flujos, delirios, y golpes de realidad: propina ante la muerte.

crónica familiar 8, de "porción de sancocho" (1994)

27 abril 2008

un pedazo de queso por las
mañanas
pepino rebosados
y ostiones con limón y tomate
durante las tardes
de este verano
siempre más caluroso que el anterior

siempre más caluroso
y en las calles
homicidas de un tiempo homicida

prófugos de la miseria
artistas del desencanto

dominó béisbol mujeres en minifaldas
y una obra de chéjov
patéticamente azarosa
en el bulevar de san rafael

¿qué tiene todo que ver
con mi vida?

pregunta una voz
mi voz
por entre biombos
marquesinas
y grupos de civiles
que marchan a pasodoble
hacia los baños turcos y colectivos

día tarde noches irreales
cena y desayuno
con fatalismo geográfico

me recompongo
me recompongo
¡extraña palabra en mis labios!

serrín y pedazo de queso por las
mañanas
durante las tardes
etcétera etcétera etcétera...

Cuarto de Máquinas comparte con Rosa Ileana Boudet

26 abril 2008


Sobre la casa de Barbarito Diez

Damas de Blanco: comentario, recuerdos, y confesión

24 abril 2008

Comentario.

El gobierno cubano da la noticia. Este hecho, en la época de Fidel Castro, rara vez ocurría.

Pero ahora sí; golpe de efecto, puro recurso de puesta en escena. Una manera de enseñar la represión, de mostrarla.

Se da la noticia y se advierte de este modo lo que todos los cubanos sabemos: quien se lance a la calle será reprimido.

Pero a través de la noticia, se actualiza, una vez más, y de un modo directo, el miedo en la gente.

Tendremos que esperar, supongo, nuevas representaciones de la violencia revolucinaria.

Recuerdos.

Después de que Héctor Maseda fuese condenado a 20 años, visité varias veces a Laura Pollán, la Dama de Blanco que aparece en estas fotos, en su casa en la calle Neptuno, en centro habana.

El recuerdo que tengo de ella es el de una mujer dulce y firme, serena al hablar, y muy valiente.

Mientras veía ese grupo de fotos que ha circulado por internet, donde se reprimen a las esposas y madres de varios presos políticos en Cuba, no dejaba de pensar en ella, y en su amiga de aquella época, la periodista Claudia Márquez Linares, hoy en el exilio.

A las tres y media de la madrugada me soprenden algunos recuerdos. Y me siento impotente.

Confesión.

¿Qué hubiese podido hacer yo de estar en La Habana y no en Valencia?

Nada.

Tal vez visitar a Laura Pollán nuevamente. Pero nada más.

Desde mi último encuentro con la Seguridad del Estado en Cuba, una semana antes de la Primavera Negra de 2003, el miedo me ha paralizado tanto que me he llegado a sentir indigno en muchas ocasiones.

Sentir miedo, ¿cuántas veces lo decimos, lo reconocemos?

Muchos amigos escritores que viven en Cuba siempre se han justificado para no participar en nada contrario al gobierno (desde finales de los ochenta, cuando nos íbamos dando cuenta de que se debía dar "un paso de conciencia"), pero poquísimos han dicho "tengo miedo".

Verbalizar el miedo. Impotencia, cobardía, muchos afectos negativos.

Por eso, entre otras razones, supongo, no aceptamos tener miedo, o no lo decimos.

Y ver estas fotos es para mi recordar a mujeres valientes que he conocido, y es pensar en ese miedo que a partir de ahora el gobierno cubano actualizará a través de noticias semejantes y de viejos y nuevos recursos que empleará a fondo para mantener su gatopardismo.

Y es volver a sentir miedo. Un miedo que me ata.

Cuarto de Máquinas con Bloggers por un sueño

23 abril 2008

Sobre Ramón Díaz-Marzo: El lúcido testimonio de un paranoico

22 abril 2008


publicado el 25 de noviembre de 2002 en CubaNet

Cartas a Leandro, la primera novela que publica el periodista independiente y escritor Ramón Díaz-Marzo, es la historia amarga y desesperada de un testigo; un hombre que ronda los cincuenta, un solitario, un ser que teme y, contradictoriamente, busca la locura. La locura como forma expansiva, pertinaz y también simbólicamente productiva, para afirmar la individualidad.

Deberíamos partir de este punto -que tal vez sea el núcleo generador de toda la historia-: la novela es la aguda introspección de un hombre por defender los valores y la libertad del individuo.

La historia que se cuenta no es más que una larga reflexión dirigida a un hermano imaginario o real pero que nunca aparece en la obra aunque le sirve al autor-narrador como excusa para emprender sus cavilaciones. Esta larga reflexión es la lucha de un solitario en plena madurez por salvar su conciencia, en tanto sujeto, frente a los desmanes de la historia y el poder.

El autor de la novela es al mismo tiempo su personaje-narrador; por tanto la carga autobiográfica es un elemento importante y recurrente. Ramón Díaz-Marzo se refugia en su conciencia y allí vive el conflicto de su libertad que él entiende que es y debe ser también la libertad de otros individuos. En una de las cartas escribe: "Acuérdate que vivo en un país donde todos practican la mentira para sobrevivir", y en otro momento: "La soledad de mi vida de Don Nadie era la consecuencia natural de mi libertad; pero libertad que no podía disfrutar a plenitud al no tener conciencia de su valor".

Es seguro que este autor-narrador tenga sus contradicciones porque reafirmar al individuo que somos o queremos ser es una batalla no sólo contra el medio que nos rodea e intenta anularnos sino, sobre todo, una batalla sin tregua contra nosotros mismos. Además sería una falta de honestidad intelectual no asumir las contradicciones, ya no por pretendernos dialécticos, sino por volver la sinceridad un camino expedito hacia el autoconocimiento y la liberación de dogmas.

"Hasta este momento he logrado deslindar cinco personalidades en mí", escribe con un dramatismo irónico -procedimiento empleado con eficacia de viejo narrador que conoce al dedillo su oficio- para justificar el pasado y como preámbulo de esa lucha interna para reafirmar al individuo. "Yo, desde hace años estoy muerto", agrega en otra carta. Y, por supuesto, se contradice: "Y quizás ha comenzado, como única solución, el tiempo de la soberanía personal".

Ramón Díaz-Marzo no peca de moralista a pesar de rozar cierto maniqueísmo trasnochado. Y es que la lucha entre el bien y el mal sugerida en la historia no tiene un trasfondo religioso ni doctrinario sino plenamente moral.

Para decirlo de otra manera: el conflicto entre el bien y el mal es el dilema del rebelde cultural, del antihéroe que ejerce la crítica cultural desde la resistencia ante la pérdida de cualidades morales de la sociedad moderna. Resistencia del sujeto construida a partir de la soledad y la automarginación, de su autoexclusión de los centros de poder y sus estrategias de dominación.

La novela de Díaz-Marzo es el testimonio de la protesta de un sujeto que aún no ha definido -y no le importa- si es un anarquista o un nihilista, contra el orden de una sociedad que ha institucionalizado el horror a través de sutiles controles de represión y chantaje.

Ahora bien, no es solamente una protesta contra la sociedad cubana, contra la dictadura autoritaria de un sistema anacrónico, sino contra el mundo libre y su demagógico discurso de "igualdad, libertad, fraternidad". Escribe Ramón a Leandro: "¿Será posible triunfar en el mundo del arte desligado de los intereses políticos y religiosos? ¿A la fama se accederá renunciando (de buena gana) al rostro colectivo que otorga el anonimato de la masa para adquirir una individualidad que se paga con el precio del compromiso? ¿Será posible que el hecho de ser un escritor reconocido te convierta en un lanzador de "bombas" estratégicas que puede escribir todo cuanto se le ocurre? Si el mundo es así, ¿nos encaminamos hacia una globalización del Poder Político, y lo único que no sabemos es si se trata de un Gobierno del Mundo o de una Dictadura del Mundo?" Larga es la cita, una profunda reflexión como advertencia ante el neofascismo, para asentar lo señalado más arriba.

Lo que el autor-narrador no sospecha, aunque llega a intuirlo, es que la locura, a la que teme y sin embargo busca, se revela como una amarga y profunda lucidez. Su paranoia puede ser delirante pero también clarividente. Un intento desesperado por reconquistar el papel y la función del sujeto dentro de una sociedad que confisca, directa o indirectamente, la libertad del individuo.

La Modernidad, al menos una versión de ella, ha sido el triunfo de la Razón sobre el Individuo, de la Razón Tecnológica del Estado (totalitario, o falsamente democrático cuando su filosofía política es la del consenso) sobre el sujeto.

Todos los espacios han sido clausurados, sometidos a control a partir de una microfísica del Poder. ¿Qué nos queda?

Muchas veces, reconocernos y reclamar nuestro lugar en el mundo como sujetos constituye, ya no un acto de rebeldía, sino de sublime locura. Parafraseando a Albert Camus, podríamos decir: "Un loco es un hombre que un día dice no".

En cuanto a los aspectos formales sería conveniente señalar los aciertos -es una lástima pero no hay más espacio- de la escritura, ágil y sugerente, y la transparencia de un lenguaje repujado en un coloquialismo sin afectaciones ni alardes de creatividad verbal.

¿Por fin, es una novela? Parece ocio dedicarse a polémicas sobre géneros cuando la ficción contemporánea borra las fronteras entre los discursos literarios e incluso factuales, como el periodismo, el testimonio y la autobiografía. Sería prudente considerar una vez más, a pesar de su sabor vanguardista, aquel pensamiento de Pío Baroja acerca de que una novela es cualquier cosa que consideremos como tal.

Leer Cartas a Leandro, tengo que confesarlo, ha sido una de mis experiencias más intensas de los últimos años; y creo que constituye en el panorama literario cubano, dentro y fuera de la isla, un rara avis digno de consideración y de una lectura atenta e inteligente.

