba Pierre Rey, que terminaron suicidándose, fueron capaces de decirle la noche antes
que todo marchaba bien...

...todo está bien, a pedir de boca. Luego, cuello laxo en soga tensa, asfalto roto debajo de la ventana.

Ya sabes (le digo a Orlando, te digo a mí, hablo con los muertos
y el pueblo que vendrá), ya sabes, hay que maquinar con lo que tenemos a mano...

...sácale partido al encierro. Después de todo, y contra todo, sigo pensando que Cuba, aunque no es el lugar real, es el lugar ideal para escribir...

Eso pensamos
los excritores, ese régimen de locos pasionales que nos acostamos cada día en Madrid, Valencia, o donde sea, y soñamos con La Habana (y sus secretas y torcidas esperanzas), y cada día regresamos...

Cuídate, (le digo a Orlando, te digo a mí, hablo con los muertos
y el pueblo que vendrá), no dejes de construir tu libertad, y no te arriesgues por nadie...

...sólo por ti y tu escritura y tus bellas fotos, que ya es una manera de arriesgar por muchos...

Poema "Coloquial", de Ángel Escobar, leído por Pedro Marqués de Armas.

27 julio 2009


El suicidio de Ángel Escobar fue un trastorno para la poesía cubana. Hace ya doce años. Aún nos duele. A muchos.




Coloquial.

Yo escribí una señal de humo fugaz sobre las Islas
y estuve nueve años parado en un pasillo
esperando que un funcionario le diera el visto bueno.
Yo estuve en Moscú - unos veintiséis grados bajo cero-
entre la muerte de Chernenko y la de Andropov -:
el aduanero me gritó, como a un bandido,
en ruso, por supuesto; y los que iban conmigo
le encontraron razón -
yo era, también para ellos, sospechoso,
y me lo hicieron saber, en español bien claro,
por supuesto -; allí quise tener dos alas,
pero eso no lo entiende la policía del mundo,
y me metieron en un taxi
entre dos poetas de Tropas Especiales -;
yo recité - nuestros ministros son nosotros -:
el Agregado Cultural me miró como se mira a un muerto.

Yo me morí el 20 de marzo de 1987.
Es decir, tres años después de esa mirada -
que me mortificó igual que un Permiso de Salida.
Yo estuve en París -
en el Bicentenario de la Revolución Francesa.
Me cayeron encima cuatro fusilados de adentro
(hablo de Cuba, ya Ud. sabe),
bultos envueltos en periódicos, y los otros,
los muertos de Tianiamen que ya no verían
las pirámides que ahora tenía El Louvre.
Yo estaba solo y loco y aterido -
y una amiga me hablaba de la Francia Profunda.
Después no sé, pasaron tantas cosas.
Hoy trato de hablar sin subterfugios
los esbirros me miran con los ojos de alguna vaca
sucia. Mi madre, que se murió temprano,
viene y me dice quedo: - No hallan qué hacer contigo-.
Pero ellos sí lo saben;
seguro me mostrarán los instrumentos -
eso, como la bomba de Cohen, forma parte de la función:
no está nunca obsoleto.

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Comunicación con Jaad, en "tiempo real".

Estuve online una hora, menos tiempo de lo previsto porque falló mi conexión wifi. ("prestada", del vecino, donante silencioso).

Me gusta la experiencia, te reencuentras con el viejo amigo que te espera, y conoces a los nuevos, casi todos, lectores del
block.

Esta noche, intentaré otra vez estar online, entre doce y media y una y media de la madrugada en España (seis y media y siete y media de la tarde en Cuba).

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Hasta la próxima. Bienvenido siempre.

Un paseo por la casa de Jaad.

26 julio 2009

Aprovecho un comentario que hice a José Ramón Morales, en este post, y pongo un fragmento, como matiz, y espero que perdonen mi impertinencia:

...mi casa fue para mí, en realidad, un lugar un tanto infernal, nada paradisíaco. Mi casa, tal y como aparece en el fotovideo, sólo en 1999, obtuvo ese aspecto de arreglada, remozada...antes, fue una casa oscura, sucia, despintada, rota por doquier...

Gracias a mi hermana Regla Duarte (a quien hace ya diez años que no veo, vive en otro país), y a su esposo Eduardo (un poeta de la vida, del ladrillo y el cemento, de los cables y el martillo), mi casa tuvo, consiguió, ese aspecto señorial, como alguna vez lo tuvo, pero por muchas razones, perdió.

El fotovideo pudo haber quedado mejor, pero iré aprendiendo, la cuestión ahora, es hacer algo con lo que tengo, con las pésimas fotos que saqué, pero hacer algo con lo que hay, y no quedarme esperando la mejor oportunidad que vendrá, porque aún no existe.

Sí, espero que algún día, La Habana toda recupere su gracia, el salero propio, y no lo que hoy se reduce a casi un obsceno folclor potenciado por las penurias y la falta de libertades.


Sin pretensiones artísticas. Soy un perro con una cámara. Un perro editando fotovideo. Un perro cuando escribo. Un perro, un jerbo, un mosquito. Cualquier cosa que no sea identificarme con "un hombre". No hay indignidad mayor, aprendí con Nietzsche, con Deleuze. Por eso, sustraerse de todo lo dominante, de todos los guiones vividos hasta ahora por el ser humano.

Intentar devenir otra cosa (soñarlo, procurarlo). Formar parte de ese pueblo que vendrá.

Música: Amelia, de Pat Cusick.


Raúl Castro: discurso en el 26 de julio.

"...estoy seguro de que ninguno de ustedes me puede ver, verán si acaso una sombra; ese soy yo”, dijo Raúl Castro en fecha tan señalada en Cuba como el 26 de julio.

Fidel Castro jamás ha dicho una frase tan perfecta.

Y luego:

"La tierra está ahí, aquí están los cubanos, veremos si trabajamos o no, si producimos o no, si cumplimos nuestra palabra o no, no es cuestión de gritar Patria o Muerte, abajo el imperialismo, el bloqueo nos golpea y la tierra ahí, esperando por nuestro sudor"


Fidel Castro jamás dijo algo tan exacto. Todo lo contrario, Él inventó, en su jerga escatológica, aquello de Socialismo o muerte.

Sí, lo confieso, soy de esos que prefieren a Raúl antes que a Fidel

Frente a dos males, el menor.

Y quieran o no, Raúl Castro es un realista. Y eso me gusta.

Tal vez, un realista sin salida, un realista derrotado.

¿Pero los realistas suelen comportarse de ese modo, o se comportan así aquellos que saben que están muertos en vida, derrotados ya, aquellos a quienes le sobran intenciones pero saben que carecen de carácter para remontar las adversas circunstancias, y las malas compañías?

"Una sombra", ironizó sin darse cuenta de esa metáfora. ¿O sí?

¿Nos dijo algo, al sesgo, nos dijo algo, para que fuéramos capaces de asociar?

Dice Ricardo Piglia: quien sabe leer, sabe asociar.

Pero también es cierto (y esto lo obvió Piglia) que existe el lector paranoico (y tal vez yo sea así: paranoico maquínico, si los hay): aquel que asocia demasiado, que confunde realidad con deseos a la hora de asociar. Una especie de Madame Bovary paranoica-epiléptica, de un patetismo sublime...

Una Madame Bovary travestida de Pánfilo en Cuba.

Sea como sea, Raúl Castro dijo: "...estoy seguro de que ninguno de ustedes me puede ver, verán si acaso una sombra; ese soy yo”.

Y eso me gusta, Ah, soy un malescritor. Un tipo que excribe ripios, y ese tipo de enunciado me gusta.

También soy un tipo que quiere una salida para la situación cubana.

Y no es la intervención norteamericana.

Ni el santo patrón del Mercado todopoderoso...

Ni la democracia representativa de qué...

¿Es posible un Socialismo democrático en Cuba?

¿Si alguna vez Raúl Castro deja de ser una sombra, será posible un socialismo democrático, participativo, abierto, diferente? ¿Será Cuba, otra vez, una esperanza?

Gracias a CambiosenCuba, es posible, para mí, reproducir el discurso.

Cinco preguntas a Manny López .


Luis de la Paz, entrevista a Manny López para Diario de Las Américas.

"
Manny López acaba de cumplir 40 años. Lllegó a Estados unidos con menos de 10 años, durante el éxodo del Mariel, en 1980. Es un hombre que refleja algo de timidez, pero a su vez trasluce seguridad en lo que se ha propuesto, que es convertir su espacio, en un hábitat idóneo para los amantes del arte. Con él hablamos de sus proyectos y los logros alcanzados.

1.—Cúal es la misión de Zu Gallery, el centro de artes que fundaste hace tres años.e

—La misión de Zu Galería es promover, esparcir el arte de todo tipo, por esta ciudad. Es darle una oportunidad a artistas que llegan, a esos que vuelven a empezar de cero en este país. A que el público tenga acceso cercano a pintores y poetas. Romper un poco con el mito de la galería y el galerista frío y lejano también. ¡Que se riegue la voz! ¡Que todos puedan cohabitar bajo mi techo, en armonía, con respeto y con amor por las artes!" (seguir leyendo)



La noticia de cuando Orlando Luis Pardo Lazo fue interrogado por el MININT.

Fogonero Emergente, ya no existe, pero hoy publico, tanto allí como aquí, este video debido a su importancia.

Recién lo encontré en internet. No lo conocía, y aunque es ya un evento ya pasado, lo replico hoy. Verdaderamente estas cosas nunca se olvidan (por parte de la oficialidad) ni deben olvidarse (por nuestra parte) tratándose de Cuba.

Nunca es tarde para una noticia semejante. Acaso, algo más significativo, creo, sería ver todo esto más allá de la noticia, o que la noticia ya por vieja, no reduzca la importancia de lo ocurrido, a una anécdota mas.

Esto sucedió el 26 de marzo de 2009.

El escritor y bloguero cubano, Orlando Luis Pardo Lazo, se negó a firmar un acta de advertencia al término de un largo interrogatorio al que fue sometido en el Ministerio del Interior y ratifica su decisión de continuar con sus actividades.



En su momento, en Cuarto de Máquinas, escribí mi opinión sobre la presentación del libro de Orlando Luis, y que tal vez fue el detonante para el interrogatorio-entrevista que sucedió un mes después, y del cual se da noticia en el video que pego hoy.

Para descargar gratuitamente el libro Boring Home. O para leerlo en pdf, online.

Un artículo de Rosa Jiménez Cano, tomado de El País: Dificultades para la literatura "no oficial" en Cuba.

La entrevista de Claudia Cadelo, en Octavo Cerco, a Orlando Luis.

Otras noticias o comentarios, en el archivo de Cuarto de Máquinas, en el mes de febrero.

Fotovideo con material de Orlando Luis.

25 julio 2009

Las bellas fotos (y el texto) de Orlando Luis Pardo Lazo (con Elena y Silvia como modelos), que me regaló el día de mi cumpleaños, las publicó originalmente en su blog Boring Home Utopics.
Ahora las monté para el siguiente fotovideo, con música de Perfume Tree, y el tema, Never Pass This Way Again (algo así como, De esta forma nunca más sucede). Y ten la seguridad, hay cosas que no se repiten, por eso, mientras duren, vívelas. No dejes pasar el aquí y ahora.

Disfruten el fin de semana.




Pedro Luis Ferrer en el Museo de Bellas Artes de La Habana.

El texto que replico abajo es de Orlando Luis Pardo, publicado en el excelente blog, Boring Home Utopics, hace una hora. Las fotos también son suyas.

Creo que es una crónica inmejorable. Mientras leía me llegó todo el vértigo de un sufrido concierto: nada espontáneo, con un público sospechosamente escogido, casi, un concierto montadito para escena.

Quien haya asistido a escuchar a Pedro Luis Ferrer, sabe que sus antiguos conciertos en La Habana, antes de estar luego vetado, bullían de energía, complicidades, subterfugios, sobreentendidos, y hasta declaraciones directas, o alguna que otra denuncia a rajatabla, mucha risa, y momentos dramáticos que la gente compensaba con sólidos aplausos, porque veían una dura realidad expresada en la voz, los versos, las canciones, y el carisma único de Pedro Luis.

