Último post de 2008.
31 diciembre 2008
Aquí estoy en la foto, aunque al mismo tiempo ya no soy quien se supone...
Ayer una mujer amenazó a mi padre en la calle por una ironía que él usó. Le metió miedo con la policía. Parece que tú quieres pasar el fin de año guardao…
Mi padre llegó a la bodega y dijo “Coño, arroz americano. Ah no, me equivoqué, es arroz vietnamita”.
Bonita anécdota que muestra el espíritu combativo de nuestro pueblo…
Aún en La Habana (cada día más vieja y enclenque, y a pesar de los dolores, hermosa y asustadiza como virgen moralista y obscena), aún aquí, como escondido, huyendo de mi futuro, y peor, de mi presente, tragándome lo que no puedo expresar, y entonces (impertinente seudo-deleuzeano), bajar la cabeza e ir al agromercado a comprar riñones para los perros y el gato…
Regreso a España, espero que pronto. Ya tengo (ya pagué, ciento cincuenta pesos convertibles) el vergonzoso “permiso de salida”, que debo seguir pagando (a razón de cuarenta euros mensuales), si quiero entrar otra vez a mi país (aunque cada día, mi país va siendo España donde me siento menos extranjero que en el mío propio); y ya lo sabemos, un permiso para salir o entrar que en realidad es un derecho convertido en privilegio, o en (sádico) peaje, o en impuesto sobre tu silencio y buen decir-y-actuar dentro de lo políticamente correcto y admitido…
Pero no me quejo. Tampoco podría. Con Deleuze, tarde, es cierto, aprendí a no quejarme. No escondo mis deudas intelectuales. No escondo mi vida aunque me guste andar huyuyo. Spinoza, Nietzsche, Guattari, Deleuze, otros tantos. Negar para afirmar. Echarme como perro o jerbo, y escarbar; encontrar los buenos afectos y los pensamientos que permitan conectar y multiplicar mis deseos…
Desmontar las máquinas despóticas, fugar de los dispositivos fascistas, construir mis pactos diabólicos, encontrar las puertas traseras, y trazar mis mapas mentales y moverme en ese espacio finito-ilimitado-continuo-contiguo. Convertirme en sintomatólogo y no en etiólogo; mostrar los síntomas y no explicarlos. Sentir y pensar la literatura como salud y no como enfermedad. Poblar el desierto. Morir en el intento de imaginar y vivir el pueblo que vendrá. Vivir, y escribir a N-1…
¿Qué todo lo anterior “te suena a viejo”? Es tu problema. No escribo para convencerte ni adoctrinarte ni otra idiotez semejante...
Ya llegó 2009. Espero otra vez currar en un Burger King, o de camarero en una cafetería, o estar en la calle o en el metro como captador de fondos para alguna ONG. Es lo que pude hacer. Es lo que hago. Como durante mucho tiempo en La Habana, así en Madrid como en Valencia, buscarme la vida. Ya escribiré, ya me ocuparé del block /que no blog/; ya podré, en algún momento, curarme la rabia o quitarme las pulgas o desparasitarme…
Seguiré con mis poemas: Propina (para no desilusionar a dios), corregir Borde; y espero continuar con los Besos de Momoko (y otras preversiones; ¿o perversiones?), y con Ripios de un excritor. Alguna que otra foto, y estos flujos que no quieren nunca terminar en “problema personal”, ni en sicologismos de trastienda, ni en quejitas narcisistas…
Disfruta del año que viene. Intenta vivir sin mala conciencia ni resentimientos. Recuerda a Bergson: el pasado no es lo que fue, sino lo que es…
Y aprende a respirar. Y toma agua en ayunas. Y mueve los intestinos que la felicidad gusta arrinconarse por esos intersticios…
Ah, y tírate el I Ching…
Debajo de la ventana, la cama de la máquina célibe que nunca he sido, o querido ser. Libros y mochila con libros, y el fantasma de los libros.
Hace años, en otra mochila transportaba, no la cultura y el conocimiento, sino el cepillo (mohoso) de dientes, un consolador casero para orgías ocasionales, una sábana, un calzoncillo lleno de huecos, par de calcetines sucios, loción contra los piojos, y un manojo de cuartillas manchadas de café y té donde supuestamente iba escribiendo mi novela porno-política. (término que me “robó” Eduardo Heras León al pasar los años).
A la izquierda un butacón que perteneció a Enrique Labrador Ruiz.
Fuera, más allá de la puerta de San Miguel (por donde entra luz y me llegan los comentarios de los personajes reales e imaginados de mi hueco caliente), un tanque azul, arrinconado, donde voy archivando /palabra policíaco-callejera que se “robó” la Academia/ mis poemas, cuentecillos, crónicas, flujos, (y toda mi mierda que no cabe en el excusado), y donde van quedando y quemándose por años, a la intemperie, y a la poética luz de la luna.




