Mi hija y nieto se marchan de Cuba...

19 abril 2008

Once de la noche en Cuba. Mi hija y nieto están despegando en estos momentos. Levantan vuelo. Se marchan. Se van. Dicen adiós. Aún no han llegado, y me pregunto (es mi pregunta, no la de mi hija), ¿cuándo podrán regresar? ¿y querrán regresar? Al menos yo, que ni exiliado ni emigrado, siempre regreso, cada cuatro, seis, o nueve meses (ha ido en aumento), no hay ni una sola noche, ni un sólo despertar, en que me lo pregunte, como un idiota, quemando siempre la misma pregunta.

¿Moriré en Cuba? ¿Me alcanzará la "propina de Dios" para ver libre a mi país, a mi gente, a la gente?

Vienen mi hija y nieto. Dentro de nueve horas tocan suelo español. Tal parece que aún estoy soñando.

Y no he pegado un ojo durante toda la madrugada. Ni lo haré, que salgo para Madrid dentro de dos horas. Dos litros de Coca Cola, tres cafeteras, té bien fuerte.

Y una mezcla de alegría y tristeza. Vienen ellos; se quedan mis padres, demás familiares, amigos, ¿qué hacer por ellos?

Una anécdota: mi madre siempre me dice que pida a San Expedito, que abre los caminos. Durante un tiempo, en algunas de mis lecturas de poemas en La Habana (muchas veces debido al material explosivo que leía), como curiosidad, comenzaba enseñando una estampa del patrono, mencionaba que era mi madre la creyente, y que yo, por pura guasa, repetía el ritual.

Todo comenzó porque de adolescente tuve un sueño con un soldado romano que me interceptaba en la calle y preguntaba por el Coliseo. Mi madre me dijo que era él, y casi me obligó ir a la iglesia a pedirle.

Meses después me concedieron la baja del servicio militar. Y el cura que conocí se convirtió en amigo, y durante muchas noches me dio de comer y me dejaba dormir allí.

Veinte años después, mi hija con su hijo, llegan a España, un 19 de abril, día de San Expedito

Por Jacobo Machover: Los libros de La Habana en ruinas

18 abril 2008

Siempre agradeceré los párrafos que Jacobo Machover me dedicó en este artículo. Aparecen en rojo (para que los lectores y amigos del block los ubiquen fácilmente). Yo no conocía a Machover, luego, colaboró amablemente para nuestra revista Cacharro(s).

tomado de red literaria

Sobre las novelas Los palacios distantes, de Abilio Estévez (Tusquets), El insaciable hombre araña, de Pedro Juan Gutiérrez (Anagrama), Adiós a las almas, de Jorge Alberto Aguiar Díaz (Letras Cubanas) y Espero la noche para soñarte, Revolución, de Nivaria Tejera (Universal)



Jacobo Machover. Escritor y profesor en la Universidad de París. Su último libro publicado (en francés) se titula L’an prochain à … La Havane. El texto que sigue se publicó originalmente en enero de 2003, en Revista de Libros (Madrid).

Había una vez una ciudad en ruinas, destruida por los ciclones permanentes y por el paso del tiempo pero, sobre todo, por la negligencia, el abandono, alguna venganza oculta de la Historia o de los hombres que hacen la Historia. Algunos de ellos arrasan todo a su paso, hombres viejos y viejas piedras, para poder figurar en los libros como mitos bárbaros o libertadores. Siempre he pensado que el estado de decrepitud en que se encontraba La Habana era debido a un deseo de venganza de Fidel Castro y de algunos de sus barbudos contra aquella capital depravada, sumergida en los placeres terrenales, el juego, la prostitución, la corrupción, pero también sumamente culta, alejada de las necesidades materiales básicas de aquellos guajiros que bajaron de la Sierra hace ya pronto medio siglo, pretendiendo construir un mundo tal vez mejor, pero con el ideal de un « hombre nuevo » alejado del modelo de los hombres que somos, mezquinos y mortales. Es una evidencia: la ciudad de antaño no existe más. Lo que queda es un amasijo de ruinas y un recuerdo magnificado. Los libros que nos llegan de la isla describen, de una manera u otra, esa Habana irreconocible incluso para los que en ella viven, teniendo que soportar los derrumbes cotidianos de edificios coloniales que albergaron sin duda anacrónicos palacios.



El primero, Los palacios distantes, es casi una obra maestra. Abilio Estévez arrasa con todas las visiones anteriores de La Habana, las de Alejo Carpentier o las de G. Cabrera Infante, como para significar que todo eso no es más que un vago recuerdo y que lo que queda es poca cosa, casi nada, algún diamante perdido en medio del fango y de los escombros. En esta caricatura de ciudad, la de ahora, nada de columnas para protegerse del sol, nada de cabarets nocturnos, nada de paseantes despreocupados. La única alternativa es huir o sobrevivir como se pueda, escondiéndose en algún recinto al resguardo de las intemperies o del control del poder político. Su principal protagonista es un vagabundo moderno, un beautiful loser de lo que fuera otrora el paraíso socialista. Una versión actual del Caballero de París, clochard legendario de La Habana, encerrado en su vejez en Mazorra, el Hospital psiquiátrico de La Habana, y condenado a muerte por tristeza, por falta de libertad.



Abilio Estévez escribe: «Se ha llegado a afirmar (se sabe cuánto de novelera tiene la imaginación popular) que el cambio comenzó a notarse el día en que La Habana permitió que encerraran en un asilo al más famoso de sus vagabundos, el Caballero de París. Aquel día infausto, La Habana anocheció a las cuatro de la tarde, y el adelantado crepúsculo asombró a los habaneros. »



Recuerdo haber visto al Caballero de París en Mazorra. Los médicos y enfermeras contaban con orgullo cómo le habían lavado su pelo largo, sin darse cuenta de que así, como a Sansón en otra época, le quitaban hasta su razón de ser. La novela de Abilio Estévez es el retrato más espeluznante de la muerte, bajo los ojos indiferentes de sus habitantes y de sus responsables, de una ciudad. La Habana es la heroina involuntaria de este libro. Se va derrumbando a cada palabra, y el lector no puede hacer absolutamente nada para salvarla.



Por ella deambula un pobre hombre, un viejo homosexual, ridículamente llamado Victorio, quien tiene que abandonar un cuartucho situado en un antiguo palacio de La Habana, que va a ser destruido para no volver a ser reconstruido jamás. No tiene adónde ir. Lo único que le queda es dormir entre ruinas, observar e intentar recordar que algún día no fue así, que en otros tiempos aquella ciudad fue un esplendor. Le queda la memoria o, mejor dicho, lo que le fue transmitido por los libros, por los mitos y leyendas engendrados en La Habana. Victorio, en sus andanzas nocturnas, se encuentra con una jinetera (prostituta cubana pero ¿hace falta explicar una denominación que ya le ha dado la vuelta al mundo?) tan perdida como él. Ella le da vida : el Victorio ya viejo, derrotado por el tiempo, se vuelve, para ella y sólo para ella, Triunfo. Esa pareja improbable tiene una visión de ensueño : un payaso, un anciano, practicando ejercicios de equilibrista sobre los techos de la ciudad, que amenazan con caerse. Uno de aquellos payasos parecidos a los de Federico Fellini, que nunca mueren a pesar de que, mil veces, se ha anunciado su desaparición definitiva, junto con la del circo. Un payaso que les abre las puertas de un teatro fabuloso, salvado de la destrucción, revelándoles a la vez los secretos del mundo y del pasado.



La anécdota es lo de menos en esta novela. Abilio Estévez hubiera podido contentarse con describir las ruinas, con poetizar la miseria material, moral y sexual. Ya esas pinceladas, que a veces se transforman en brochazos de furia, eran suficientes para producir la sensación de una pérdida irreparable. Hundirse en la realidad es para el escritor, sin duda, un medio para no idealizar demasiado un universo en que no queda nada más que la esperanza de una supervivencia cotidiana.



Con Tuyo es el reino, una alegoría sobre la revolución y el fin de un mundo anacrónico, Abilio Estévez efectuaba hace poco su entrada en las letras cubanas. En aquella novela demostraba una cultura descomunal, extrañamente adquirida en una isla en que encontrar un libro extranjero no censurado puede ser una verdadera hazaña. Pero su alegoría resultaba demasiado límpida, simplificadora a fin de cuentas. Esta vez, con Los palacios distantes, incursionando en la realidad, trascendiéndola, Abilio consigue elaborar una escritura, casi una poética de la soledad y de la demencia, de una belleza estremecedora, construyendo, a partir de un montón de ruinas que parecen surgidas del fondo de alguna Atlántida desaparecida, un porvenir perfectamente utópico, fuera del alcance de sus personajes reducidos a simples sombras nocturnas, como ratas surgidas de algún basurero abandonado allí por las intemperies.



Pedro Juan Gutiérrez, por su parte, no cree en la poesía de lo cotidiano. Nada más alejado de sus preocupaciones. Él escribe en situación de urgencia, como si no tuviera tiempo de pensar en otra cosa, antes de que todos los edificios de La Habana acaben de caerse. Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana y Animal tropical eran manifiestos de lo que se ha dado en llamar «realismo sucio», una especie de literatura a lo Charles Bukowsky, en que el sexo, el ron y el desplome físico y moral serían los ingredientes de base. Por eso hay sexo, ron y desplome a cada página. Sin embargo, en El insaciable hombre araña, hay algo más : tal vez la conciencia de que las recetas del éxito editorial se agotan y que hay que mirar hacia atrás con una visión crítica sobre sí mismo y sobre su obra. En otros términos, Pedro Juan Gutiérrez ajusta cuentas consigo mismo.