Pero leer la crónica de Orlando Luis, me hizo pensar que las autoridades de la cultura (y del ministerio del interior) están manipulando las cosas (¿cuándo no?), lavándose la cara al permitir que el cantautor vuelva a dar concierto.

En fin, mejor leer lo que escribió Orlando Luis, que creo captó muy bien los flujos envenenados del lugar y de lo ocurrido. Dejo también un enlace a lo que cuenta Claudia Cadelo en su blog: ¡¡no le permitieron entrar por razones políticas!!



Descanta en paz, Pedro Luis Ferrer, por Orlando Luis Pardo Lazo.


De cierta manera, un concierto-museo. Musicalmente muerto.
El letrerito promocional de la entrada, entre payasos infantiles, recuerda el terciopelo de las funerarias donde se anuncian los occisos de cada capilla.
Auto-retro-parodias enfriadas por el paso y el peso del tiempo.
Con más grasa que gracia.
Más un público raro, familionamente aburguesado o al menos post-proletario.
Gente que pocas veces ha ido a un concierto de nadie (es mi pura impresión).
Nadie cantaba, tal vez nadie conocía las letras. O las habían olvidado.
Reino amnésico. Desmemorias del subdesarrollo. Ritmo hastíocastrado, podemos terminar.
Triste retrato de aquellas peñas de antaño donde Pedro Luis Ferrer contaba chistes hasta de Fidel.
Tampoco nadie reía aquí, salvo las carcajadas del cantautor, que retumbaban con un eco hueco dentro del patio interior.
Cerraron las puertas a las 7 en punto (técnicamente a las 19:00 hora militar), con una puntualidad nada cubana. Como si esperaran un ataque comando, acaso una letra Y.
Nerviosismo y walkie-talkies.
Miradera paranoica al boring home fotógrafo que baila alrededor del tótem o tabú Pedro Luis Ferrer.
Puaf.
Aburrimiento domesticado general.
Voz potente.
Ese hombre sigue cantando como Dios.
En la puerta de entrada, de pronto un runrún macabro me pareció ver la silueta de Claudia Cadelo de Nevi y su aura bloguera de Octavo Cerco.com.
No la dejaban entrar, al parecer: la condenaban no por cuestiones políticas sino de impuntualidad escolar.
País de niños, necesitado de un perenne payaso toreándonos en el portón.
Ni siquiera me acerco al show.
Claudia Go Home!
El apartheid blogger ya no es noticia en la Ciudad de la Hanada.
Por supuesto, esto no pasó: la botaron muchísimo antes de la hora de corte fiscal.
Pedro Luis Ferrer sigue cantando tontas y lúcidas canciones de amor, casi todas con una bis política que dos décadas atrás eran el colmo de la irreverencia.
Hace algunos días dijo que hablaría con un viceministro para averiguar qué está trabado con la libre entrada a sus conciertos.
La gente cabecea y se despierta para aplaudir.
Yo le tiro un par de fotos fatuas y por fin me voy.
Estoy demasiado solo con esta paleomúsica que alguna vez yo adoré (y trafiqué de mano en mano en cassettes grabados casi clandestinamente).
Descanta en Paz, Pedro Luis Ferrer.

Jaad, en el tiempo (1)

24 julio 2009

Comienzo nueva carpeta con este fotovideo. Tengo pocas fotos de mí, así que será una carpeta de anécdotas, recuerdos, alguna reflexión sobre mi pasado, algún que otro texto trunco, trazos, todo lo que con el tiempo se ha convertido en lo que soy. Otro pliegue de Trazos/flujos, y de lo que comencé el 1 de junio, aunque sólo me haya atrevido con una entrada: Confesiones.

Desliz lanza el proyecto "La taza de café". Un blog de ayuda.

Desde La Habana:



Un sencillo servicio que es utilizado sobre todo por los académicos de distintos países, quienes no tienen tiempo de buscar directamente en la Red de redes, y encargan sus búsquedas por correo. Para este truco, no necesitas inscribirte a ningún sitio ni utilizar ningún minuto de Internet.paladeoindeleite.blogspot.com, palaDeOinDeleite: Desliz lanza el proyecto La taza de café, Aug 2009


El Proyecto Desliz abre su sitio web.

Un nuevo proyecto:



El proyecto cultural Desliz abrió esta semana su sitio web. Nuestra intención es la de difundir proyectos personales/colectivos de distintos países y áreas de interés dentro del ámbito cultural y ponerlos en contacto.paladeoindeleite.blogspot.com, palaDeOinDeleite: El Proyecto Desliz abre su sitio web, Aug 2009


Flujos en La Habana con amigos.

23 julio 2009

Música de Bankrupt, desde Budapest: 18 Now.

Sí, como si tuviéramos 18, allí estuvimos, reunidos unas horas.

Diciembre de 2008. Plaza de Armas, Casa de Letras, Museo del Chocolate, en casa de Elena.



¿Cómo hacen el amor los patos? Relato de "Adiós a las almas"

22 julio 2009

El relato que sigue abre el libro Adiós a las almas, publicado en Cuba en 2002, por la editorial "Letras Cubanas".

El libro tuvo una vida errante y azarosa, (y una pésima edición que pudo evitarse porque estuve al tanto hasta el último minuto), y apenas se distribuyó: 400 ejemplares de los
1 000 de la edición, y esto último, luego de seis meses sin que llegara ejemplar alguno a liberería, y después de mi fuerte reclamación frente a Daniel García, por entonces director de la editorial, e Iroel Sánchez, por entonces presidente del Instituto Cubano del Libro. Llevé a Pedro Marqués de Armas como testigo a esa entrevista, y los dos funcionarios mencionados mintieron al decirme que la edición se había agotado.

Siempre se me negó información en la Distribuidora Nacional, en la Imprenta de la calle Ayestarán, en la Unidad Especial (librería que atiende a los autores, en la calle Neptuno casi esquina a Escobar), y en todos los almacenes de la red.

Mis mañas, amistades, y las puertas traseras que se me abrieron, me permitieron saber que mi libro estaba siendo sometido a una censura sutil: el control y bloqueo en los circuitos de distribución.


Fue entonces cuando pedí la entrevista, y tuvo efecto mi fuerte reclamación, al menos en parte, porque después llegaron a las librerías (sólo a cuatro, escogidas por mí) los 400 ejemplares. Desde esos sitios, controlé la venta lo más que pude, con los libreros y administradores que me apoyaron por simpatía o solidaridad.

Los otros 600, nunca llegaron. Gracias otra vez a gestiones por debajo de la mesa, los encontré seis años después metidos en cajas, y porque una persona los había desviado de su destino según un dictado oficial: convertirlos en pulpa.



La copia que sigue fue escaneada, y por supuesto, conserva las erratas, de la pésima edición.





¿CÓMO HACEN EL AMOR LOS PATOS?

En Madrid conocí a Johnny P.

Johnny P. era un prófugo y yo un vagabundo.

Dos cubanos que huían del pasado, la mala suerte, la bella y solitaria noche europea.
No es importante saber nuestros verdaderos nombres.
Ni él se llamaba Johnny P. ni yo, JAAD. Nuestra historia es lo único que cuenta. Nuestra historia es todo cuanto quiero relatar.

Cuatro días sin bañarme, cuarenta y ocho horas sin comer y mi fortuna no alcanzaba ni para un café. Andaba por España como invitado a un Congreso de Escritores. Pero me largué a las pocas horas de aquellas reuniones. Todo me parecía falso y ampuloso. Comidilla de oportunistas y pendejos. Y sin más me vi de pronto acostumbrándome a vivir en el Metro. Bajo tierra la soledad parece tener fin. Me apeé en La Puerta del Sol. Salí a la calle. Cuando vi la luna llena recordé que el universo es infinito.

Johnny P. huía de la policía y de un matón a quien llamaban el Italiano. «Me voy cuando yo quiera. Ni el Italiano va a sacarme de Madrid ni la policía me va a pillar. Yo me siento libre. Soy libre». Gesticulaba como un loco y no tenía miedo.

Johnny P. era respetado entre árabes, africanos y polacos. Tanto en Callao, Simancas o San Blas,
los inmigrantes lo consideraban un tipo peligroso. Me gustaba decirle chico malo y él se reía. Yodeambulaba por los rincones de Madrid.Parecía un topo. A veces, una rata. Tenía que salvar mi pellejo hasta que decidiera si me iba a quedar o regresaríaa Cuba. Mi amistad con él fue pura conveniencia.

En otras ocasiones habíamos compartido unos tragos, una noche de juerga, o el techo durante algún tiempo. Coincidimos en la iglesia de la calle Martínez Campos, en el albergue de San Juan de Dios, en Avenida de América, la mejor estacióndel Metro para dormir, en el comedor de Palos de la Frontera y en Moncloa, donde me invitó a una fiesta Punks y en medio de la borrachera me pidióque le escribiera una carta as u madre. «Tienes que hacerme ése favor, JAAD. Ustedes los escritores escriben cosas lindas.»

Después de dos semanas sin vernos nos encontrábamos aquella noche. Me invitó a una cerveza.
Entramos en el primer bar que vimos.

—¿Qué piensas hacer, JAAD?

—Lo mismo de siempre. Buscar trabajo.

—¡Oye, JAAD! ¿Cuándo te vas a guiar por mí? En este país no vale la pena trabajar. Ni en Cuba ni aquí ni en ninguna otra parte.

Buscó en los bolsillos. Tiró dinero sobre la mesa.

—Mira lo que conseguí. Sin currar mucho y mira lo que tengo. Puedes tener la seguridad que cuando te guíes por mí te vas a convertir en un verdaderohombre.

Bebí whisky. Necesitaba algo caliente. Nos acomodamos para ver la televisión. Comenzaba La
Rueda de la Fortuna.

—Me gusta ése programa. Es divertido ¿verdad,
JAAD?

—Claro, la suerte siempre es un asunto divertido.

El conductor de La Rueda de la Fortuna también tenía sobrenombre excéntrico. Se llamaba Goyo, anunciaba el premio gordo y se reía. Parecía un hombre feliz.

—Mira esa sonrisa, Johnny P. La envidio. El programa se repite día por día y la risa de Goyo no
parece fingida.

—JAAD, eres un tío raro. ¿Por qué te rompes la
cabeza pensando tanto?

Brindamos. Él era pequeño y fornido. Casi pelado al rape. Sus ojos y sus manos imponían respeto. Comentó que Goyo se parecía al Italiano. Yo no lo conocía pero había escuchado hablar de él. Otro tipo duro. Dos muertos en su cuenta, guardaespaldas, cocaína y un negocio redondo: tráfico de inmigrantes. Le pregunté qué pasaba con el Italiano. «Una puta. Todo por una puta. Le caí a golpes y le corté la cara. Las mujeres no debían existir. Solamente la madre de uno. Todas son unas putas ». Se quedó mirándome.

—Me prometiste que me ibas a escribir una carta.
¿Se te olvidó, JAAD?

—Claro que no.

—Procura que no se te olvide. Mi madre me enseñó
que las promesas hay que cumplirlas. ¿Me estás
escuchando, JAAD?

—Sí, te escucho.

—Miguel y yo nunca juramos por gusto ni prometíamos
nada sino podíamos cumplirlo. La moral
de un hombre empieza por ahí, no lo olvides.

—¿Quién es Miguel?

No contestó. Volví a preguntar. «No importa. No te importa». Y se quedó mirando hacia la calle.
«Cuando me escribas la carta le dices a mi madre que Miguel y yo estamos bien ¿me estás escuchando, JAAD? Todo está bien, muy bien. Miguel y yo. Todo a pedir de boca». No pregunté nada más.

Bebimos en silencio.

Pensé que La Rueda de la Fortuna podía ser un buen título para una novela.

Salimos del bar.

Johnny P. no resistía estar mucho tiempo en un sitio. Me invitó a un Burguer King. Habló de Pamela. «La mejor puta de todo Madrid. La diversión sale gratis. Española, linda y con un culo grandísimo». Le había salvado la vida y ella debía agradecerlo en todo momento. Por su forma de hablar comprendí que la vagina de Pamela se había convertido en una tarjeta de créditos. Trabajaba con Ana. «Una dominicana muy loca que hace de todo en la cama. Vamos a pasarla en grande». Después me advirtió que Ana era de las putas de Sadam, el árabe que controlaba
la venta ilegal en el Metro por las zonas de Sol, Callao, Gran Vía y Chueca. «Nada de golpes
¿me estás escuchando, JAAD? Gózala pero no la suenes. Pamela no tiene chulo pero Ana es otra historia. Ana es como las putas del Italiano».