El novelista se pone en escena como escritor de éxito particularmente desilusionado, contando las visitas que le hacen algunas de sus admiradoras en busca de aventuras intelecto-sexuales. Pero su realidad no corresponde a la imagen que brinda en sus libros. Y, en verdad, se puede hacer una doble lectura de esos relatos : tomárselos al pie de la letra, como una repetición hasta el hastío de sus peripecias sexuales en una Habana de los bajos fondos, y entonces salir de esa lectura con un asco indisimulable, o bien aceptar la mirada irónica, a veces incluso cínica del autor sobre su propia obra, y pensar por lo tanto que en él lo inmediatamente visible es lo de menos y que, en una escena sexual con Gustav Mahler (o Sibelius, o Brahms, o Haendel) como música de fondo, lo fundamental no son las piruetas acrobáticas de la jinetera o de la amante de turno sino, tal vez, Mahler, la música de fondo, el decorado y no la acción. En suma, su escritura es un engaño. Pedro Juan nos dice, nos grita casi, que no hay que dejarse llevar por la inmediatez, por las apariencias de las historias que él narra, sino que hay que ir a buscar detrás del telón, en las pequeñas pinceladas que produce como de pasada, dejando entrever un profundo pesimismo, una desgana inmemorial.



Porque él conoce esa Habana y esa Cuba como nadie. Antes de narrar esa ciudad en ruinas, había sido periodista. Ser periodista en Cuba, según su propia confesión, significa sobre todo callar, eludir lo que no conviene mostrar, tragarse la realidad. Significa seguramente (pero eso Pedro Juan Gutiérrez prefiere no contarlo) mentir, embellecer la crudez de los hechos, de los paisajes, para dar a ver sólo lo que le conviene al régimen, las metas económicas que se sobrecumplen, la salud que funciona mejor que en los países altamente desarrollados, la educación brindada a todos sin excepción aunque, a veces, más que de educación, se trate de un simple adoctrinamiento. Y todo eso ¿gracias a quién? A los héroes, al héroe invencible, eterno, omnipresente, cuyo nombre es preferible no mencionar. Pedro Juan saca ahora en sus libros esos aspectos que durante años tuvo que callar, con una precisión clínica, pero sin juzgar, dando a ver el espectáculo voluntariamente ocultado por tanta autocensura.



«¿Aquí también matan periodistas?», le pregunta al protagonista y narrador una turista peruana, bastante ingenua, como todos los turistas. «No, aquí los anestesian», contesta él, olvidando precisar que los que se niegan a ser anestesiados son irremediablemente condenados al ostracismo, a la cárcel o al exilio, como en el caso de los llamados «periodistas independientes».



El retrato que de La Habana nos brinda el autor es espeluznante, siniestro. Sin embargo, el autor asume cierta ambigüedad. Sus libros, en efecto, dan a ver una visión del sexo como última posibilidad de escape, mostrando que, después de todo, hay escapatorias peores, que no es tan terrible si uno, detrás de los barrotes de la prisión, puede entrever una salida. Pero el sexo versión Pedro Juan Gutiérrez no es nada liberador. No es alegre, despreocupado, como en la imaginería caribeña. Es más bien una mezcla de Sade y de Bataille, con bastante dolor y mucha insatisfacción.



«Pensé en traer el látigo y sonarle un par de cuerazos. Así reaccionan a veces. Algunas después se deslechan solo de ver el látigo en mi mano.»



Las escenas de esa calaña abundan en estos relatos, que empiezan con una violación, no en La Habana sino en el Central Park de Nueva York. Pero el escritor parece cansado de la imagen de sí mismo que vehiculan sus editores para vender más, dando una visión de Cuba como la de paraíso terrenal, ya no con el socialismo en su versión castrista, que esa idea ya pasó a mejor vida, sino con el sexo fácil, tanto en mujeres como en hombres. La cubierta del libro muestra a una negrita despreocupada que, casi por inadvertencia, enseña un pezón a quien quiera verlo.



El insaciable hombre araña puede producir repulsión pero también una curiosidad no del todo sana. ¿Qué hay detrás de esa voluntad de describir un universo tan negro? ¿Una voluntad de exorcisar la realidad cotidiana? ¿Una provocación literaria? Pero ¿a eso se le puede llamar literatura? A veces, por retazos, brota alguna luz en medio del estiércol, como una sinfonía de Mahler que hermanaría a Eros con Tánatos, lejos de cualquier fulgurancia poética, como si la poesía fuera sólo un don de la belleza, desaparecida para siempre de esa Habana arrasada por la destrucción.



¿Y si Madrid se pareciera a La Habana? ¿Y si Chueca, la Montera o Callao acabaran por ser, para los cubanos exiliados, meros reflejos del Malecón? Un exiliado, a menudo, no hace sino buscar el misterio de los orígenes al que ha tenido que renunciar en cualquier rincón que recuerde la ciudad o el pueblo natal. No sería nada extraño, por lo tanto, ver en la Cibeles o en cualquier fuente de Europa una reminiscencia de la fuente de la India. Además, en la Gran Vía, a altas horas de la noche y a pesar del frío, son innumerables los exiliados cubanos que distribuyen prospectos para atraer a los paseantes a algún bar top-less o a alguna barra americana donde ofician chicas de todas nacionalidades, muchas de ellas jineteras provenientes de la isla.



Yo no sé si Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD) estuvo alguna vez en Madrid o si lo imaginó todo desde su isla natal. Después de todo, Kafka no estuvo nunca en Estados Unidos. Eso no le impidió escribir su América. JAAD no se refiere a Kafka sino a Hemingway. Su colección de relatos Adiós a las almas es evidentemente un guiño irónico al aventurero americano, quien conoció tan bien España como Cuba. Su primer cuento se sitúa, pues, en los bajos fondos de Madrid, que podrían ser también los de La Habana. Aquí, los exiliados también son chulos y sus chicas antiguas jineteras, lo que demuestra que ya esos personajes se han convertido en meros arquetipos. En resumen, que no hay literatura cubana si no aparecen en ella unas cuantas jineteras.



Sin embargo, aquí también habría que hacer abstracción de las meras apariencias. Detrás de los tópicos está la violencia verbal de este joven escritor, que usa las palabras como gritos de odio hacia el mundo que le toca vivir. Lo sexual en sus relatos no es más que un pretexto para existir o para afirmar que existe.



Al publicar sus relatos, JAAD ha dado el paso que lo condenaba al silencio en la isla. Ha vencido el miedo. Hoy día, curiosamente, no hay una gran diferencia entre lo poco que se puede publicar dentro y lo que se edita fuera. Se elude la política más inmediata, sobre todo la figura del Líder, pero se deja ver el hastío, la imposibilidad de seguir así por mucho tiempo más, una eternidad, si se quiere evitar que La Habana y la isla entera acaben por hundirse de verdad. Los libros de las ruinas, que no son ruinas circulares, cumplen una función de exorcismo. A través de la descripción pormenorizada del desastre visual, tienden a abstraerse de la realidad que los envuelve como una constante. Ahí radica la poesía: en la imposibilidad de entrever el final, un cambio repentino que haga resurgir La Habana de sus cenizas y, junto con ella, la vida, en una reconciliación tardía pero inevitable.



Con esos libros, se puede medir la distancia recorrida desde hace algunos años. Por haber publicado algunos de sus libros en el exterior, Reinaldo Arenas fue sometido al ostracismo más feroz, a la censura, a los campos de trabajo, a la cárcel. Hoy día, tanto los que publican dentro de la isla como los que lo hacen fuera están sometidos más que nada a su propia autocensura. Y sus propios mecanismos de control se vuelven cada día más flojos. Todos necesitan decir lo más posible, a veces con palabras en desorden, y siempre con el miedo de que esa tímida apertura se vuelva a obstruir, por un cambio repentino de política o por los caprichos del Comandante en Jefe, lo que viene a ser lo mismo.



Jorge Alberto Aguiar Díaz no hace sino establecer las primicias de una rebeldía. Por decir lo que dice, sabe que arriesga el destierro, tal vez en ese Madrid imaginado en el relato que abre su libro, tal vez en otra ciudad de exilio, ahí donde le toque, poco importa. Lo esencial es que ya ha conquistado su libertad de palabra, a golpes, describiendo una realidad que no es la de una isla paradisíaca sino más bien la de un infierno en la tierra. El descenso a los bajos fondos de Madrid o de La Habana es una suerte de iniciación de donde, como por encanto, brotan el amor y la poesía. Poca cosa, en verdad, para soportar lo cotidiano. Un mero respiro en una escritura que se ahoga, como si quisiera decirlo todo antes de que la condenen a un irremediable silencio. «Verso o nos condenan juntos / o nos salvamos los dos», escribía José Martí en sus Versos sencillos.



La poesía, para JAAD, es el único antídoto a la ciudad que se hunde, a cada paso que va dando. En el último relato, «Paloma», coloca en el mismo plano sus dos visiones, la de la realidad y del sueño, las que provoca La Habana, desde cualquier lugar de que se mire, desde dentro o desde fuera: «Y te escribí un poema. Bajé las escaleras. Pensé que se iba a desplomar el edificio. Esquina de Cuba y Desamparados. Una esquina más. Una esquina cualquiera del mundo. »



Nivaria Tejera lleva casi cuarenta años sin ver La Habana. No le hace falta. Desde el día en que tomó la decisión de abandonar Cuba para refugiarse en Europa, ella sabía que la isla sólo le iba a aparecer en sueños o en pesadillas. No vio su evolución material. No vio la destrucción, tan sólo el desastre moral que precedió, mucho tiempo antes, el derrumbe físico de un espacio que no era Sodoma ni Gomorra, más bien un laboratorio experimental de un nuevo orden moral regido por consignas cada día más incomprensibles. Nivaria dejó de entenderlas, de estar de acuerdo con lo absurdo de esas palabras colocadas sin ningún orden natural o racional.



El título de su libro es un monumento al absurdo: Espero la noche para soñarte, Revolución. ¿Qué sueño es ése sino el de las palabras pronunciadas entonces, cuando la palabra «revolución» estaba en todos los labios, como una esperanza de redención para algunos, la certidumbre de un Leviatán para otros? A veces, la esperanza y la amenaza iban juntas, hasta el punto en que era imposible distinguir entre el Bien y el Mal, entre un porvenir mejor y un presente de espanto. Lo que recuerda la escritora exiliada no son los edificios ni las calles de la isla, sino las sentencias revolucionarias, lo más inasible, lo que no se puede materializar sino con la escritura. Su libro es, pues, un monumento a lo que se ha perdido, no la vida, no la creación, sólo las dudas, el miedo, que se abren paso en la cabeza durante las noches interminables.



El libro es una gigantesca interrogación. Se organiza en círculos concéntricos que no logran nunca alcanzar el centro, el momento exacto en que se empezó a determinar el destino. Su isla no es una isla concreta sino su traducción en palabras. El libro de la escritora exiliada cumple esa función : no recrear un universo desaparecido sino su interpretación, gracias a una mirada a la vez de adentro y de afuera. Nivaria Tejera ha sido doblemente exiliada.



Nacida en Cienfuegos, Cuba, ella salió muy pequeña para Canarias con sus padres. Allí les sorprendió la guerra civil. Su padre, republicano, estuvo preso largos años, con la amenaza permanente de ser ejecutado. La primera novela de Nivaria, El barranco, cuenta con ojos de niña y una escritura doble, a la vez de niña y de mujer, las fantasmagorías que ella construye alrededor de las amenazas que se ciernen sobre el padre. Al regresar a Cuba, la escritora sabía que el exilio no es un estado pasajero sino un modo de vida, que un exiliado puede tener que salir en cualquier momento para cualquier lugar. Huele la amenaza antes que los demás. Ella supo muy pronto que la Cuba revolucionaria, castrista, iba a ser su segunda España franquista, que ella tendría que seguir, inexorablemente, las huellas familiares, como si estuviera condenada a un destierro inscrito en sus genes desde su nacimiento.



Su experiencia le permite saltar de lo particular a una reflexión general sobre el exilio, la culpa y el poder. Nivaria Tejera entiende en seguida que esa revolución no es más que un baño de sangre, una venganza incomprensible, patológica.



Escribe: «Inaceptable esa justicia arbitraria, ya que fusilar es ostentar el poder, prolongarlo por su único instrumento psicológico: el terror, terror que deviene poder a la primera muerte. Sí, la muerte como consigna del SUPREMO PODER que ella establece. »



Espero la noche para soñarte, Revolución es el recuento de una experiencia poética en el infierno de las ilusiones, siempre seguidas por el miedo, el terror, el sacrificio consentido de los demás. Es un libro en que la isla física está ausente. Mucho antes de las descripciones actuales, ella sabía que las huellas arquitectónicas estaban condenadas a desaparecer por obra y gracia del tiempo o de la Historia. No se trata de una novela sino de una escritura a mitad de camino entre el susurro y el grito, entre la pesadilla y el análisis de esa pesadilla, entre la reflexión y el llanto. Tiene un carácter salmódico, como una liturgia para uso exclusivo de las generaciones venideras, un ejercicio esencial de la memoria. Como una advertencia al futuro o la certidumbre de que, desde el principio, todo podía ser peor. Y lo fue. Y el exilio se hizo interminable. Y La Habana se volvió cada vez más lejana. De todas formas, para todos (menos los turistas), para sus habitantes actuales como para sus exiliados, es sólo ruinas. Reales o mentales: ¿qué más da?

poema 12 de "Borde"

15 abril 2008

¿veinte años perdidos
y treinta
y cuarenta años
y cincuenta perdidos?

¿cuál es el juego?
¿qué juego fue?

después del último
borde otro borde
y tendrás
que bordearlo
bordearlos

hasta
desbordarte

flujo de lunes en la mañana

14 abril 2008


sopor del sueño. despertar en la soledad (y el miedo). cabeza de laboratorio donde cuece la locura. cabeza boquete y ratonera.
¿quieres consuelo?
puedo negar para afirmar.
cada
golpe de realidad es eso.

entonces, una diminuta felicidad se pone en movimiento.

Onceno poema de "Borde"

12 abril 2008

I

limas el borde
y te limas
el borde

II


berenjena

come mastica escupe
mastica escupe come
-------bordea la berenjena
finge
dinero a cambio
a cambio de
todo idiota
hablamos
de comida sobre la mesa


III

follaje
mucho o poco
follaje

peripatética

sin
culpas idiota hablamos
de
comida sobre la mesa

IV


pillado
en la vía pública

V

trepa
o bordea
tajada de vida idiota
que hablamos
de comida en la mesa

VI


comer

comer
dar
de comer
dar
de comer
comer
dar de
comer
comer dar
de comer

comer

al conejo

y al muerto

que hablamos
de comida
---------------en la mesa

Décimo poema de "Borde"

11 abril 2008

I

viviendo a cuerpo
de rey sin cuerpo
y en el vacío
del vacío al borde

vida interior y muerte
exterior y muerte
interior y vida

¿crisis de la experiencia
diaria, o experiencia diaria
de la crisis de ser
yo?

II

agotado
el modelo para
narrar nuestra vida
en folletín
imaginamos la angustia
metafísica en la pasarela
del consumo

III

borde o
desplazamiento en
la vida
que llamamos
cotidiana

bordear márgenes
abstractos
desplazarnos por
el filo concreto
del dinero

IV

te limas
el borde

Cuarto de Máquinas con Lizabel Mónica

10 abril 2008

Dice Ricardo Piglia que los turistas llaman a la miseria color local.

Estos son los precios que un cubano debe de pagar por entrar a un hotel, en su propio país, y en otra moneda.

pAladeOinDeleite: Fw: Mariela

Textos de Lizabel Mónica en fogonero emergente

Contra la "literatosis" y el narcisismo...

"Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la Cibernética. Pero sentimos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial encontrará un público afectado por el mismo veneno que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible -lo vaticinamos con la seguridad de que nunca oiremos ser desmentidos- que ese supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la tierra. Y que evitará, también dentro de lo posible, mortificar a sus oyentes con literatosis."
Juan Carlos Onetti, en 1966

¿Podemos escribir en primera persona como si escribiésemos en tercera?

Abunda en la literatura cubana (después del 59; y sobre todo en los últimos diez o quince años) una primera persona plenamente narcisista.

Además de la "literatosis", como le llamaría Onetti.

Ambas cosas: literatosis y narcisismo, han vuelto a gran parte de la literatura cubana en un ejercicio seudointelectual, palabrero, y sobre todo, aburrido.

Mucha ansiedad por querer "hacer literatura" y por exhibirse.

Cualquier posesivo (mi "cuerpo sin órganos", mi escritura, mis deseos, mi vida, mi locura), no me pertenece.

Ese mi, es una comunidad, una manada, una madriguera de jerbos o de cualquier otro animal. Esto es difícil de entender, parece, por muchos escritores cubanos.

Y no es que canse, moleste, o sea inapropiado citar, acudir a referencias literarias o culturales, o escribir desde un "yo". Es más bien una cuestión de tono, de no perder la ironía o cierto distanciamiento, de comprender determinados usos del lenguaje, y de reflexionar sobre la pregunta de Primo Levi: ¿quién es el testigo?

El escritor como testigo. Aunque sea víctima de determinadas circunstancias o acontecimientos, su potencia para narrar (vitalidad, creatividad, nuevas posibilidades expresivas), además de apoyarse en la imaginación y en la capacidad de fabular, depende de los tonos, y de la difrencia entre el lenguaje del testigo y el lenguaje de la víctima.

¿Podemos (Kafka, y la fuerte tradición norteamericana, y por supuestos, muchos escritores latinoamericanos, en su mayoría olvidados, nos pueden funcionar como mapas) convertirnos en agrimensores de la escritura? Movernos por el lenguaje como por un terreno. Terreno que es territorio, tierra, aire, desierto, vacío, espacio finito aunque ilimitado donde hay que crear (no fundar que es lo que anhela el narcisista) pueblos, poblaciones, procesos de vida, nuevas subjetividades, verdaderos afectos revolucionarios.

Y no perder el gusto de contar, por contar, relatar, mostrar...



Jessica y su hijo Andresito

09 abril 2008

Hoy, mi hija cumple 21 años. Aquí está ella, y mi nieto. Jessica Aguiar Cárdenas, y Leonardo Andrés (el "bebesote", como le puso Lizi). Es una foto de 2007, cuando estuve en Cuba por última vez. Es mi cuarto. Los libreros (con lo poco que queda ya), la puerta del balcón a la esquina de San Miguel y Escobar. En la pared aún conservo el anuncio de lo que fue mi "librería", aquel cubículo caliente al borde de la calle Obispo desde 1996 a 2000; "Sancho Panza", se llamaba. A la izquierda de la botella (un regalo de Alexa; novia extraviada), un viejo cenicero, y después, como pisapapeles, forrado de blanco y lleno de bolígrafos, un objeto que perteneció a Reinaldo Arenas; obsequio de mi amigo, el escritor y periodista independiente, Ramón Díaz-Marzo.

Cavilaciones al borde de la noche (con José Ariel Contreras)

El otro día presenté mi última crónica publicada en CubaNet. Hoy, después de leer esto sobre Contreras (vía terreno de pelota), recordé mi primer trabajo para esa Agencia. Se publicó el 17 de octubre de 2002, gracias a la gestión de Héctor Maseda.

otro día rememoro cómo me hice "periodista independiente", y alguna que otra anécdota de aquella época.

Es sábado en la noche. Regreso de Santiago de las Vegas después de haber visto a un grupo de adolescentes fumar marihuana y tomar keta, oír a Marilyn Mason y Mettalica. Todos comentaban lo que oficialmente han llamado la deserción del gran pitcher José Ariel Contreras: "¡Es una lástima, jamás lo veremos jugar!" -dije. "¡Hizo bien, deberían quedarse más peloteros!" -exclaman los jóvenes que fuman y ríen. Las parejas se besan y entran a un yerbazal y se acarician.