—No te preocupes. No me gusta darle a las mujeres.

—Eres un niño, JAAD. Las putas dicen que no y
lloran pero les encantan los golpes. ¿Cuándo te vas a
guiar por mí?

Entramos en otro bar en la calle Arenal. «Las putas terminan de trabajar a medianoche. Otra cerveza. Whisky. Hay que matar el tiempo. Hay que matar al Italiano si sigue jodiendo. Ese hijo de puta no me puede sacar de Madrid ¿entiendes JAAD?»

Nos sentamos a beber. La suerte de un vagabundo no cambia con una borrachera pero al menos se olvida la vieja frase de Madrid al cielo.

Pensé en Pamela y Ana. Desde hacía dos meses no tocaba a una mujer. Para los vagabundos las
mujeres son un sueño dentro de un sueño. Para las mujeres, los vagabundos son hombres castrados. Di un sorbo largo y encendí otro Camel.

—Necesito algo bien fuerte, Johnny P.

—Pues lo vas a tener, joder. Yo también necesito divertirme. Tengo que gozar con una puta para
estar relajado. Mañana hay una operación con Sadam ¿entiendes? Hay que estar ready.

Operación con Sadam significaba dinero rápido, contante y sonante. Prendas de vestir, relojes,
paraguas y todo lo que el árabe negociaba clandestinamente en su perímetro. El Gallego era el
ayudante de Johnny P. en estas operaciones. La carga había que llevarla para el piso de Sadam.
Los vendedores, la mayoría africanos, pasaban luego a recogerla.

—¿Y el Gallego? ¿Dónde está tu socio?

—Hace una semana que no lo veo.

Miró su reloj. Era un reloj de oro.

—Buen artefacto.

—Se lo quité a un pijo en la estación de Cuatro Caminos. El tío casi se muere cuando vio la pistola.

Dijo pistola y se tocó la cintura por encima del jersey. «Buena puntería es todo lo que necesita un
hombre. Un solo tiro a la cabeza. No hay que malgastar balas ni palabras». Johnny P. tenía que cuidarse las espaldas. «Hay hombres que no dan la cara. Una pistola para matar a los cobardes».

La Rueda de la Fortuna había terminado y nosotros seguíamos rodando con la noche. Me habló
de sus preferencias por las putas. Una sevillana se enamoró de él, pero Johnny P. no creía en el amor y mucho menos en el matrimonio. «Las mujeres sirven para una sola cosa y para eso están las putas ». Prefería ir a La Montera y chantajear a las indocumentadas. «Las amenazas con la policía y te la maman un poco. Se te montan encima y liquidas el asunto en diez minutos». Vestían mal, eran feas y estaban enfermas pero con suerte podía uno encontrarse alguna princesita extraviada. Esas fueron sus palabras. Yo pensé: princesitas extraviadas en
un castillo de hierro que ellas construyen en las nubes.

—Pamela trabajó en La Montera—continuó—. Pero ya tiene su piso. Ahora recibe a los clientes
que la llaman por teléfono. Se anuncia hasta en los diarios.

Hablando con él aprendí que el camino de un tipo duro comienza con las putas. Un tipo duro tiene que saber disfrutar sin pagar un centavo. Después, el hurto, el atraco, el robo con fuerza, la marihuana, el haschich, el tráfico de inmigrantes y la pornografía. La consagración, llegaba con la droga fuerte. Un camino largo donde sobrevive el más inteligente. Golpes, navajazos o a tiro limpio. «Un tipo inteligente es un tipo que mata, su labia es la sangre».

Pidió otra cerveza. Yo prefería whisky.

Me contó su historia de balsero. Tres días y tres noches en altamar. El sol y la sed y muchos tiburones. «Dame la mano, Johnny P.» y muchos tiburones. «No me dejes solo, Johnny P.» y muchos tiburones. «Me ahogo, coño, me ahogo» y muchos tiburones. No dejó de beber mientras me contó la odisea. Cambió la expresión de su rostro, su gestos, su voz. Unico sobreviviente de un grupo de seis. Un portaaviones yanqui lo recogió. Diez días a bordo esperando que la embarcacióin se llenara con otros balseros para ir a la base militar de Guantánamo. Vio muchos muertos. «Como nunca en mi vida. Veinte, cincuenta, cien. No sé. Muchos, muchos muertos». El mar no era azul. El mar se tiñó de rojo. Johnny P. quería olvidar la sangre, los cuerpos mutilados, y sobretodo la última expresión de Miguel.

—¿Quién es Miguel?

Siguió hablando. Una cerveza tras otra y miraba su sombra en el suelo, en la pared, en el techo del bar. Tres meses en Guantánamo. Treinta mil cubanos en casas de campaña. El traslado a Panamá. Los mosquitos y el fango. Una aventura de un año para entrar en los Estados Unidos y la mala suerte de terminar en España.

—¿Tú nunca trataste de salir de Cuba en una balsa?

—Siempre tuve miedo.

—Yo también, JAAD. Pero hay una sola forma de no tener miedo. ¿Sabes cómo se quita?

Dije que no.

—El día que veas delante de ti a la muerte.

Pensé en la pistola de Johnny P.

Pensé en mi muerte.

Pensé en su muerte.

—¿Quién era Miguel?

—Los hombres no estamos hechos de carne y hueso. Eso es mentira. Los hombres estamos hechos de miedo.

—¿Quién era Miguel?

—¿Por qué no te callas, JAAD? ¿Tiene importancia saber quien fue Miguel? El pasado está muerto.

—Eres tú quien habla del pasado. Tal vez tú vivas todavía en ese pasado.

Nos miramos fijamente. Él me respetaba pormi discreción y porque nunca andaba quejándome.
Soporté el hambre, el frío y la falta de dinero sin rebajarme. Vio mis peleas con el polaco y elangolano en un albergue de Simancas. Terminé hecho polvo, sin un diente y con la cabeza partida, pero sin dar un paso atrás ni salir corriendo. Johnny P. no me consideraba un pendejo. Sin embargo, no debía olvidar que él no lo pensaba dos veces para rajarle el cráneo a cualquiera. Lohizo en el barrio chino a un marroquí. Le partió dos costillas a un catalán en Sevilla. Le cortó la
cara a otro cubano en Valencia. Yo tenía que sercauteloso. Johnny P. no era un parlanchín.

—No vivo en el pasado, JAAD. Yo visito el pasado. Es diferente ¿entiendes? Visito el pasado
como si visitara un cementerio.

Hizo una pausa. Me miró con ojos de animal indomable y agregó:

—Puedo oler el miedo. Soy como los perros. Puedo saber cuando tú o cualquiera tienen miedo.
Era preferible que me mantuviera en silencio.

—Oler el miedo es peor que la mierda, JAAD.

Se levantó y pidió la cuenta. Necesitaba entrar en acción.

—Lucha contra tu miedo y ríete. La risa es el mejor purgante contra el miedo y el dolor.

Salimos a la calle.

Nos esperaba la noche madrileña preñada de luces artificiales y oscuridad real.

Llegamos a casa de Pamela.

—¿Por qué no llamásteis antes de venir? —dijo ella de malhumor.

Entramos.
La dominicana estaba semidesnuda y acostada en el sofá. Tendría veinte años.

—Esperamos un cliente —dijo.

—No importa —dijo Johnny P.—. Tú te ocupas del tío que va a venir y Pamela me atiende a mí.

—No puedo —dijo Pamela.

—¿Cómo qué no puedes?

—No puedo. El tío quiere un completo con las dos. Un dúplex. De veras Johnny P. tenéis que irte.

—¿Que yo tengo que irme?

Johnny P. se acercó a la dominicana.

Sacó la pistola y la dejó sobre la mesa.

—Llevar un arma es como llevar una cruz—sentenció y se tumbó en el sofá.

Pamela se sentó a su lado.

—Okey. Puedo esperar. Cuando ustedes acaben con el tío empezamos nosotros cuatro. JAAD necesita limpiar su instrumento pero también puede esperar.

—Yo sí que me voy cuando termine con el cliente —dijo Ana.

—Tú también te quedas.

Ana se levantó y fue hasta la cocina.

—Déjala, Johnny P. Yo me quedo contigo y con tu amigo. Ana está cansada y la semana le ha ido
fatal.

—¿Y a mi qué carajo me importa? Las putas no se pueden cansar. Pregúntale a JAAD. Las putas
sólo se cansan en las novelas.

Pamela explicó que Ana tenía una deuda con Sadam y en los últimos días sólo había conseguido
diez mil pelas. Cuando el árabe regresara de Barcelona había que liquidarle la pasta.

—¿Sadam está en Barcelona? —interrumpió Johnny P.

—Sí, anda con un portugués en un negocio.

—¿Con un portugués? ¿Qué tipo de negocio?

—No sé. No sé nada. ¿Cómo quieres que lo sepa?

Johnny P. me miró contrariado. Dijo que algo no marchaba bien.

—¿Cuándo regresa Sadam?

Pamela llamó a Ana.

La muchacha regresó con una cerveza y se sentó en silencio.

Miró la pistola.

Se demoró en responder.

—Dentro de dos semanas.

—¿Qué coño pasa, JAAD?

Me recordó que él y Sadam tenían que verse al día siguiente para transportar la mercancía. Caminó de un lado a otro de la habitación. Necesitaba pensar.

—Mañana es la operacion. Sadam no puede estar fuera de Madrid. ¿Cómo coño ese árabe de mierda va a estar en Barcelona?

Miró su pistola.

—¿Tú no me estás engañando?

Ana dijo que no.

—JAAD, me quieren joder. Estas putas me quieren joder.

Cogió el arma.

—Deja eso —dije—. No hay por qué alarmarse. No ha pasado nada. Simplemente que Sadam no
está en Madrid.

—¿Qué sabes tú de putas, JAAD? Tú tienes poca experiencia de la vida.

Ana cruzó las piernas y siguió fumando y bebiendo como si nada ocurriera.

Pamela se levantó.

—¡SIÉNTATE!

Se sentó. Él puso otra vez el arma sobre la mesa.

—¿Estas putas estarán diciendo la verdad,
JAAD?

—Claro —dijo Pamela—. No tengo por qué engañarte.Créeme. Sadam no está en Madrid.

—¿Tengo que confiar en ti, puta de mierda?

—Yo no sé lo que pasa, Johnny P. Sólo te puedo asegurar que no te estoy engañando.

Johnny P. me aclaró que tenía motivos para preocuparse. En mi vida, una confusión semejante podía ser algo sin importancia pero en la suya no lo sería jamás.

Ana y yo miramos el revólver.

Él podía oler el miedo. Yo, el peligro.

Calculé la distancia. Ana estaba más cerca de la mesa. Todas las putas saben huir pero muy pocas saben matar. Me aproximé al arma.

Pamela repitió que debíamos irnos.

—¿Por qué quieres que me vaya? ¿Quién me quiere joder? Dime Pamela. ¿Quién me quiere joder?

—Nadie —contestó Ana.

En ése momento sonó el portero electrónico.

—Llegó el cliente —dijo Pamela.

Johnny P. cogió otra vez la pistola. Ana se levantó y fue hasta el vestíbulo para contestar la llamada.

—Sadam me quiere joder, JAAD. ¿No es verdad, Pamela?

—No sé, de veras que no sé.

—No puedo confiar en nadie, JAAD. Eso es lo peor. Sadam no tiene por qué pasarme la cuenta
pero no puedo descuidarme.

—Vamos a su casa.

—No. Esto es una trampa del Italiano.

Ana regresó.

—El tío va a subir.

Johnny P. sonrió.

—Hay tiempo para todo —dijo—. En la vida hay tiempo para todo.

Le recordó a Pamela que quería divertirse. Cuando el cliente se marchara ella tenía que atenderlo.

—Vamos a divertirnos los cuatro.

—Ya dije que me voy —repitió la dominicana.

—Tú haces lo que yo diga. ¿Está claro? Yo soy Johnny P. y tú eres una puta.