Me despido y me encamino a la parada a esperar el camello, "el violento metrobús", como lo llamó el grupo de rock Zeus en una vieja canción.

Cuando llego al parque de La Fraternidad en el corazón de la capital, es casi medianoche. Santiago de las Vegas se encuentra a unos veinte kilómetros del centro de Ciudad de La Habana, pero la incomodidad y la lentitud del viaje te hacen creer que está muy lejos. Durante el regreso pensé en aquellos jóvenes. Recordé los versos de Allen Ginsberg: "He visto los mejores cerebros de mi generación / destruidos por la locura".

Tengo 36 años, y es igual. Pienso en mi generación y en mis padres. La historia de los últimos cuarenta y tres años es una pesadilla que se repite: los mismos rostros, idénticos sueños, deseos de escapar a otra ciudad, a otro país. El cansancio de tantas consignas que el gobierno escribe en lenguaje triunfalista o apocalíptico, pero siempre gastado, a veces ridículamente cursi. Recuerdo el gran poema de Cavafis: "Si destruyes tu vida en esta ciudad / la habrás destruido en todo el mundo".

De pronto me veo rodeado, y lleno, de una gran soledad. La gente camina, se divierte. La cafetería La fuente, en Monte y Consulado, está repleta. Venden cerveza a diez pesos y pollo frito a veinticinco. Todos los asientos están ocupados y hay cola. Tengo un peso y cuarenta centavos. Sigo de largo. Llamo por teléfono a algunos amigos. Están cansados y quieren dormir temprano. Otros andan de fiesta. Dos hombres en una esquina toman ron y hablan de pelota, del triunfo de Cuba frente a los Estados Unidos. Luego hablan de Contreras. "Se va a hacer millonario" -dice uno. "Tenía que haberse quedado hace tiempo. Él y todo el equipo" -dice otro.

Camino por el antiguo palacio de Aldana, hoy Instituto de Historia. Cuatro hombres y una mujer duermen en los portales entre columnas que hieden a orine y excremento. Han tapizado el suelo con periódicos y cartones. Lucen mugrientos, andrajosos. "Los parias de la historia" -pienso. Otra vez la historia y los recuerdos. Veo entre los vagabundos a uno que en las tardes cobra unos pesos por tirar las cartas. Un cartomántico con imaginación fabulosa, ojos rojos de tanto alcohol y siempre listo a cambiar los pronósticos si ve el más mínimo disgusto en tu rostro. Es un negro grande. Pienso en José Ariel Contreras.

Dejo atrás el edificio y doblo por Reina para atravesar el parque El Curita. Mujeres hermosas, elegantes. Jóvenes que gritan en medio de la calle. Hombres con cadenas de oro, esbeltos. Extranjeros temerarios que ríen. En el semáforo de Galiano veo autos americanos que se conservan nadie sabe cómo. Y carros japoneses: Nissan, Toyota; y Pegeot, de Francia. Los choferes son cubanos con dinero que salen a divertirse. Veo a Glenda, un travesti que conocí hace un par de años y que prometió contarme su vida. Me saluda. "La policía está haciendo zafra hoy. Cuando les da la gana nos dejan fletear. Cuando no, salen pa la calle a recogernos". Y concluye: "me voy, que esto está malo".

Glenda se aleja con su amiga. Se ve hermosa. Parece una mujer. Su amiga se pavonea grotescamente; taconea. El maquillaje es malo y le mancha la cara. Unos borrachos se meten con ellas: piropos soeces, ofensas. Cuento a los policías que merodean el parque: 15. Piden carnets de identidad, revisan bolsos y mochilas, se ensañan con los negros.

Camino hasta la calle Zanja. Desde hace diez días está llena de huecos. La tierra apilonada, agujeros inmensos que se llenan de inmundicias. Pregunto qué están reparando. "Problemas con el agua" -me responde un viejo parqueador del barrio chino. "¿Cuándo terminarán?¨" -indago. Se ríe y dice: "Siempre es igual, rompen pero no construyen".

"Restos de una noche civil" -me dijo un amigo poeta una vez cuando caminábamos sin rumbo en medio de la noche habanera. Me pregunto ahora cuántos rostros puede tener el horror. Incluso los que tienen dinero y han salido a gastarlo, a comer pollo frito, a tomar ron del bueno, a pasear en sus automóviles; todos huyen del horror. Figurines recortados por una mano invisible que nos somete. No es necesaria una guerra, los tanques en la calle, policías antimotines. Veo el horror en esas caras "alegres", en los que vociferan, cantan y van acumulando alguna riqueza en medio de la pobreza general.

Si no huyeran del horror, entonces ¿por qué se van del país a la menor oportunidad? ¿Por qué sueñan con ganarse el sorteo de visas, llamado "el bombo", aunque tengan todas las comodidades? Es un horror intangible que nos atraviesa. Julián del Casal le llamó frío. En medio del trópico, de nuestras fiestas calurosas y simpáticas sentimos de pronto una ráfaga que nos congela. Descubrimos que somos extraños en nuestra propia tierra.

José Ariel Contreras, aunque no sepa explicarlo, debió sentirlo. También lo sufrió en noches como ésta, después de ganar un juego, después de la ovación y el clamor de los fanáticos que lo admiran.

En el silencio de la madrugada, cuando todos brindaban por el triunfo, él, en un rincón se ovillaba, todo músculos, toda corpulencia, como un niño a la intemperie.


Cuarto de Máquinas con Terreno de Pelota

Hoy compartimos este vínculo

terreno de pelota: ¡DUELO LIVÁN-CONTRERAS!

Cuarto de Máquinas con Yamilet García Zamora

08 abril 2008


Gracias, Yami, por estas notas.

Sobre Juan Carlos González Leyva: Nadie escuchaba

Publicado originalmente en CubaNet, el 14 de noviembre de 2002

leer otros textos de esa época

Festival de la rumba, ¿cosa de negros?

Stimmung y Haltung en Cuba

Réquiem por La Habana

Un grupo de amigos llega a mi casa para invitarme a una fiesta. Estoy sentado en un viejo butacón que recogí de la basura y que mi padre forró con un saco de nylon. Escucho Radio Martí. Es la hora del crepúsculo y a través de las persianas veo el cielo anaranjado del trópico.

No quiero ir a la fiesta; no quiero ir a ninguna parte. Los amigos insisten. Uno dice que me volveré loco de oír tanto la onda corta; otro registra mis libros; el tercero se queda a mi lado y presta atención a la voz de una mujer que en tono desesperado habla, cuenta su historia, a veces parece que romperá a llorar.

La mujer se llama Maritza Calderín Colombié, esposa del abogado Juan Carlos González Leyva, quien se encuentra en prisión desde hace siete meses sin derecho a fianza y sin que le hayan celebrado juicio. El licenciado está acusado de gritar ¡Abajo Fidel!, lo que se conoce en Cuba como "desacato al comandante" o algo parecido.

González Leyva se declaró en ayuno de protesta el 4 de septiembre. Miro el almanaque; han transcurrido más de dos meses. Maritza relata con voz temblorosa; habla de patadas en los genitales, en las costillas, de una herida de cinco puntos. "Es la fuerza contra las ideas", dice y agrega que el oficial Aramís, del departamento 21 de la Seguridad del Estado, fue ascendido por su buen trabajo.

Uno de mis amigos ha encontrado un libro de Semiótica y lee; el otro se asoma al balcón y habla de una mulata que se pavonea en la esquina. El que está a mi lado escuchando la noticia me mira incrédulo. "¿Tú crees todas esas cosas", pregunta.

La esposa del prisionero dice que está haciendo un llamado, un S.O.S. (son sus palabras textuales) a la Iglesia cubana y a las "vacas sagradas de la disidencia".

Por fin mis amigos deciden irse. Para ellos soy un aburrido. "La vida es una sola y hay que divertirse", dice el que estaba leyendo y ahora guarda el libro en su mochila.

Recuerdo el título de un documental que nunca he podido ver porque en Cuba está prohibido: "Nadie escuchaba".

Me asomo al balcón. Una rubia también se pavonea junto a la mulata. Son muy jóvenes y van de un lado a otro mientras los hombres que juegan dominó la miran, beben ron, les dicen cosas.

La música suena a todo volumen en dos o tres casas, en un bicitaxi que transita con un pasajero que trae varias bolsas repletas de comida, vegetales, un pernil de puerco, frutas.

Voy al cuarto de mi padre y le pido la Constitución. Leo: "Declaramos nuestra voluntad de que la ley de leyes de la República esté presidida por este profundo anhelo, al fin logrado, de José Martí: Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre".

La edición es de 1975. Es posible que en algo haya cambiado. Me lamento de no tener una edición más reciente.

Ya es de noche. En otoño oscurece más temprano. Pienso en el valor metafórico de la oscuridad. No por gusto dos de los más estremecedores testimonios publicados en los últimos años se titulan "Antes que anochezca", de Reinaldo Arenas, y "Cómo llegó la noche", de Huber Matos.

Juan carlos González Leyva es un hombre ciego. Por un instante trato de imaginarlo postrado en la soledad húmeda de su celda. ¿Cómo es físicamente? ¿Podrá soñar durante las noches? ¿Qué soñará? Mi abuela me dijo una vez que los ciegos son capaces de soñar en colores, que tienen un tacto muy desarrollado y una gran voluntad.

¿Hasta dónde podrá resistir Juan Carlos González Leyva? ¿Hasta dónde son capaces de llegar sus verdugos? En los dibujos animados el verdugo siempre aparece con un antifaz. Nunca podemos ver si está riéndose sádicamente o sufre por su víctima, y en este caso, la capucha que oculta su rostro es una coartada para que el emperador no vea la mueca de dolor, el asco por tener que cumplir una orden vergonzosa, vil, salvaje.