Ana le dio la espalda y fue hasta la puerta. Él se quedó de pie en un rincón de la sala. Me ordenó silencio. Tenía que cerciorarse de que el tipo realmente fuera un cliente.

Ana abrió la puerta.

Alguien entró.

La dominicana lo llevó hasta la habitación.

Johnny P. sacó la cabeza para mirar.

—No hay problemas, JAAD.

Se sentó en el sofá. Cruzó los brazos y pidió algo de beber.

—Apaga la luz—le dijo a Pamela—. No te preocupes por nosotros. No te vamos a arruinar el negocio.

Parecía más relajado. Me miró y sonrió. Pamela nos trajo una botella de whisky barato.

—Johnny P. no confiéis en nadie

—¿Quién me quiere joder? ¿El Italiano?

¿Sadam? ¿El Gallego? Dime ¿quién me quiere joder?

—No sé. De veras que no sé. Pero no confiéis en
nadie.

Pamela me miró. Apagó la luz y se fue a la habitación donde estaba Ana con el cliente.

—JAAD, ¿puedo confiar en ti?

—¿Qué te dice tu instinto, Johnny P.?

—Que eres un chico bueno.

Se empinó la botella. Dijo que ya no iríamos a la operación. Sí, era una trampa. Alguien quería joderlo.

—Voy a ser un tipo grande. Tengo un sexto sentido muy desarrollado. Me quieren joder y me di
cuenta enseguida.

—No sé, Johnny P. Vivimos en mundos diferentes. No entiendo. ¿Por qué estás ahora tan relajado? ¿No estarás bajando la guardia?

—Claro que no. Yo sé lo que estoy haciendo. ¿Tú has leído el Eclesiastés?

—Estoy preocupado, Johnny P. Pensé que el cliente que estaba subiendo...

—Nada de eso, JAAD. Todavía tienes que aprender. El Italiano no va venir aquí a pasarme la cuenta.

La puerta de la habitación estaba cerrada pero escuché los susurros y el bisbiseo baboso del cliente.

—Si Miguel estuviera aquí todo sería distinto.

—¿Por qué?

—Nunca me hizo una mala jugada. Podía confiar en él.

No me gustaba hablar sin verle la cara. Su voz parecía de ultratumba.

—Recuerdo su última expresión. Nunca podré olvidarlo. He visto morir a otros hombres pero olvidé sus caras. Sabes, no hay nada especial en la expresión de un hombre cuando va a morirse. No confundas el dolor con la cobardía. ¿Me estás escuchando, JAAD? Pero la cara de Miguel no puedo olvidarla. Creo que estaba llorando.

Sentí cómo se movía en su asiento.Hablaba despacio.

—Tú eres el único que sabe la verdad. A nadie le he contado lo que pasó. Le hablo a la gente de
Miguel como si de pronto pudiera entrar por esa puerta.

—Tienes que olvidarlo.

—Olvidar es más difícil que matar.

No dije nada más. Cuando un tipo duro se confiesa te compromete no sólo con el pasado sino con
su futuro. Es preferible, entonces, estar como ausente.

—¿Tú crees en Dios, JAAD?

Tenía la botella y el revólver. Pensé que estaba bebiendo demasiado.

—¿En quién puedo confiar? ¿Tú sabes lo que eso significa?

Le pedí la botella.

Podíamos escuchar lo que pasaba en el cuarto.Las mujeres fingían. El cliente gozaba.

También escuché cuando Johnny P. colocó la pistola sobre la mesa.

—Si quieres la guardo yo.

—¿Qué cosa?

—La pistola.

—¿Tú eres adivino o puedes ver en la oscuridad, JAAD?

Me reí.

—El instinto.

—Mentira. Eres un chico bueno para tener un instinto tan bien entrenado. Lo que pasa es que tienes miedo.

—No tengo miedo.

—Sí tienes miedo. Tengo buen olfato. ¿No es verdad que tienes miedo?

Dijo que me podía ir cuando yo lo quisiera. «El miedo no te deja pensar», se burló. Me estaba probando. Tenía que resistir. Abandonarlo era pasarme del lado de sus enemigos. El miedo es la peor traición.

—¿Sabes cuál es el mejor purgante contra el miedo y el dolor, JAAD?

—Ya me lo dijiste.

—Entonces, ríete. Ríete siempre.

Me sonreí para que me oyera.

—¿Tú puedes ver en la oscuridad, JAAD?

—Nadie puede hacerlo.

—Yo sí puedo. ¿Quién te dijo que no se puede? Durante tres años pude verlo todo en la oscuridad. Cualquier movimiento de los otros. Debe ser éso que tú dices, el instinto. Pero tú no lo tienes, JAAD, no te engañes.

—¿Por qué me subestimas, Johnny P.?

—Tú nunca has estado en cana. En la prisión se descubre y se entrena el instinto. Es la gran universidad, chico bueno.

Pamela y Ana comenzaron a gritar. Escuchamos las palabrotas del cliente. Me mantuve en silencio. Johnny P. continuó hablando.

—En el tanque se aprende la verdad de la vida. Todos los escritores deberían pasar por la cárcel
antes de escribir sus novelas. Todo se aprende ahí dentro, JAAD. ¿Estás escuchando a las putas?

Sí, escuchaba. Jugaban a ser felices.

—Puedo saber cuándo grita Pamela. Conozco sus gritos. Eso lo aprendes en la cárcel. Aprendes a ver en la oscuridad. Llega un momento en que sabes quién grita, a quién le cogen el culo a la fuerza o quien lo da por miedo, por comida, por tener un marido que lo cuide. ¿Sabes en que se parece una cárcel a una iglesia? Claro que no, JAAD, claro que no lo sabes. Son los lugares donde más la gente reza y le pide a Dios.

Un rato después todo había terminado. Ana acompañó al tipo hasta la salida y regresó a la sala.
Encendió la luz y se desplomo en el sofá.

—Me da lástima con Pamela. Pobre Pamela. El tío era un animal.

Johnny P. se levantó y fue a verla. Le pregunté a Ana qué había sucedido.

—El tío tenía una polla grandísima y pagó doble por hacerle un griego a Pamela.

Un griego. La primera vez que oí esa frase me dio risa. Un griego. Dar por culo. En la cuna de la
civilización daban por culo.

Ana fue hasta el espejo. Vi en su rostro el cansancio de tantos días, el cansancio de tantos años.
Me acordé del premio gordo de La Rueda de la Fortuna. Me acordé de Goyo. Me acordé que el
Italiano se parecía a Goyo.

—¡QUE ME DUELE!

—¡HAZ LO QUE TE DIGO, CACHO DE
PUTA!

—¡NO QUIERO. QUE ME DUELE. DÉJAME
SOLA!

—¡HAZ LO QUE TE DIGO, CACHO DE
PUTA!

—¡QUE ME DUELE MUCHO, JOHNNY P.
DÉJAME SOLA, POR FAVOR!

Ana y yo fuimos hasta la habitación.

—¡POR FAVOR, JOHNNY P. ME DUELE.
POR FAVOR, DÉJAME SOLA!

Pamela se resistía bocarriba. El quería metérsela por detrás. Ella decía que no. El pegaba más fuerte. Ana me dijo que hiciera algo. Me senté a beber.

—No es la pirmera vez que esto ocurre —dijo
Ana.

—¿Y después, qué hace tu amiga?

—Pamela no es mi amiga. Trabajamos juntas.
Nada más que eso.

—¿Pero, dime y qué coño hace ella?

—¡¿Y qué coño harías tú, cubanito?!

Terminé con el whisky. Puse la botella vacía en la mesa. Miré la pistola. Una botella vacía y una
pistola. Pensé en otro título para mi novela.

—El fin de Johnny P. está cerca —dijo ella.

—¿Quién lo va a matar? ¿Tú?

—¿Yo? Te equivocaste, cubanito. Ana vino a este país a levantar cabeza no para matar a tu amigo gilipollas.

—Johnny P. no es mi amigo.

Pamela comprendió que había que terminar de algún modo. Empinó la cadera. Johnny P. abrió las piernas de la muchacha. Se colocó frente a su trasero. Hurgó en el ano. Metió un dedo. Dos. Johnny

P. hacía aquello para activar su miembro. Ella estaba abierta en todo su esplendor y sangraba. El ordenó que se limpiara. Su pene parecía de juguete y no quería colaborar. Los golpes no cesaron. Ellamordió las sábanas. Él limpiaba la sangre. Quería penetrarla y hacerla gozar pero no podía. Y la golpeaba y limpiaba la sangre y cogió un vibrador y se lo colocó alrededor de la cintura y por fin la perforó. Lo metió todo.

—Mira cómo tengo la polla ¿La sientes? Es mi polla grande y caliente. Te gusta ¿verdad? Dímelo.
¿Soy o no soy el mejor de todos?

Me dio miedo la cara de Johnny P. Se había transfigurado. Parecía una bestia. Se movía y golpeaba con rabia las nalgas de Pamela.

—Te gusta suplicar y que te cojan el culo a la fuerza. Te gustaba saber que yo te protejo y te cuido. Dime, ¿no es verdad, puta de mierda?

Se levantó y dejó el vibrador dentro de ella. Clavado hasta el fondo. Diez pulgadas de látex. La tiró contra el suelo. Una pelota de carne y hueso dando volteretas por el cuarto. Con las sábanas le ató las manos y limpió la sangre. Ella estaba arrodillada. Cerró los ojos y Johnny P. orinó en su boca. Limpió la sangre y dijo pídele perdón a tu macho y limpió la sangre y apagó la luz y no pude ver nada más.

Escuché los golpes y la cantaleta que él repetía y repetía y a lo lejos, en un susurro, escuché el llanto de la muchacha.

Regresé a la sala.

Ana había recogido sus cosas para marcharse. Yo también decidí irme.

—¿De verdad que tú y ese hijo de puta no son
amigos?

—Te dije que no. Ando con él por conveniencia.

—Entonces, no te preocupes. El fin de Johnny

P. está cerca Vamos, te invito a unos tragos en el bar de Paco.

Nos largamos.

Antes de salir, y sin que Ana me viera, cogí la pistola de Johnny P.

Caminábamos con lentitud. JAAD, el vagabundo, y una puta dominicana disfrutando de la vida
nocturna en un país extranjero. Me reí por la ocurrencia. Pero la vida, diurna o nocturna, en aquella ciudad, en La Habana o en cualquier otro sitio, tenía que ser algo más. El mar, la cárcel, tiburones, putas, sádicos, programas de la tele, discursos políticos, limosneros, pistolas, todo eso existía pero la vida tenía que ser algo más.

Le conté a Ana cómo Johnny P. y yo nos conocimos. Casualidades. La primera vez que lo vi fue
en un albergue. Más tarde en el comedor para inmigrantes. Después, en el dormitorio de San Juan de Dios, la noche que los árabes intentaron golpearme en Saíz de Baranda y me gané la fama de tipo cojonudo. Cuando los árabes me tenían cercado aparecieron los Cabezas Rapadas. Me quedé imperturbable. Todos los inmigrantes se fueron corriendo. Nadie en el Metro. Nos quedamos solamente ellos y yo. Los Cabezas Rapadas pasaron por mi lado, armados, dispuestos a ver correr la sangre. Y yo, en medio del grupo, desafiándolos por haberme quedado cuando se suponía que debía correr. Los árabes, los rusos y todos los sudacas de la zona corrieron la voz de que el cubano era un tipo sin miedo, un loco. Y llegó a oídos de Johnny P. Nadie supo nunca que fue el pánico lo que me paralizó. Una semana más tarde me topé con un colombiano que me propuso vender tabaco a contrabando y apareció otra vez Johnny P. que conocía al tipo. Casualidades. Eso es la vida. Una necesidad tras otra y una casualidad tras otra.

Ana me escuchó en silencio. Cuando llegamos al bar de Paco me dijo que el final estaba cerca.
Debía alejarme de él si yo quería seguir vivo y en Madrid.

Nos sentamos a beber.

Sadam, Pamela, Ana, tal vez el Gallego, y hasta Paco, todos eran cómplices. Todos querían deshacerse de Johnny P. Toqué la pistola en mi cintura.

Paco era un cantinero con aspecto de payaso. Ana le contó lo sucedido en el piso de Pamela.

—Si quieres llamo al Italiano —dijo Paco—.

Tomamos cerveza Maho. No había nadie más en el salón. Necesitaba algo frío. Necesitaba estar vivo y en Madrid. Necesitaba ser leal en el mundo de los tramposos.

Miré la cara estrujada de Paco. El odio y la alegría en la cara vieja de aquella mujer de veinte
años. Intenté imaginarme la cara del Italiano. Miré mi propia cara en el espejo. Volví a tocar la pistola.

—¿Siempre vienes aquí?

—Sí. Después de trabajar. A veces vengo con Pamela.

—¿Cuánto le debes a Sadam?

—Oye, cubanito, eso no te importa.

—¿Y cuánto le debes al Italiano?

—¡Pero, bueno hombre! ¿Tú estás de parte de Johnny P.? ¿Qué te importa a ti mi vida? ¡Cuidado no te busques líos con el Italiano y con Sadam!

—Chaval, ésa gente siempre está armada, son la hostia.

Se abrió la puerta del bar y apareció Johnny P.

Se dirigió a nuestra mesa como un bólido. Todo fue rápido. Muy rápido.

—¡DÉJAME, JOHNNY P.!

Ana gritó y Paco se echó a un lado. Me quedé sentado sin tiempo para reaccionar.

—¿Dónde está mi pistola puta de mierda?

No esperó respuesta. La tiró contra la pared y la dejó sin aire de una patada en el estómago.

—Yo mato a quien me robe la pistola. Conmigo no se juega. ¿Estás oyendo puta de mierda?

Me miró. Preguntó si yo había cogido su arma y respondí que no. Paco suplicó que no quería problemas en el bar pero se calló cuando él lo amenazó.

Ana sangraba por la boca. Johnny P. le ordenó que se limpiara. Ana lloraba y amenazó con
Sadam. «Soy una puta de Sadam y no se me puede tocar». Fue todo lo que pudo decir. Ana se
confió demasiado. Quizás llegó a pensar que era una puta invisible.

—Yo me siento libre. Soy libre, puta de mierda. Sadam sabe que yo mato por mi pistola.

Paco me miró.

Me miró y cogió el teléfono.

Se quedó tieso con el auricular en la mano. Esperaba mi reacción.

Tragó en seco. El gordo buscaba mi aprobación para llamar a alguien.

No dije ni hice nada. Me quedé sentado pensando que la lealtad en el mundo de los tramposos
puede confundirse con la sumisión.

Paco marcó un número. Dijo dos o tres palabras en voz baja y colgó.

Johnny P. había empujado a Ana hacia los servicios.

La tiró por la escalera. Le dijo a Paco que cerrara el bar y nos obligó a seguirlo. Cogió una
botella de wiskhy y se la empinó.

—No debes seguir tomando —dije—. Será mejor que estés claro.

—¿Quién coño te pidió consejo? Ahora voy a seguir divirtiéndome, JAAD. Y tú vas a singarte a
la puta.

Ana tuvo que quitarse la ropa. Johnny P. me ordenó que la montara. Dije que no. Me amenazó.
Nos miramos fijamente. Me negué dos, tres, cuatro veces y soporté las ofensas. Me mantuve tranquilo.

Paco tuvo que subirse arriba de Ana y metérsela por detrás. Johnny P. le permitía un momento de diversión. Con dos movimientos el gordo terminó. Ana quedó inmóvil. Johnny P. se volvió y me dijo:

—Vamos, JAAD. Es tu turno. La puta no ha gozado con el gordo. Enséñale lo que es un macho.
Arriba, JAAD, guíate por mí y vas a ser un hombre.

—Hazlo tú.

—Yo evacué con Pamela, JAAD. Le metí mi torpedo grande y duro y estoy feliz. Pamela es mi hembra. Esta puerca es la puta de Sadam y no me gusta. Vamos, te toca a ti.

—Te dije que no.

Johnny P. me miró y se empinó la botella. Estaba borracho.

Comenzó a tambalearse y darle patadas a Ana.

—¿DÓNDE ESTÁ MI PISTOLA, CACHO DE
PUTA?

Cada vez que la muchacha trataba de decir algo él la callaba a patadas. La arrastró hasta el inodoro y le hundió la cabeza. No hice nada. Hay momentos en la vida en que el altruismo se convierte en chatarra. Toqué la pistola por encima de la ropa. Pero no hice nada. Un hombre puede estar armado y desalmado. Comprendí que todo es mierda, chatarra y putas en el inodoro.

—Paco, súbete otra vez. Dale por culo. Siempre por culo. Las putas y los maricones son la misma
cosa.

Paco se incorporó e hizo un esfuerzo para penetrarla. Ella no se atrevió a sacar la cabeza del
excusado.

—Gracias, Johnny P. —dijo el gordo cuando terminó—. He gozado mucho.

—Puta de mierda. ¿Dónde está mi pistola?

Paco me miró desconsolado.

—La pistola debe de estar en su cartera —dije.

—Traéla. Ve y traéla. Quiero mi pistola. Es todo lo que tengo. ¿Me estás escuchando, JAAD?

Subí la escalera.

Johnny P. rompió la botella contra la pared.

Cogió un pedazo de cristal. Se acercó a Ana. Le cortó una nalga y empezó a reír.

Llegué arriba.

Escondí la cartera de Ana detrás del mostrador. Lo llamé.

—Tráeme la pistola, JAAD.

—Tienes que subir.

—Tráeme la pistola, hijo de puta. Tráeme la cartera y la pistola.

Me acerqué al teléfono. No sabía qué hacer.

Miré hacia todas direcciones.

Vi a través de las ventanas a dos tipos detrás de la puerta, en la acera. En ese instante fue que vi a los dos tipos esperando.

Dos hombres que esperaban en la acera.

Regresé al baño.

Paco limpiaba la sangre. Ana lloraba. Johnny P. estaba sentado en un rincón.

—¿No vas a cumplir mis órdenes, JAAD?

Le dije que debía volver a casa de Pamela. Ana no tenía la pistola.

—En el piso de Pamela no está. Busqué por todos lados.

—Regresa y vuelve a buscar. Tiene que estar allí.

—No, JAAD. La dejé en la sala, en la mesa de la sala. Esta puta la cogió.

—La puta no la tiene, Johnny P. A lo mejor la escondió. Tiene que estar en el piso de Pamela.

—¿Seguro, JAAD?

Claro, Johnny P. ¿Dónde coño va a estar?

Ana trató de decir algo. Johnny P. la golpeó otra vez.

—¿Tú no la tienes, JAAD?

Caminó hacia donde yo estaba. Nos miramos.

Abrí los brazos para que me revisara. Se rió. Me pasó la mano por la cabeza y me dió la espalda.
Subió la escalera. Estuvo a punto de caer.

—¿Puedo confiar en ti?
—¿Qué te dice tu instinto?

—Que tienes miedo, JAAD. Tienes mucho miedo.

Llegó al final de la escalera y se volvió para decirme.

—No estás preparado para esta vida. Guíate por mí, JAAD. Deberías comprarte una pistola.

Salió a la calle.

Una hora después subí la escalera.

Despacio.

Conté los peldaños.

Salí del bar.

La frialdad de la noche se transformaba en un frío amanecer.

Lo recogí del pavimento.

Allí estaba.

Como un animal.

Tirado.

Le sangraban las cejas, las nariz y la boca. Tenía un brazo inmovilizado y cuando empezó a caminar tuvo que apoyarse en mí para mantener el equilibrio.

Vomitó.

Escupió un diente.

Tenía una cortada en el pómulo derecho.

Me dijo que le limpiara la sangre.

En ningún momento se quejó.

No quiso ir al hospital ni a la iglesia.

Johnny P. tenía que irse de Madrid. La última advertencia del Italiano precipitaba las cosas, definía la guerra, ponía en juego la hombría, el orgullo, el valor para soportar los golpes.

Johnny P. no vociferó ni alardeó ni hizo juramentos.

La suerte estaba echada. Mañana, al día siguiente, la próxima semana, en cualquier momento y en cualquier lugar el final ya era el final. Johnny P. o el Italiano. La ley de los hombres: tú o yo.

—Me siento libre, JAAD. Soy un hombre libre. Me voy de Madrid cuando yo quiera.

—Necesitas descansar.

—Yo sé lo que necesito. No me digas lo que tengo que hacer. Yo estoy bien, no pasa nada.

—Tienes que curarte. Tienes que descansar.

—Cállate, JAAD. Yo estoy bien. Estoy borracho, nada más. Por eso me sorprendieron. Borracho
y sin pistola.

Caminamos hasta la estación del Metro. A ésa hora abrían las puertas. Mucha gente nos miró. A
nadie le interesaba aquel espectáculo. Teníamos toda la libertad del mundo para actuar y toda la soledad para tomar nuestras propias decisiones.

—Llévame a Puerta del Ángel.

—Estamos en Callao. Es muy lejos.

—Haz lo que te digo, JAAD. Llévame a Puerta del Ángel.

—¿Qué vamos a hacer allá? ¿Te has vuelto loco? Es muy lejos.

—¿Esto es sangre, JAAD? Vamos, límpiame lasangre. ¡LÍMPIAME LA SANGRE!

Hablaba con dificultad. Sacaba fuerzas. Se llevó las manos a la cabeza. Le dolía el cráneo. Vomitó.
Se echó a reír. Todo pasaría rápido. Yo no debía preocuparme. «Todo está bien, JAAD, todo está
bien». Hablaba y se reía pero nunca se quejó.

Tampoco dejó de reírse.

Cuando llegamos a Puerta del Ángel era de día.

—Mira el río, JAAD. Este es el lugar más bello de Madrid. Es todo lo que necesito. El río y la limpieza de este lugar. ¿No es bonito, chico bueno?

Vi por primera vez el río Manzanares. Me acordé del Almendares. La Habana y Madrid tienen un río para limpiar tanto dolor y tanta suciedad.

Nos sentamos en un banco.

Johnny P. respiraba con problemas.

—Me gusta venir a ver los patos, JAAD. ¿No te gustan los patos?

—¿Qué vamos hacer, Johnny P.?

—No seas flojo. Esto pasa. Mira los patos. Quiero que veas los patos.

Estaba pálido.

—¿Me limpiaste la sangre?

Le dije que sí.

—¿Toda la sangre? ¿Me limpiaste toda la sangre?

Le dije que sí.

—Un buen lugar para que me escribas la carta, JAAD. ¿Tú no me prometiste que me ibas a escribir una carta para mi madre?

—Sí, Johnny P. Te lo prometí.

—Una carta bien linda ¿entiendes? Ustedes los escritores escriben cosas lindas. Cada vez que abro un libro todo está escrito de una manera especial. JAAD, las palabras no se parecen a la vida.

—¿Por qué no te duermes?

—Quiero que en la carta le pongas a mi madre que todo va a salir bien. Recuerda que en Cuba la
gente no vive en el presente.

Hablaba despacio y miraba al río.

—En aquel país de mierda todo el mundo vive metido en el pasado o en el futuro. Recuerda eso y
vas a entender por qué las cartas tiene que ser lindas, con palabras sacadas de los libros.

Me quedé en silencio.

—¿En el río Almendares hay patos, JAAD?

—Claro que no. La gente se los comería.

Nos reímos.

Nos reímos sin parar.

—Bueno, no importa. Dile a mi madre que tengo un piso cerca del Manzanares y que todas las
mañanas cuando abro las ventanas veo el río y los patos.

—De acuerdo.

Le tiré el brazo por encima del hombro.

Me dolía la cabeza.

—¿En los ríos hay tiburones, JAAD?

—Claro que no. Pero cállate. Tienes que descansar.

—Vamos a bañarnos en el río. No hay peligro. Tienes que volver a sentirte como un niño.

—Tienes que descansar. Ya no sabes ni lo que dices. Duérmete y descansa un poco.

Estaba temblando.

—Mira los patos. Son hermosos. Es todo lo que necesito. Los patos y el río. ¿Cómo hacen el amor
los patos? ¿Cómo hacen el amor los patos, JAAD? Dime ¿cómo hacen el amor los patos?

Volvió a escupir sangre. Limpió el salivazo con los pies. Me repitió que aquel lugar era el más hermoso y limpio de Madrid.

—¿Tú puedes oler el miedo?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Por nada. Quiero saber. ¿Tú puedes oler el miedo?