Los verdugos no suelen tener sueños apacibles aunque crean que sí. Cada vez que se miran en el espejo no alcanzan a reconocer si tienen o no puesta su máscara. Cada mirada, cada expresión que logran vislumbrar en el espejo, no saben ya si pertenece a ellos, al emperador o a la víctima.

Regreso a mi cuarto. Apago la radio. Voy hasta el librero y busco una novela que para los jóvenes ha pasado de moda: "El viejo y el mar", de Hemingway.

Me siento en mi viejo butacón. Abro una página al azar y leo: "Un hombre puede ser destruido pero no derrotado".

A través de las persianas veo las estrellas. Pienso en toda la luz que Juan Carlos González Leyva lleva en su interior. Y entonces, ocurre el milagro: un eclipse total restaura, en medio de la noche, el valor metafórico del amanecer.

Noveno poema de "Borde"

07 abril 2008

I

y qué haces con
tanto dinero fustigarte
en la piedad sin
ironía cuál
piedad qué ironía

II

Cuando Nietzsche abraza
al caballo que fustigan me
abraza a mi que lloro
por tí con ironía
de piedad sin
dinero

III

¿cuál dinero? ¿qué
--------------dinero?

IV

menesteroso
irónico
piadoso
fustigador
que abraza dinero
que llora ¿alguna
otra pregunta?

V

poesía y dinero es lo
que entendió Nietzsche
que no entendía el cochero

Réquiem por La Habana


Publicado originalmente en CubaNet,

fotos tomadas de Havanascity

el 3 de febrero de 2003 la siguiente crónica fue el último texto publicado (de diecisiete) en mi corta experiencia de periodista independiente en Cuba.

cinco intensos meses que terminaron una semana antes de la primavera negra, luego de dos horas en una "conversación" con dos oficiales de la Seguridad del Estado.



leer otros de esa época


Festival de la rumba, ¿cosa de negros?

Stimmung y Haltung en Cuba

Miro a lo lejos la ciudad; Arcadia de postguerra, agujero negro en el mapa.

Cruzo la bahía en la vieja lancha de Regla. La Habana, más que nunca, parece una villa. No necesita el maquillaje barato de una noche ni los piropos de un extranjero ebrio, sino llenarse de vida, sacudir su largo encierro provinciano.

Uno recorre sus calles y no encuentra un café donde pueda sentarse a beber té o infusiones, citarse con los amigos, conocer gentes, como se estiló a mediado de los ochenta en las llamadas casas del té.

No existe tan siquiera una taberna para disfrutar de los vinos nacionales, ahora que el invierno azota con fuerza.

Todos los sitios para turistas están diseñados con la uniformidad y monotonía prefabricada de mesitas plásticas, música salsa y pollos fritos.

Los pocos servicios que se ofertan en moneda nacional tienen pésima calidad y en su mayoría son atendidos por un personal descortés y "buscavida".

Los jóvenes sienten (y sufren) la carencia de una libre y auténtica vida cultural. Desean algo que no se reduzca a las esquemáticas actividades oficiales de homenajes, recitales, peñas literarias, declamaciones, círculos de lectura (donde se les invita a leer pero, contradictoriamente, no existe la literatura más contemporánea). Necesitan los jóvenes de una vida cultural que no sea la del estilo pomposo de los llamados promotores culturales y sus tediosas improvisaciones que, tarde o temprano, terminan agradeciendo a la revolución nuestra "independencia" y "soberanía".

Cada vez que La Habana, por ejemplo, cumple un aniversario en el mes de noviembre, podemos testificar ese provincianismo patriotero vestido del más simplón de los historicismos, ya que siempre se enmarca la festividad dentro de la cronología de la fundación de la ciudad y de la Colonia. Se excluye de este modo la etapa republicana, se intenta borrar precisamente los años de mayor esplendor que tuvo la capital.

Apenas se habla de la expansión urbana y el eclecticismo arquitectónico que conoció su mejor momento justo antes de 1959. Nunca antes ni después La Habana fue tan joven y bella.

Entre las décadas del cuarenta y cincuenta La Habana quería ser moderna, despojarse de tanto criollismo aldeano. Su afán extranjerizante podía terminar en la pesadilla del vicio y la noche libertina pero también en el sueño de una ciudad cosmopolita, abierta al flujo cultural, al intercambio de las modas y las nuevas ideas.

¿Dónde están las surtidas librerías, las eficientes imprentas, las decenas y decenas de cines, las estaciones de radio que transmitían la mejor música cubana y mantenían informados de los ritmos foráneos a los oyentes? ¿Dónde están los carnavales de La Habana? ¿Dónde sus cafés, fondas y bares? ¿Y aquellos almacenes y tiendas para ricos y pobres, y no solamente para los que tienen dólares como ocurre hoy en día?

Aunque se organicen fiestas y bailes populares, expoventas, ferias de artesanías, recitales de poesía, exposiciones de pintura; en fin, a pesar de las buenas intenciones por parte de algunas autoridades y ciudadanos por inyectarle sangre nueva, sobre todo al casco histórico, casi nunca percibimos la alegría si no acompañada de ciertas tensiones provocadas por el malestar y la incertidumbre de la supervivencia cotidiana.

La Habana parece un cementerio en ruinas. Fosa común de sonrientes cadáveres que viven en la nadahistoria, para usar una frase tan cara a Virgilio Piñera.

Calles oscuras y llenas de baches, derrumbes, tanques repletos de basura, edificios despintados, parques destruidos, soportales anegados en aguas albañales; una vida diurna y nocturna reducida a la rutina de telenovelas, alcohol, suicidio físico y moral.

La Habana ha envejecido mucho en los últimos 44 años; ya es una anciana decrépita y famélica viviendo rodeada de prótesis y remedios caseros que de nada sirven.

Todas las noches, cuando la ciudad recuerda su infancia o ve sus fotografías de juventud, no puede dejar de llorar. "Lágrimas negras" como la canción de Matamoros llenan sus ojos y los míos, que cierro con fuerza para imaginar a una Habana que alguna vez nos perteneció más allá de cualquier soberbia personal y de todos los odios y desmanes oportunistas y politiqueros con que hoy pretenden educar a las nuevas generaciones.

Llego a mi destino, al antiguo Muelle de Luz que sobrevive en la penumbra de traficantes y prostitutas, de policías que entre columnas coloniales se deslizan en silencio.

Miro al cielo. Va a llover. Otra vez anunciaron un frente frío. Cruzo la calle. Tal vez sea la temporada invernal más larga del siglo. Respiro profundo y regreso a mi casa sin levantar la vista, como un fantasma solitario en medio de una solitaria ciudad.

Octavo poema de "Borde"

06 abril 2008

I

adiestrado
en el
-----------borde
de la malaconciencia
bastó un toque
raspando la mollera un toque
y cayó
en el hábito
del suicidio

II

porque es un hábito
sino mira
------------------el borde
de la ideología
----------------en cuña

III

elegir fue
difícil pastillas soga
o lo que llamamos
sublime
pistoletazo

IV

bordeando
la facultad del olvido
no pudo
olvidar
bajo la lluvía
gritó (aun ingenuo)
me aplasta la cultura

V

pasado los años perdió
la fuerza (y la
inseguridad)
del grito
descubrio que
eran los-bordes
---------cortantes
del dinero

lo que taja
la facultad
del olvido

VI

taja dinero taja
dinero taja dinero

VII

(aun ingenuo) pregunta
hoy ¿qué sucedió que
terminé
siendo un
esclavo?




Con Almelio Calderón Fornaris

05 abril 2008


Después de tantos años de poesía y complicidad, me agradó mucho publicar en fogonero emergente, a Almelio Calderón Fornaris.

Nos sentamos en un Café & Té, frente a la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, y pasamos los poemas en la laptop.

Recordé aquellas noches a lo largo de los ochenta, en su casa de Centro Habana, en San Miguel 522, junto a Juan Carlos, Pedrito, Ismael, y tantos otros.

Noches rodeados de cucarachas, bajo un bombillo de 60 watts, inclinados sobre una podrida mesa, intentando ser por entonces un poco más libres mientras vanidosamente nos enseñábamos los libros que habíamos robado de las librerías (nunca hubo dinero suficiente ni para comer), y bajando el volumen de la radio (los espías siempre estaban ahí; hasta temíamos al posible delator dentro de nuestras propias familias), sintonizábamos "La Voz de Las Américas".

Ahora, 25 años después, compartíamos un café americano (no podía ser de otra forma), en este viejo y querido país (como le llamó Vargas Llosa), con el que también soñábamos, por aquellos años de insilio, habitar.

Noches en que veíamos los libros de Seix Barral, o las feísimas ediciones de Alfaguara, escuchábamos que algo llamado "la movida madrileña" sucedía a tantos kilométros que sólo podíamos remontar en la imaginación, y forrábamos los libros prohíbidos de Vargas Llosa con papel cartucho.

Esta mañana de sábado, Almelio recibió un mensaje de Carlos. No podía ser de otra manera, pienso. Carlitofli siempre tan amigo se ha alegrado después de tantos años de no leer nada de Almelio. Como me dijo el propio Almelio después de reencontrarse con él hace un mes y tanto en Barcelona: han pasado catorce años desde que nos vimos por última vez, y se mostró conmigo como lo que siempre fue, un gran amigo.

Hasta apareció Poveda, que le dejó un comentario en FE.

Claro, digno de las almeliadas, me dejó este mediodía esperándolo para comer, y tomarnos unas cervezas en la terraza. No importa, andará con una rumana de pelo encaracolado que son su tormento. O aparecerá a las nueve de la noche diciendome cualquier cosa sobre el Metro.

Mientras tanto, me acompañan sus versos, y tantos recuerdos de una época feliz y desgraciada.