—No, no puedo, Johnny P.

Recostó su cabeza en mi hombro.

—¿Por fin, qué vamos a hacer?

—No te preocupes. Si quieres te prometo que el Italiano no va a sacarme de Madrid. ¿Quieres que te lo prometa, JAAD?

—No. Quiero saber qué vamos a hacer.

—Con calma. Tienes que leer el Eclesiastés. En la vida hay tiempo para todo. Un tiempo para vivir y un tiempo para morir.

Tenía frío.

Lo abracé.

Me repitió que me quedara viendo los patos y vigilando por si venía el Italiano.

Por primera vez me pidió que no lo dejara solo.

Tenía frío y habló del sol de Cuba.

Lo abracé más fuerte.

Cerró los ojos.

—¿Qué puede hacer una puta con una pistola? Dime, Johnny P. ¿Qué coño puede hacer una puta
con una pistola?

—Eso mismo me pregunto yo, JAAD. ¿Qué puede hacer una puta con una pistola si no va a utilizarla en el momento en que hay que utilizarla?

Nos quedamos en silencio.

Sentados en aquel banco.

Dos cubanos que huyen del futuro, de la mala suerte, del bello y solitario amanecer europeo.

Johnny P. era un prófugo y yo un vagabundo.

Él se fue quedando dormido y yo miraba los patos.

Sólo eso. Johnny P. dormía y JAAD miraba los patos.

Poemas de Dolores Labarcena, leídos por Pedro Marqués de Armas.

21 julio 2009

Un viejo proyecto: publicar a algunos escritores en videos o en archivos de audio. Después de la grabación y los textos que siguen, dejo varios enlaces sobre ambos autores.

Dolores Labarcena (Santiago de Cuba, 1972), Poeta. Ha publicado, Las puertas dialogadas. Reside en Barcelona.

Los poemas aquí publicados pertenecen al libro inédito, Patas de buho.






Fuera de la balística, y del tiempo que media entre el gatillo y un blanco real, “toda acción requiere de un esfuerzo lento y dedicado”. Los tártaros (como esos pueblos de una soñolencia perentoria, carne de cañón) cavaron en cualquier parte sus tumbas. No esas cámaras rituales donde reposa al fin la osamenta, sino cuencos para acarrear el derrumbe, elástico, mucho más remoto.

***


El quebrantahuesos: pájaro de rapiña que cruza el aire “en un rapto de calculada inspiración”. Tiene de sus antepasados apenas el plumaje, pero ahí esta, de siglos. Para saciar el hambre, no le perturba arrojarse sobre un peso muerto, ni menos, lo que su armazón sería. A este animal tautológico, (te dije mientras hablabas de buenos y malos poetas) no le preocupa nada de la historia. También la historia es un ciervo herido a la altura de un peñasco.

***


Se ve venir. Todo el tiempo en su balón de aire. Da igual si a paso de hombre o a pequeños brincos. Al final caerá. Ni Etruria, ni las cabezas prensadas de los shuar pudieron con ello. Es la decrepitud lo que les confiere existencia. Pero eso es harina de otro costal. Y mientras tanto, la paciencia hace aguas.


***

Random: nombre inglés, poco común entre los naturales de Nintx, tuvo un caballo al que llamó Peter. Oh, Peter! Con él cabalgó hasta las montañas de Pal. Allí estudió a los clásicos y escribió algún que otro haiku. Cruzando el charco “se congregan las nubes, huelen las axilas sudorosas y tocan guitarras distraídamente” -dijo el eremita. Random: nombre inglés, poco común entre los naturales de Nintx, había leído demasiada prosa para dejar su novela a medias. No pregunten por el caballo. Tampoco en su terruño hay heno, aunque se ven las reses que pastan sobre un no sé qué.


Blogs coordinados por Dolores Labarcena:

del palenque...y para...

Letr@ con acento

Negros cubanos con acento


De Pedro Marqués de Armas:

Inéditos y nuevas versiones.

Selección de poemas de Cabezas.

Más páginas de o sobre Pedro Marqués de Armas.


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Alberto Lauro conversa con Boris Izaguirre.

20 julio 2009

Lo que muchos periodistas no pueden conseguir: una interesante y amena entrevista.

(...) a partir de entonces comencé a tener una relación muy difícil con Cuba. Nunca he querido ir a Cuba, pudiendo ir, porque viviendo en Europa sentiré que voy a formar parte del turismo sexual que me horroriza.

Y tampoco aprovecharme de la relación que en un momento determinado mis padres tuvieron con señalados funcionarios y autoridades de la Revolución, porque iba a ver otra parte que tampoco me va a gustar: esas son las dos razones por las cuales no voy. No puedo ir a La Habana a ver ruinas y luego, indiferente, bañarme en playas increíbles. Es que no puedo. Y tampoco puedo ir a ver los llamados logros culturales de la Revolución, porque también tengo conflictos con eso, porque sé que hay dogmatización, que hay censura y que no les está permitido a los cubanos expandir aún más su tradición cultural. Les han impuesto unas determinadas pautas culturales con las que no estoy y no puedo de ninguna manera estar de acuerdo. Para mí es muy difícil. (seguir leyendo)

La telenovela hondureña...

Un texto de Lizabel Mónica, en su blog. Todo el que ha vivido en Cuba sabe lo que sucede con la información, con el tratamiento que el Estado (y el gobierno, que en Cuba es una y la misma cosa), le da a la información, y por tanto, la incertidumbre y desubicación que siente el ciudadano o todo aquel que piensa por cabeza propia, y desea saber por sí mismo, acceder libremente a la información.

La telenovela hondureña, así le llama mucha gente de pueblo.

La voz popular, la frase que circula como contrarrelato estatal, y que lo dice todo, que condensa en pocas palabras, al darle status de culebrón, todo un suceso político, que justo el Estado lo monta como un espectáculo seriado, lo presenta con una guión de un show.

Bombardeo informativo que al mismo tiempo es desinformación, manipulación de la noticia por las verdades a medias, por lo que se oculta, por la reducción de los puntos de vistas, por la ausencia de la posibilidad de un debate, de acceder a diferentes opiniones....

Dejo el enlace al comentario de Lizbel.


Honduras quizá se merezca unas palabras. Pero yo no soy propietaria de estas palabras, al menos no ahora. El presidente tiene que volver, el presidente quiso cambiar la constitución para su beneficio, el golpe de estado no debe retornar a América Latina (¿es que ya no retornó?; si algo me maravilla de los discuros políticos es su tratamiento de los tiempos verbales), la caciller dice lúcidas palabras delante de la cámara, la canciller grita delante de la cámara, el país está aislado econímicamente, el país es y será sin remedio durante un tiempo el que mayor peso de la crisis experimente gracias a la aventura de políticos y militares.paladeoindeleite.blogspot.com, palaDeOinDeleite: Palabras sobre la ausencia de palabras: Honduras, Aug 2009

Premios 20Blogs. Mi flaca esperanza...

Ay, qué desilusión, voy en el puesto 2079, de la votación por los premios 20Blogs. Recibí este mensaje. Pero resisto. Aún tengo aliento para resistir un poco más...

Hola JorgeAlbertoAguiar,

Nos ponemos de nuevo en contacto contigo para informarte sobre la marcha de nuestro concurso de bitácoras, los Premios 20Blogs 2009. Han transcurrido 7 días desde el comienzo de las votaciones, que concluyen el próximo 17 de septiembre, y desde entonces tus blogs inscritos en el concurso han recibido los siguientes apoyos...

  • Cuarto de Máquinas
    Cultura - 219º puesto - 0 votos Diseño - 518º puesto - 0 votos Ocupa el 2079º puesto en la clasificación general

Recuerda que puedes consultar siempre que quieras la lista de los votos que tú has otorgado, acudiendo a la página de Mis Votos en la web de los Premios 20Blogs. Para realizar modificaciones en la ficha de cualquiera de tus blogs o consultar los votos que ha recibido cada uno, tienes a tu disposición la página Gestionar mis blogs.

Te animamos a seguir revisando la lista de blogs participantes en cada categoría para llevar a cabo tus votaciones. Si tienes algún problema, puedes consultar el pequeño manual sobre la votación que encontrarás en el Blog de Blogs, o ponerte en contacto con nosotros en la dirección de correo electrónico premios20blogs@20minutos.es.

Recibe un cordial saludo,

Del crimen del padre Mariano al cardenal en la Catedral, por Orlando Luis Pardo.

19 julio 2009

Desde La Habana, y tomado de Penúltimos Días.

La gente humilde, envejecida o dejada sola en medio de la estampida, jóvenes de ropita hecha a mano con tela nacional, caras sin cámaras, los sin palabras ante los medios de prensa (les da miedo la prensa), los últimos fieles con fe de nuestra iglesita católica, los únicos capaces de llorar un viernes de julio a media mañana, llorar llorando y no con uno de esos simulacros de dolor discursivo racionalista, llorar a lágrima viva y con los cachetes colorados (como la antigua tierra cubana).

¿Qué hacíamos todos allí? Yo disparaba. Tiré más de mil fotos. 1959 o 2009 jpg’s de pequeño formato. Se me llenaba la tarjeta y tenía que borrar ipso facto las imágenes subexpuestas o sin mucho foco o quemadas o repetidas. Sé que fui mejor que todas las agencias especializadas. Lo vi todo, lo sentí todo dentro de mí: en los pómulos, en la garganta y debajo del esternón. Un alef somático y ciego del futuro cubano. Sentí infinita lástima e infinita conmiseración, sean o no sinónimos. Fui devoto, fui un sacerdote asesinado, fui hereje, fui dios, fui el verdugo del Padre Mariano. Me aparté de los reporteros y del ataúd. Busqué detalles olvidados dentro de la gran catedral asimétrica. Vi tanta gente linda y acobardada. Paladeé tantas canciones hermosas y lánguidas. Capté tantos labios moviéndose al mismo compás, en un murmullo secreto y sensual. Los amé a todos. Cándida y canibalescamente. Creo que estuve en trance. No me pregunten ahora en trance de qué. (seguir leyendo)

Oración por La Habana

17 julio 2009

del libro poemas traidores [1991-92]


Habana mía que estás en los cielos
santificado sea tu nombre.

Venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad de una vez y para siempre.
Danos hoy el pan de cada día,
que tanto necesitamos
y por el cual morimos sin piedad.

Perdona nuestras ofensas
como nosotros perdonamos
a quienes nos persiguen,
nos destierran, nos encarcelan,
nos obligan al silencio y la miseria.

Dios te salve, Habana,
bendita tu eres entre todas las ciudades
y bendito el fruto de tu vientre
tan humillado y pobre de espíritu.

Habana, ruega por nosotros,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
que es ya nuestro modo cotidiano
de vivir.

¿Detenido el asesino del cura español en La Habana?

Mariano Arroyo, el segundo sacerdote español
asesinado en Cuba en los últimos cinco meses.

En la noticia de EFE, hay un párrafo que a mi entender muestra todo el contubernio que en Cuba (y no sólo a la hora de la información) se vive sin más remedio, porque la férrea censura a la prensa oficial, y los miedos y oportunismos (que llaman "prudencia") de la prensa extranjera y del personal diplomático, y hasta de la propia Iglesia Católica, fabrican un clima de represión y abyección sin límites. Dice el párrafo:

Es la primera información pública que se divulga sobre las investigaciones de esos asesinatos, de las que habían guardado silencio total hasta ahora el arzobispado, las autoridades cubanas y la embajada española en la Habana.

Es decir, en cinco meses, desde el primer asesinato, nada de nada.

Después, otra joya:
La nota rechaza [cita EFE] "cualquier intento de vincular un caso con otro, o a darle un matiz religioso o político ajeno totalmente a la realidad del hecho criminal en sí mismo", sin aclarar más al respecto.

El subrayado es mío.

Y un amigo de los asesinados:
Yo no soy supersticioso, pero ayer (el lunes) hacía justo cinco meses de la muerte de Eduardo, y parece que el procedimiento es el mismo, la tortura, el ensañamiento... Es algo tan atroz, dijo.

Este amigo es otra cura español, Isidro Hoyos.

¿Detenido realmente el asesino del cura español en La Habana? ¿Cómo fiarnos, cómo saber, en medio de tanto silencio?

El silencio de la prensa oficial, bueno, claro, es entendible. Sin emabrgo, ¿no puede la prensa extranjera, la embajada española, el Arzobispado, decir o hacer algo?

Así se crean serias complicidades, y ahondamos más en la miseria moral que se vive en Cuba. Pero, ¿qué otra cosa podemos esperar?

Sobre la amistad, por Maurice Blanchot.

16 julio 2009

Pour l’amitié, Fárrago, Tours, 2000.
Traducción de Cristina Rodríguez Marciel.

El pensamiento de la amistad: creo que sabemos cuándo la amistad acaba (incluso si aún perdura), por un desacuerdo que un fenomenólogo llamaría existencial, un drama, un acto desafortunado. Pero ¿sabemos cuándo comienza? No hay flechazo de la amistad, sino más bien un hacerse paso a paso, una lenta labor del tiempo. Éramos amigos y no lo sabíamos.

Conocí a Dionys Mascolo en la editorial Gallimard. Le veía de lejos, me parecía muy joven. Yo estaba entonces mucho más unido (ya antes de la guerra) por una parte a Raymond Queneau y por otra a Jean Paulhan, ambos bastante distanciados, sin embargo, el uno del otro.

Un día (durante la guerra...), Dionys me dijo que Gaston Gallimard deseaba publicar en un volumen las crónicas literarias (o algunas de ellas) que yo enviaba a la zona libre a través de filiales especiales. «Pero —dije— yo no las tengo, no las conservo (por pereza o quizás por prudencia.)» Sin embargo, la editorial las había conseguido, todas o en su mayor parte. Estoy convencido de que ese trabajo de recopilación y conservación únicamente podría haber sido llevado a cabo y garantizado por Mascolo.

No es éste el lugar para decir el impacto que sentí, no exento de cierta contrariedad. Yo trabajaba —si eso era un trabajo— a fondo perdido, sin expectativa y en la incertidumbre. Y he aquí que me encontré de frente conmigo mismo y con una decisión que tomar (la escritura es quizás testamentaria, la botella tirada al mar regresa siempre).

No diré más. Sólo quería precisar que si el libro Faux pas existe, se lo debo a Dionys Mascolo —y por supuesto, a Gaston Gallimard que tomó la iniciativa o bien la asumió— no sin dificultades. La censura prohibió dos veces la publicación del manuscrito. «Tendrá usted problemas» me había dicho Raymond Queneau. Creo (nunca se puede estar seguro) que mi comentario de Falaises de marbre donde hice notar un rasgo sombrío en el personaje del «Gran Guardabosques», tan cercano a ese otro siniestro personaje que no se nombraba, y, en efecto, aquel comentario espantó a los escribientes de la censura. Ernst Jünger estaba protegido por la más alta condecoración que se podía atribuir a un «héroe», sin embargo, sobre otros sí podían vengarse. Recalco que la amistad no empezó entonces; una efusión del corazón y del espíritu. Sin duda una cierta connivencia y también un pesar, puesto que yo consideraba que Falsos pasos era verdaderamente un paso en falso. Por aquel entonces yo estaba unido a Jean Paulhan, que me aconsejaba. Recuerdo que, durante un viaje en metro, se acercó a mí y me dijo al oído: «desconfíe de éste, desconfíe de aquélla.» Nada más. Yo no necesitaba explicaciones y me abstenía de pedirlas. Época de silencio, periodo de confianza muda. Sólo contaré brevemente la responsabilidad de la que estuve a punto de ser investido, si hubiera aceptado la jefatura de la redacción de la Nouvelle Revue Française, de la que Drieu venía encargándose, pero de la que estaba hastiado.

¿Por qué esta propuesta? Antes de la guerra y con motivo de una crónica literaria sobre Rêveuse bourgeoisie (Soñadora burguesía), me encontré con él. Más tarde lo volví a encontrar, al inicio de la ocupación, cuando me retiré de «Joven Francia» dimitiendo con algunos camaradas. Corrió entonces un rumor: él sabrá resistir, se dijo Drieu a sí mismo. Pero ¿por qué esta dimisión? La situación era demasiado equívoca. «Joven Francia», que había sido fundada por unos músicos desconocidos pero llamados a ser ilustres, estaba subvencionada por el Régimen de Vichy y nuestro ingenuo proyecto de utilizar esta asociación contra el Régimen (recuerdo la presencia de Jean Vilar que, por aquel entonces, escribía bastante más que actuaba) fracasó por esa contradicción. Paul Flamand encontraba también nuestra concepción de la «cultura» demasiado altiva.

Veamos la propuesta de Drieu: «Me quedaré —me dijo— como director de cara a los alemanes, pero usted tendrá toda libertad, a condición de rechazar cualquier texto político.» Enseguida me di cuenta de la trampa que a Drieu quizás se le escapaba. Le hice notar que, siendo un escritor desconocido, yo no constituía una barrera suficiente contra los ocupantes y que era preciso formar un comité directivo con escritores demasiado importantes para que pudiese obviárseles. Drieu no se negó. Jean Paulhan me dio su consentimiento y, mejor aún, volvió a ponerse manos a la obra e hizo él mismo todo el trabajo, consiguiendo el acuerdo de Gide, Valéry, Claudel (la observación muy acertada de Claudel: Pero, quién es Blanchot, ese desconocido) y Schlumberger. Sin embargo, sabíamos que todos esos escritores (incluido Paulhan, por supuesto) nos protegerían (no se les podría hacer desaparecer silenciosamente), pero que también se comprometerían aceptando ser los garantes de una tarea dudosa, incluso imposible.

Fue entonces cuando a Paulhan, con ingeniosa sutileza, se le ocurrió la pantomima de traer a François Mauriac: una breve entrevista en la que todo fue dicho en voz baja y con medias palabras. Sabía que Mauriac sería inaceptable para Drieu que, cuando le presenté la lista de los nombres llamados a constituir el Comité directivo, entró en la más encendida cólera

(«Mauriac jamás perteneció a la N.R.F y no pertenecerá jamás»). Y volvió a su primera propuesta de confiarme solamente a mí la dirección de una revista neutral, de simple literatura. No tuve más remedio que responderle (esto pasó en un café de los Campos Elíseos): «Seamos francos. No puedo solicitar textos para una revista en la que yo no aceptaría que se me publicara.»

Así acabó la tragicomedia. Uno de los más antiguos fundadores de la primera N.R.F. -no era Gide- había seguido insistiendo, aun sin darse cuenta del carácter incalificable de su propuesta: «Si B. acepta comprometerse, más tarde le recompensaremos.» «Pero eso es repugnante», le dije a J.P. «Sí, -dijoestamos hundidos en la ignominia, y es necesario poner fin a todo esto. Ya lo
verá, el propio Drieu no se librará de todo esto más que suicidándose.»

Yo no había tenido trato con Gaston Gallimard. Él deseaba más bien que la revista prosiguiera, y la sacrificaría para poder salvar la editorial.

Al inicio de la ocupación, quiso abandonarlo todo a riesgo de abandonar a tantos escritores que habían depositado su confianza en él. Y además tenía cierto aprecio por Drieu, amigo de Malraux.

Me estoy dando cuenta, que lo escrito aquí (quizás acabe borrándolo) no es un relato cronológico. El intento y el fracaso de la N.R.F. al igual que la participación en la «Joven Francia» tuvieron lugar al inicio de 1941. Los ocupantes querían que pareciera que nos dejaban una cierta libertad, pero nosotros sabíamos que no era más que aparente. Thomas l’obscur había sido publicado y calificado como obra de la decadencia judía. Y Faux pas apareció uno o dos años más tarde, cuando la guerra con Rusia empezaba a devolvernos la esperanza (1943).


Interrumpo este relato. No sé qué clase de malestar me ha mantenido siempre alejado de cualquier relato supuestamente histórico, como si lo que nosotros consideramos verdadero fuera también una reconstrucción falaz según los juegos de la memoria y el olvido. Sé que D.M. está presente y lo está de una forma indefinida (entra en Gallimard en 1942) y no lo veo claramente. Está muy unido, creo, con Brice Parain a quien todos respetan y cuyas tesis sobre el lenguaje inauguran magistralmente una nueva época.

Es preciso dejar pasar el tiempo: el tiempo en que nos encontramos también con la muerte que nos espera a cada uno y de la que nos libramos por muy poco. Yo vi mucho más allá. El «yo» ahora es incongruente e inconveniente. No creo haber intercambiado entonces muchas cartas con D.M. (pensándolo bien, ninguna, hasta la publicación del 14 juillet). Estoy silenciosamente ausente. La responsabilidad y la exigencia política son las que me hacen, de alguna forma, regresar y recurrir a Dionys del que tenía la certeza (o el presentimiento) que sería mi auxilio. Cuando recibí Le 14 juillet, entendí el llamamiento y respondí a él con mi acuerdo firme. En lo sucesivo -“entre nosotros” - habrá unión en lo que rechacemos, mediante un rechazo que se expresa con razones, pero que será más firme y más riguroso que lo que podría llamarse razonable. El segundo número del 14 de julio publicaba un texto bastante amplio titulado La Perversión essentielle (La perversión esencial). René Char me dará a conocer su conformidad.

Pero quisiera decir que fue sin duda entonces cuando encontré a Robert Antelme. Recuerdo las circunstancias. Yo estaba sentado en el despacho de D.M. (en la editorial Gallimard). La puerta se abrió lentamente y apareció un hombre alto que dudaba en entrar, por cortesía, sin duda, para no interrumpir nuestra entrevista. Era algo tímido, pero más bien era intimidante. Era la simplicidad misma, pero también tenía reserva hasta en la palabra que le daba firmeza y confería autoridad. No puedo decir que supiera yo entonces hasta que punto su amistad me sería preciosa. Resultaría romántico. Las consideraciones de Montaigne sobre su amistad repentina con La Boëtie: «Porque era él ... porque era yo», siempre me han parecido menos emotivas que chocantes. Fue más tarde, a medida que el tiempo pasaba, cuando el mismo Montaigne renunció a introducir en sus escritos Le Discours sur la servitude volontaire (Discurso sobre la servidumbre voluntaria) (que debió ser el punto central), cuando vuelve hacia los sentimientos más equilibrados, menos exaltados, dejándonos apreciar la complejidad de la amistad y de la discreción que ésta requiere, cuando se habla de ella.

¿Por qué estaba yo allí? No pudiendo soportar lo que había de insoportable en los acontecimientos (la guerra de Argelia), llamé por teléfono a D.M.:

— «Hay que hacer algo.»
— «Pues, precisamente, en algo estamos trabajando.»

De ahí surgieron innumerables encuentros, casi cotidianos, y la elaboración de lo que llegaría a ser, con el concurso de todos la “Declaración sobre el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia”.

Nunca tuve la intención, ni Dionys tampoco, ni Maurice Nadeau, ni los surrealistas, ni tantos otros, de transformar en una historia el trabajo de un texto que creó el acontecimiento. Lo que se hizo entonces (requirió unos meses) pertenece a todos, y como dijo Victor Hugo del sentimiento maternal: “Cada uno tiene su parte, y todos lo tienen entero”. La responsabilidad era común, e incluso aquellos que rechazaron firmar lo hicieron por razones importantes, meditadas, transcritas en largas cartas. Aquello era a veces muy pesado. Por lo tanto, excluyo los nombres así como las anécdotas. Diré únicamente –es una excepción precisa- que si Georges Bataille no firmó (contra su voluntad), fue porque así se lo requerí: estaba ya muy enfermo y sabíamos que habríamos de enfrentarnos a duras pruebas. Pero el motivo esencial no fue ése. Lo que volvió su «caso» particularmente desigual fue que su hija Laurence estaba ya en prisión: sin duda había «llevado maletas» (como decían nuestros adversarios con desprecio). Más tarde, una vez liberada, me lo explicó todo, pero su padre, que no participaba del secreto, habría estado mezclado en una intriga terrible de la que nuestro deber era mantenerlo apartado.