Cuarto de Máquinas con Enrisco

Quiero compartir hoy este enlace : Ahí está el detalle

Paloma, de "Adiós a las almas"

04 abril 2008

Nota de contracubierta de Adiós a las almas:

Como expresa Pedro Marqués de Armas: «Cuentos realistas pero no realismo ad usum como demanda el mercado o pudiera asimilar determinada política cultural; invención de un relato íntimo e histórico que trata irónica y, en ocasiones, oníricamente lo real. Y es que JAAD el sucio convierte el material abyecto de sus narraciones, con particular tratamiento del lenguaje, en una jugarreta literaria cuyos golpes de efecto suspenden cualquier apego roñoso a un entorno inmediato. El horror -- parece decirnos -- vale más mostrarlo que denunciarlo y más, mucho más, desfondarlo cómica y sentimentalmente».


Paloma

a Paloma, su poema


Yo iba a lo mío: compra-venta de libros a domicilio.

Me detuve en Cuba y Desamparados.

Edificio colonial en ruinas.

Subí hasta la azotea.

Escaleras cochambrosas, mierderas y mierdosas. Alguien me había dicho que la niña que vive en la azotea está buscando El hombre rebelde tiene veinte años y está buenota como una yegua pero ten cuidado está loca ¿Loca? sí loca de remate llévale el libro y sal corriendo loca de remate ¿me oíste? Claro que sí. Te oí. Parecías una cotorra desplumada. Viejo calvo. Impotente. Payaso. Lo repitió cinco o seis veces. Le tenía miedo a las niñas locas de veinte años pero yo no. Yo soy JAAD, Jodido Aunque A veces Descojonado, ese perdedor que a veces gana.

Y JAAD se arriesga. Hay que vivir peligrosamente. El tipo fue su profesor y se la templó en el Pre y ahora tiene miedo pero tú no. Tú buscas el libro bajo tierra y se lo llevarás a la casa y es un regalo ¿un regalo? claro princesita un regalo y quiero acostarme contigo y te la imaginas encima de ti con el pelo suelto sus tetas durísimas y mojada tan mojada que pareces de agua tú eres de agua déjame tomar agua de tu pozo sin fondo y me arrodillo y empezará a llover y le dirás tú eres Tota yo soy Tabo dos viejos pánicos jugando a la vida beberé tus flujos cósmicos y estuve buscando mi alma en tu hueco caliente te perdiste en el túnel del tiempo y ella reía tú estás loca yo estoy loco soy un caracol que se arrastra a casa que recorre cada pliegue de tus intestinos soy un caracol soy un caracol eras un caracol JAAD eras un caracol ahora no eres otra cosa que un pobre diablo que compra y vende libros a domicilio que subes unas escaleras cochambrosas mierderas y mierdosas.

Llegué a la azotea.

Una puerta.

Sobre la puerta un No pintado de rojo. Y una frase de Dostoievsky: Me mataré para afirmar mi insubordinación, mi nueva y terrible libertad. Cogí aire. Tenía que reponerme. Me estaba convirtiendo
en un viejo de treinta y cinco años. Me soplé la nariz. Visualicé la verga de un caballo. Ese eres tú, JAAD, indómito corcel que cabalgarás sobre la sábana y la sabana aterciopelada de una piel primorosa. ¡Oh, gran unicornio infatigable! Me quité el sudor de la frente y el sarro de los dientes.

Por fin toqué.

Abrió la puerta.

Borracha.

Desnuda.

—Estoy haciendo Body-art, tengo una vulva de colores y esta noche me voy a suicidar —dijo.

En cada mano un pincel. Un pezón rojo y otro azul. Me quedé mirándola con descaro. ¿Cómo fue posible que el burro profesor se acostara con aquel encanto? Estaba fumando marihuana.

—Te ibas a suicidar, princesita. Ya no. Mira lo que traigo para ti.

Abrió los ojos. Gritó. Se me tiró encima. Me dio un beso en la frente y luego en los labios. JAAD estará hecho polvo pero resucita. Apenas me rozó tuve una erección. Muy bien, niño malo, ella va a decirte pasa y tú pasarás y dentro de diez minutos estarán uno dentro del otro.

—Pasa —dijo.

Palomar con paloma pensé. Palomar derruido, carcelario, milagroso.

—Me llamo Paloma.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Lugar común: vives en un palomar.
—¿Y tú cómo te llamas?
—JAAD.
—Ya lo sabía.
—¿Por qué?
—Lugar común: tal para cual.

Nos reímos. Dos locos a diez pisos sobre el nivel de la ciudad. Su cuarto era pequeñísimo. Todo de madera. No había baño. Una puerta conducía a la azotea. Asomé la cabeza.

A lo lejos, el mar.

—No tengo dinero pero quiero el libro.
—Es un regalo.
—¿Un regalo?
—Claro princesita un regalo y quiero acostarme contigo.

Me dió ron y me pasó la marihuana. Me dijo que me quitara los zapatos. Para entrar en mi cuartucho hay que amar la vida, vivir sin miedos ¿te gustan mis poemas? Me señaló una pared. Había de todo. Lorca, Eliot, Mandelstam, Casal, Pavese. Escribí algo mío. Claro que sí, JAAD, tu nombre debía estar al lado de esa gente.
Me senté en el piso. Se sentó frente a mí. ¡Ah, que bien! Me mandó tu profesor ese descarado cara de buey y picha de merengue yo tenía diecisiete y me acosté con él porque me dio la gana me gustaron sus cincuenta años después se volvió un cínico todo el mundo es cínico tú también ¿verdad, JAAD? Un poco sí qué le vamos a hacer y se ríe y te da un beso y sentí el calor de sus entrañas a través de su boca ¿te quieres acostar conmigo? claro le dijiste claro que sí princesita si antes de conocerte ya quería acostarme contigo e imaginé que rodábamos por el piso y te subías arriba de mí y te abrías para mí así estuvimos una hora dos horas tres horas y jugábmos a vivir uno dentro del otro y tú te reíste y nos paramos en el alero para volar y me dirías soy una paloma empújame y te empujaría y serías libre.

—¿Todo eso está en tu mente? —preguntó abriendo los ojos y las piernas.
—Sí. Cuando no soporto más me encierro dentro de mí a soñar.
—Tócame. No soy un sueño.

Toqué sus teticas. Bajé la mano. Toqué su pubis.

A lo lejos escuchaba el mar y entre mis dedos sentía cada pulsación de las olas.

—Dicen que estoy loca. A lo mejor tienen razón. ¿Estoy loca? No sé, pero cada día quiero vivir menos allá afuera.
—La imaginación es el verdadero reino de la libertad.
—Déjame tocarte.
—Tócame.

Tocó y pintó mi cara. Tocó y pintó mi cuerpo. Pintó líneas y círculos sobre su piel que se erizaba. Se convirtió en erizo y hundía en mi deseo y mi sangre sus púas punzantes.

Quise entrar por su vagina y salir por su boca manchada de amarillo. Boca grande manchada de amarillo. Entrar por su vagina y salir por el otro lado del univeso.

—Vamos a jugar a Tota y Tabo —dijo de repente.

Corrió hasta los libros que tenía amontonados en un rincón y sacó Dos viejos pánicos. Comenzó a leer. Tabo ¿Qué? Vamos a jugar. No. ¿No? ¿Y qué haremos? Recortar y quemar. Sí, Tota, hay que quemar a la gente. Ayer quemé doscientas, y hoy pienso quemar quinientas. Paloma se reía. Siempre juego a Tota y Tabo. Yo también ¡qué raro ¿verdad?! no hay nada raro JAAD todo se conecta ella y tú, su vida y tu muerte, tu muerte y su vida, ella que es Tabo, tú que eres Tota. Vamos a jugar. Y jugaron.

Sacó otro cigarro. Bebimos. Cantos Gregorianos. Incienso. En la azotea se recostó al muro. Se inclinó. Abrió las piernas. No pensé en otra cosa que hundirme dentro de ella, que entrar suave y después con fuerza. Con fuerza, JAAD sin miedo y con fuerza que hoy es el último día del mundo. Ella gime y tú la besas y tú gimes y ella te besa y el aire y el sol y el cielo nublado y vista hermosa de una ciudad que se pudre y me hundo te hundes nos hundimos y te subo al alero y ella que ríe aquí te quiero lamer morder chupar comerme tus entrañas parecía un ángel serás un ángel siempre un ángel que todo el mundo pase y te vea desnuda y que lo vean a él hurgando como zapador en tierra minada voy a explotar explota princesita y explotaría una y mil veces más y estarían allí los dos hasta que llueva y la lluvia los dejó acurrucados con frío y se darán calor como yegua y caballo limpiándose las heridas.

—Empújame. Quiero volar. Vamos JAAD,empújame.
—No.
—Empújame.
—No.
—Empújame.
—No.

Y se levantó a buscar los binoculares. Vamos a ver el crepúsculo. El sol cayendo dentro del mar, allá a lo lejos, y barcos en la bahía y pescadores somnolientos y rojo sobre gris. Nos besamos. Me dijo que era muy triste morir sin ver el mundo. El Mundo. ¿Cómo es el Mundo? Le hablé de Madrid.

--¿Estuviste en Madrid? ¿Por qué regresaste?
—Por amor.
—¿Por amor? ¿Amor a quién? ¿Amor a Cuba?

Amor a la patria. Extraño sentimiento. Pasión enfermiza. Delirio que somete y libera. Ser rey y esclavo.

—Por amor a una mujer, parece ridículo ¿verdad?

Le dije un poema de amor y un poema patriótico: El trapo heroico de Poveda. Vimos a lo lejos la bandera de la estrella soliaria. Demasiada soledad. El frío de las estrellas. Muerte cósmica. El frío de Casal. Hablamos de Casal. Se había leído toda su poesía. Por supuesto, aquel verso: tranquilo iré a dormir con los pequeños.

Miró a la calle. Quería volar. Todo su cuerpo quería volar. JAAD lo sabía. Se acercó y la abrazó. Podía escaparse en un segundo.

—Cuando te vayas me tiro. Voy a volar y dormiré con los pequeños. Mi cabeza contra el asfalto.¿No te gusta esa imagen?

La besé.

Ya era de noche.

—Vete, llegó la hora.
—Un hombre rebelde es un hombre que un día dice no —dije de memoria el comienzo del libro.

Quedó en silencio.

—¿No te alegró el regalo? ¿No querías tenerlo?

Temblaba. Puro temblor por dentro y por fuera.

—¿Cómo es que te vas a matar? Ellos están locos,nosotros no.

Seguí hablando para distraerla.

—¿Sabes lo que quise hacer cuando terminé de leerme El hombre rebelde? Escribir NO en todas las paredes. Salir a la calle y pintar No en todas las paredes. ¿Te imaginas, Paloma? un NO que iba a entrar por los ojos y quedarse en la conciencia de toda la gente.

Miraba al horizonte. Ya no me escuchaba. Se alejó de mí. Me dejó en el muro y regresó al cuarto.

—Vimos el crepúsculo, Paloma, y tenemos que ver el amanecer.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Vamos, Paloma.
—Vete.
—Dale, princesita. Vamos a jugar otra vez a Tota y Tabo.
—Vete.
—¿Qué me vaya? ¿Por qué?
—Vete. Hoy es el último día del mundo.

El mundo estaba loco y nosotros cuerdos. O al revés. No importa. De todas formas no teníamos otra opción: ser felices en medio de la guerra. Se lo dije.

—Es una frase muy linda. Yo necesito acción.Vete.
—Basta de palabras. Un gesto. Una acción —dije imitando la voz de un narrador de radionovelas.

Fue otra vez hasta el rincón de los libros. Me trajo un libro de Cesare Pavese.

—Un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, un regalo. Y quiero que te vayas.
—No estás hablando en serio.
—¿Por qué no? ¿Cuánta gente se mata todos los días? Se pegan candela, se ahorcan. Yo quiero volar. Ser libre mientras se está cayendo, pensé. También somos unos exiliados en la tierra de la imaginación. Ya nada sirve de nada.

--Paloma...
—No te pongas patético. Vete. Escríbeme un poema.

Y me fui.

Recordé al profesor. Al profesor que estaba loco de remate.

Quise quedarme. Insistí. Ya no se reía. En la azotea quedaron los pinceles, el óleo, la paleta, los libros.

Y me fui.
Y nunca la olvidé.
Y te escribí un poema.

Bajé las escaleras. Pensé que se iba a desplomar el edificio. Esquina de Cuba y Desamparados. Una esquina más. Una esquina cualquiera del mundo.

Te escribí un poema y jugué a Tota y Tabo mientras bajaba. Despacio. Cuando llegue a la calle quiero que hayan pasado diez años, pensó JAAD. Hay que pensar peligrosamente. Te imaginé otra vez. Te vi otra vez. Otra vez entramos uno dentro del otro para escapar y escaparnos. Tú eras bella y paloma, Paloma. Tú fuiste bella y paloma, Paloma.

Cuando llegué a la calle era de día.

Vi el cuerpo en el asfalto.

Su cabeza rota. Su boca grande pintada de amarillo.
Tocaba tus alas de paloma, Paloma. Tus alas rotas. Alguien gritó. Alguien se asomó a una ventana.
Te besaba, Paloma. Besaba tu pico ardiente de paloma, Paloma. Te vi caer en ese momento. Te veía caer. Te veré caer.

Un gallo cantó.

Me arrodillaba otra vez para comerme tu fresa. Te abría las piernas. Quería ver el Aleph. Quería ver el insondable universo.

Y vi el sol. Me vi a mi mismo caminando rumbo al mar.

Cerré los ojos.

Cerraría los ojos para recordar.

No tenía otra opción, Paloma.
No tendré otra opción, Paloma.
No tengo otra opción.

Recordar y recordarte, ser feliz en medio de la guerra.

Festival de la rumba: ¿Cosa de negros

02 abril 2008

publicado originalmente en Cubanet, en octubre de 2002

LA HABANA, - Del 14 al 20 de octubre se desarrolló en el municipio Centro Habana el Festival 14 de la Rumba Chano Pozo. La sede principal del evento fue el Teatro América, aunque sabiamente los organizadores del evento planificaron otras actividades en varios puntos del municipio, con el objetivo de que la rumba también estuviese presente en las calles, en contacto con el pueblo que la disfruta y la sabe crear.

Sin embargo, fue lamentable el papel de la prensa oficial, la escasa cobertura que dio al evento. "Seguramente eso no pasa con el Festival de Ballet" -expresó uno de los asistentes al Festival de la Rumba. "Claro está, la rumba es cosa de negros", comentó con sarcasmo uno de los bailadores.

Comentarios como éstos se escucharon entre la mayoría de los participantes, e incluso entre algunos músicos.

"La rumba no es de los negros, la rumba también es de los blancos. La rumba es expresión de cubanía", dijo Giovani del Pino el miércoles 16, antes de que comenzara el concierto en la Casa Multicultural del barrio Los Sitios. Acto seguido aludió a la buena promoción que ha recibido el Festival de Ballet a celebrarse en estos días en la capital cubana, y criticó a la prensa oficial que, dicho sea de paso, cubría el concierto de Los Sitios con una periodista de la televisión, sin cámaras de video ni fotográfica, y sin grabadora, y otra periodista de Radio Metropolitana.

Inés María, directora del excelente grupo femenino de percusión Las Caribeñas, que deleitó al público el viernes 18 en el Teatro América, opinó a la salida del espectáculo sobre la discriminación por parte de las instituciones a los músicos de la rumba, incluso cuando van a buscar empleo. "¡Ah, rumberos!" -dijo Inés María imitando el tono despectivo de algunos burócratas y funcionarios que no toleran "esa música de negros".

La talentosa música y directora también se quejó de la pésima cobertura de la prensa y del escepticismo por parte de los hombres ante agrupaciones conformadas exclusivamente por mujeres. "Todavía hay mucho machismo. Los hombres dicen que tocamos bien a pesar de ser mujeres" -apuntó Inés María.

El viernes 18 estuvo dedicado a la mujer en la rumba y participaron varios grupos femeninos (en Ciudad de La Habana existen cinco o seis) aunque el espectáculo comenzó y concluyó con dos agrupaciones masculinas, y en las palabras de introducción al concierto, la presentadora enfatizó que debe reconocerse el papel de la mujer.

Una joven que se encontraba en el público protestó en voz baja entre sus amigos por la sutileza de un discurso todavía machista, porque en su opinión "no hay que reconocer nada, hay que dejar que toquen su música y punto. ¿Quién reconoce, los hombres? ¿Debemos agradecer que nos reconozcan?"

Los conciertos en el teatro América resultaron pobres como espectáculos debido a la rutinaria sucesión de un grupo detrás de otro, una escenografía carente de plasticidad y sugerencia, y el monótono diseño de luces. Por si esto fuera poco la conductora no abandonó nunca el tono alto de salón y la verborrea seudoculta y falsamente lírica.

En opinión de algunos participantes, espectadores y organizadores, la presentación del Festival de la Rumba en un teatro debe tener otra tónica y más dinamismo, y debe escapar de los lugares comunes de un show de variedades.

Sin embargo, las presentaciones en la plazoleta de Antón Recio y en el Callejón de Hamel, fueron momentos inolvidables. El contacto directo con músicos y bailadores, el roce con la gente del barrio, el flujo de extranjeros y el intercambio con el pueblo permitieron la libre expresión verdaderamente artística, sin discursos ampulosos ni poses intelectualoides.

Las actividades fuera del teatro América constituyeron lo mejor del festival, porque en esos lugares uno tenía la experiencia de un encuentro real, de disfrutar lo auténticamente popular y no el cliché folklorista y la distancia frívola de una institución diseñada para el estereotipo.

Pudo haber asistido más público, pero la promoción deficiente cumplió cabalmente su función: desinformar. Es inevitable, entonces, preguntarse: ¿No puede el pueblo celebrar la fiesta de la rumba en una calle, en una plazoleta, en un solar, bebiendo ron, bailando sin remilgos, juntos blancos y negros, cubanos y alemanes, habaneros y guanabacoenses? ¿Por qué tan poca cobertura de la prensa y tan escasa promoción? ¿En qué consiste el llamado "arte comunitario"? ¿O es que se trata de un nuevo eufemismo para no decir arte popular? ¿Arte comunitario significa arte para el pueblo dirigido y controlado por las instituciones estatales?

Quienes pudimos participar en el festival comprobamos la excelencia musical y la profesionalidad de grupos como Obini Batá, Awere yo, Obbá Wemilere, Iroso Obbá, Las Caribeñas, Clave y Guanguancó, entre otros. ¿No necesitan estos músicos el contacto directo con su pueblo en medio de un festival y no sólo la participación en un teatro? ¿No necesitan promoción y apoyo para tocar no en presencia de cientos, sino de miles de espectadores, como ocurre con los grupos de Salsa?

También comprobamos el orden y el respeto que reinaron en el Festival. Sin embargo, un funcionario blanco con mentalidad de antropólogo me dijo: "Esto es cosa de negros, no saben comportarse, siempre salen fajaos".

Por desgracia, esa manera de pensar colonialista y fascista persiste todavía en muchos blancos y también entre muchos negros. Pero lo peor es que sobreviva en quienes organizan, promueven, dan empleo, y después hablan desde una oficina de la alegría del pueblo, sin conocer el dolor y la discriminación racial en una sociedad que alardea de haber vencido el racismo y la injusticia social.


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Lía, (Lianelis Victoria Villares Plasencia) escritora, música, y blogger, está impartiendo clases de guitarra en La Habana, a domicilio y sin límites de edad.

Si conoces de alguien interesado en recibir buenas clases, dejo los correos de Lía: aiglatsonmar@gmail.com, habanemia@gmail.com