Lo que sigue es conocido. En cuanto se publicó la Declaración de los 121 (en dos revistas solamente, Les lettres nouvelles de Nadeau, Les temps modernes de Sartre, también suspendidas, censuradas, silenciadas; valdría más decir que la Declaración fue publicada pero que jamás apareció), y como ningún periódico, incluyendo los más importantes, reprodujo el menor pasaje (el riesgo era demasiado grande), nosotros fuimos perseguidos, acusados, inculpados, sin saber porqué. Aprendí a conocer entonces lo que era un juez de instrucción, sus privilegios, su esmero en imponernos su ley, en lugar de ser el representante de ésta. Juez, no obstante, prestigioso y molesto. Sobre dos puntos chocamos fuertemente. Cuando le hice notar que el Primer Ministro de entonces, Michel Debré, en un discurso dado dos o tres días antes en Estrasburgo anunciando que seríamos severamente castigados, había ya pronunciado la sentencia y volvía su tarea inútil, puesto que nosotros estábamos de antemano condenados, él entró en viva cólera y recuerdo una de sus frases:

«Hay cosas que no se pueden decir aquí.»

— «¿Su despacho es un espacio sagrado en el que no se puede uno expresar libremente, aunque sea respetuosamente? Podría ser un poco como el roble donde un rey impartía justicia. Al menos allí se estaba al aire libre.»
— «No olvide que por palabras como esas puedo meterle en la cárcel. »
— «No pido otra cosa.»
Se dirigió entonces a mi abogado (el amigo de Trotski) y murmuró entre dientes: «Qué inútiles estas gentes de arriba. »

Nuestro otro motivo de desacuerdo era más grave, poniendo en cuestión una costumbre que no ha sido nunca abolida, incluso cuando nadie la impone y todo debería impedirla. Habiendo terminado mi declaración, el juez quiso dictársela al funcionario del archivo. «Ah, no —le dije—usted no sustituirá sus palabras por las mías. No pongo en duda su buena fe, pero lo ha dicho de una forma que no puedo aceptar.» Él insistió.

— «No firmaré.»
— «Prescindiremos de su firma y la instrucción empezará en otro lugar».

Finalmente, cedió y dejó que yo repitiera rigurosamente las palabras que había pronunciado.

No traigo a colación aquí esta anécdota por capricho. Hay un punto gravemente débil en esta intriga que consiste en el debate interior de un hombre de un gran saber jurídico y de otro que quizás tiene pocas palabras y ni siquiera conoce el valor soberano de la palabra, de su palabra. Por qué el juez tiene el derecho de ser solamente él, el amo del lenguaje, dictando (eso es ya un diktat) las palabras según su conveniencia, reproduciéndolas, no tal y como fueron dichas, balbucidas, pobres e inciertas, sino reforzadas, por ser más bellas, más conformes a un ideal clásico y, sobre todo, más definitivas. El abogado puede intervenir, pero a veces, no hay abogado o bien no quiere indisponer al juez, ni romper la connivencia que, como Kafka ha mostrado bien, vuelve inseparables en el mundo de la justicia a magistrados, abogados, defensores y acusados.

Quisiera que leyéramos y meditáramos sobre el relato de Jean-Denis Bredin titulado Un coupable (Un culpable). Jean-Denis Bredin, profesor de derecho, abogado, escritor de prestigio, nos conmueve y nos instruye. Él no se queda con la parte bonita. Su culpable-inocente está bien formado, puesto que es estudiante de primer año de derecho. Su crimen: haber participado, por invitación de un camarada, en una manifestación pacifista que acabó mal: botellas de cerveza contra porras. No hizo nada, pero estaba allí. Esa fue su falta, de lo que no pudo convencerse a sí mismo. Francés, nacido de padre bretón (inspector de hacienda) y de madre argelina; el padre murió, la madre volvió a Argelia, trabajaba allí en la administración y le enviaba dinero. La madre no debía estar al corriente de aquello. La justicia siguió su curso, con sus prejuicios y sus hábitos. La certeza de su inocencia le impidió defenderse, su abogado le defendió demasiado bien, con esta elocuencia de pretor que no hizo sino entorpecer su causa. Condenado, aunque menos que los otros, pero no soportando la perdida de su inocencia, se mataría con los cristales rotos de una botella de cerveza con la que se le acusaba falsamente de haberse servido contra las fuerzas del orden.

Jean-Denis Brendin nos hace comprender que la culpabilidad de Ali le era en alguna forma interior y que la justicia no hizo más que declararla, al tiempo que le impedía defenderse debido a la perversión y la rectitud de la maquinaria judicial. Es otra versión de El proceso de Kafka. Quizás le faltó a Ali la fuerza que dan las convicciones políticas, la convicción de inocencia no es suficiente.

Sigo con la historia de los 121. Sartre, que estaba de viaje, volvió y se declaró a su vez tan responsable como nosotros. Él no fue perseguido ¿Por qué? Era demasiado célebre. Conocíamos el veredicto pronunciado, según el rumor, por De Gaulle: «No se encarcela a Voltaire». Qué extraña asimilación y qué lamentable exculpación. De Gaulle olvidó –¿fue desdén o desfallecimiento cultural momentáneo?- que Voltaire, precisamente, estuvo encarcelado en la Bastilla, durante casi un año por los versos satíricos contra el Regente, que bien los merecía.

Por consiguiente, nosotros fuimos inculpados, no juzgados, no condenados, quizás olvidados o amnistiados.

El desorden de la justicia, lo evoco sin satisfacción. No temamos el ridículo si recuerdo para esta pequeña causa (no hay quizás ninguna causa pequeña) la muerte de Sócrates, que quiso morir obedeciendo una sentencia inicua y con el fin de restaurar la justicia, la esencia de la justicia, aceptando como justo lo que era lo más injusto. Todo pasó ante sus ojos como si la ciudad no debiera jamás estar equivocada, incluso si no tiene razón. Muerte que no es trágica y no debe ser llorada, puesto que es una muerte irónica, del mismo modo que su proceso es quizás el primer proceso estalinista (ah, había habido otros, como habrá otros, cada vez que la comunidad aspira a lo absoluto).

Me apresuro hacia el fin. La Declaración de los 121 fue pronto más conocida en el extranjero que en Francia. El querido amigo –amigo muy reciente para mí, amigo de siempre para nuestro grupo- Elio Vittorini estaba allí para sostenernos e incluso arrastrarnos. Qué felicidad, qué buena suerte oírle, verle y, con él, a Italo Calvino. Más tarde a Leonetti. De Alemania llegaron valiosos mensajes, primero de Hans-Magnus Enzensberg, después Günter Grass, Ingerborg Bachmann, Uwe Jonson. ¿Quién fue el primero al que se le ocurrió la idea de una revista internacional? Creo que fue Vittorini, el más apasionado, el más experimentado. Pero, recientemente, la revista Lignes ha publicado, gracias a Dionys Mascolo que los había conservado, algunos de los documentos concernientes a esta tentativa que no fue vana, incluso aunque fracasara.

Del lado francés, Louis-René des Forêts –y aquello fue lo más valioso- nos había aportado algo más que su colaboración, puesto que había aceptado ser el secretario de la revista por venir, garantía de vigilancia y de reserva respecto de tantas pasiones. Maurice Nadeau nos aportó su experiencia y Roland Barthes su fama. Aquél trabajó mucho, y fue tan sensible al fracaso que nos propuso buscar las causas y establecer las responsabilidades. Hubiera querido erigir una tumba y que nuestra decepción se convirtiese en motor. Si nos negamos, fue a la vez para preservar el futuro y no culpar a unos más que a los otros, escapando así a las desgracias de los grupos que sobreviven gracias al estallido de sus disputas.

Llegó muy rápido, me parece, el movimiento más inesperado, experimentado, sin embargo, como el menos eludible. Aquello tenía que ocurrir. Movimiento del 22 de marzo, revolución de mayo de 1968. La iniciativa no provino de nosotros, ciertamente, pero ni siquiera de aquellos que generaron el impulso y parecieron encabezarlo. Reguero de fuego, efervescencia en la que nos vimos arrastrados y en la que no dejamos de estar juntos, sin embargo, juntos de una manera nueva. No volveré a contar lo que ha sido contado tantas veces, me contentaré con evocar las dificultades de las que apenas fuimos conscientes y que, sin dividirnos, hubieran podido afectarnos. Sé haberlo experimentado: nos habíamos vuelto un grupo de amigos unidos hasta en nuestros desacuerdos (¿Qué desacuerdos? Los he olvidado). Ahora bien, en los Comités de acción de mayo de 1968, tanto como en las manifestaciones, no había amigos, sino camaradas que se tuteaban enseguida y que no admitían ni diferencia de edad ni reconocimiento de una notoriedad previa (Sartre se dio cuenta de ello rápidamente). Entre las prohibiciones escritas en las paredes, había una que nos recordaba a veces (y sobre la que ignorábamos que provenía del Talmud): está prohibido envejecer (ver Le libre brûlé). Durante ese tiempo, estuve más cerca de Robert y de Monique Antelme, dejando a Dionys pasar sus días y sus noches en luchas tan simbólicas como reales. Recuerdo la jornada pasada en Flins con Marguerite Duras, cuando teníamos la intuición que algo decisivo iba a ocurrir (hubo un muerto). Con Robert y Monique acudí al estadio Charléty para oír a Mendès-France, que sólo estaba allí para afirmar su solidaridad, avalar un movimiento que no era más que movimiento, y sin duda, para proteger a los manifestantes que no querían serlo y a los que nada podía amenazar, salvo el hastío, la ausencia de objetivo, la revuelta interminable. A pesar de nuestras precauciones, en los Comités de acción y en otros lugares, seguimos suscitando reservas, porque la amistad no deja espacio a la camaradería. Tuteábamos a los camaradas, pero, en tanto que amigos, nosotros no nos tuteábamos. Llego a veces a quitarle la razón a Dionys para desolidarizarme de la amistad. Cuánto me cuesta; pero, un poco más tarde, con su generosidad sin igual, me dice: «Le comprendo muy bien.» La última manifestación, la que estudiantes, escritores y trabajadores, habíamos organizado. Manifestación prohibida (recibí esa mañana misma en mi domicilio un documento oficial de la Prefectura: ¿Cómo podían los funcionarios conocernos tan bien?), que me deja el recuerdo de Michel Leiris: Caminamos, cogidos del brazo, con Marguerite entre los dos, para protegernos los unos a los otros, y es Claude Roy quien tiene el honor de ser detenido y arrojado al furgón en el que la policía necesita colocar a sus victimas para que el orden no sea escarnecido en exceso.

La amistad, la camaradería, querido Dionys, me hubiera gustado preguntarme desde la lejanía con usted que está tan presente, como con aquellos que lo están incluso más, porque, desaparecidos, no pueden respondernos más que mediante su desaparición: los muertos que hemos dejado ausentarse y quienes nos han puesto en entredicho, puesto que no somos nunca inocentes de su muerte. En nosotros se deja sentir la certidumbre de ser culpables por no haberles retenido y por no haberles acompañado hasta el fin. Yo había concebido el ingenuo proyecto de discutir con Aristóteles, con Montaigne, de su concepción de la amistad. ¿Pero para qué? La tristeza me permite solamente reproducir aquellos versos que podrían ser tanto de Apollinaire como de Villon y que hablan del tiempo de la amistad, en lo que tiene ésta de fugaz hasta en su duración más allá del fin.

¿Qué ha sido de mis amigos? [...]
Veo que están demasiado esparcidos
No fueron bien sembrados
Y se han malogrado

Son amigos que se lleva el viento

Versos emotivos, pero mendaces. Aquí contradigo mi comienzo. Fidelidad, constancia, resistencia, acaso perennidad, éstos son los rasgos de la amistad o, al menos, los dones que a mí me ha concedido.

La Philia griega es reciprocidad, intercambio de lo Mismo con lo Mismo, pero nunca apertura a lo Otro, descubrimiento del Otro en tanto que se es responsable de él, reconocimiento de su pre-excelencia, vigilancia y despabilo por eso Otro que no me deja nunca en paz, goce (sin concupiscencia, como dice Pascal) de su Altura, de eso que le pone siempre mucho más cerca del Bien de lo que pueda estarlo «yo».

He aquí cómo saludo a Emmanuel Lévinas, el único amigo -¡Ah, amigo lejano!- a quien tuteo y que me tutea a su vez; ha sucedido, pero no porque fuéramos jóvenes, sino por una decisión deliberada, un pacto que espero no quebrantar jamás.