flujos, delirios, y golpes de realidad: propina ante la muerte.

crónica familiar 1

25 febrero 2008


dulce embeleco
del carnaval

raspo la página en blanco
viejo y sucio caldero
tizne/mugre

lengua curtida por el hambre
voluntarismo ontológico
piar y zureo y maullidos y gritos

descripción y toponimia
sobre ruinas
de aldea llamada ciudad
ciudad capital
capital país
país estado

irónico estado de putrefacción
y lenguaje reticente

escucho a lo lejos la música
y me digo
estás bien es sólo
una amarga
y
pasajera
desesperación

entonces me duermo
y sueño
con el dulce embeleco
del carnaval.

Los escritores y la feria

18 febrero 2008

publicado el 6 de diciembre de 2002

"Todos somos libres y revolucionarios", me dijo un escritor, citando según él palabras textuales del ministro de cultura Abel Prieto en la reunión que sostuvieron los artistas de la delegación cubana una semana antes del viaje a la Feria del Libro en Guadalajara.

La reunión del 22 de noviembre en el teatro Amadeo Roldán fue algo más que un encuentro para coordinar detalles sobre el viaje e informar sobre la Feria. La impresión que tuvieron muchos de los participantes fue que se aprovechó la ocasión para trazar lineamientos y orientaciones de carácter político.

En la mesa presidida por el ministro de Cultura, se encontraban Roberto Fernández Retamar, poeta y uno de los más leales e intransigentes ideólogos de la Revolución en el campo cultural; Carlos Martí, con su imagen de moderado y actual presidente de la UNEAC; Armando Hart, ex ministro de Cultura, e Iroel Sánchez, presidente del Instituto Cubano del Libro, y reconocido entre los escritores como un burócrata de mano dura, antipático e incondicional a la política oficialista.

Este último funcionario habló del clima favorable a Cuba creado por la objetividad de la prensa mejicana sobre la realidad de la Isla. Apuntó que aunque todos los artistas tienen libertad para expresarse no deberían dejarse provocar por la prensa de Miami. Y habló sobre el último número de la revista "Letras Libres", dedicado a Cuba pero, "donde no hay un solo escritor revolucionario" agregó.

En esa reunión se habló también de lo que se califica en los medios intelectuales de "cobertura suave de la CIA" a través de la National Endowment For Democracy (NED) y su apoyo de 83 000 dólares anuales para financiar la revista "Encuentro de la Cultura Cubana", fundada por Jesús Díaz.

Abel Prieto aclaró que la situación política en el marco de la Feria es el punto neurálgico y que se requería de una reunión aparte con otros dirigentes, funcionarios, y artistas invitados. Y recordó que "todo lo que haga Cuba va a tener una determinada lectura política. Todos somos libres y a nadie hay que sugerirle lo que tiene que decir".

Muchos artistas quieren participar en la Feria aunque consideran que se trata de una fiesta propagandística. Algunos viajan por primera vez o lo necesitan por razones profesionales, pero casi todos están dispuestos a fingir y mentir con tal de ir a México.

"¿Qué voy a hacer? Tengo que seguir la corriente", señaló otro de mis conocidos, que se dedica a la crítica literaria, y comentó las palabras de Eduardo Heras León cuando preguntó que si ante ataques y provocaciones por parte del enemigo "conviene o no adoptar una postura tal como somos, radicales y revolucionarios".

Abel Prieto desestimó la asistencia de los invitados de la Isla al lanzamiento del último número de la revista "Encuentro", que está dedicado a la memoria Jesús Díaz, diciendo que se trata de una revista de la contrarrevolución y la gusanera y que los intelectuales que colaboran con ella juegan el tristísimo papel de mercenarios. Dijo también que los ataques políticos sí hay que responderlos, pero no con "guapería ni manotazos, sino con nuestros argumentos, porque tenemos la verdad y tenemos la razón".

Para la mayoría de los invitados que asisten a la Feria -y muchos son mis amigos o conocidos- está claro que la delegación cubana es pura propaganda política pero no pueden decirlo, están obligados al silencio o a mentir. El precio de un viaje o cualquier otro privilegio tienen que pagarlo de esa manera

¿Cuál es el clima de diálogo y apertura del que tanto se discursea en las instituciones culturales de la Isla?

El ministerio de Cultura se vanagloria, y con esto parece que para ellos es suficiente, de llevar 62 editoriales, 2000 títulos, 50 000 ejemplares, y una delegación de 710 invitados. Siempre las cifras para satisfacer las mentalidades barrocas y la política de la masividad como muestra de una genuina participación democrática.

Pero, como ya sabemos, la verdadera democracia se caracteriza por el pluralismo, y no por la exclusión. La sociedad civil crea nuevos actores sociales, no pretende la uniformidad de sus miembros, y mucho menos de sus intelectuales a través de un discurso homogéneo y ortodoxo.

Escritores como Pedro Marqués de Armas, Juan Carlos Flores, Carlos Augusto Alfonso, Pedro Juan Gutiérrez, Reina María Rodríguez, Víctor Fowler, Leonardo Padura, Gerardo Fernández Fé, Raúl Aguiar, Amir Valle, o Ena Lucía Portela, entre otros, no fueron invitados. Muchas pueden ser las causas, pero la más evidente, a raíz de esa reunión de despedida, es el escaso control ideológico que sobre esos intelectuales tiene el Ministerio de Cultura.

¿Dónde están intelectuales de la talla de Raúl Rivero, Carlos Alberto Montaner, Antonio Benítez Rojo, Manuel Díaz Martínez, María Elena Cruz Varela, Rolando Sánchez Mejías, Antonio José Ponte? ¿Por qué no hubo un intento de aproximación, apertura, y diálogo con ellos?

La astucia del ministerio de Cultura llega a incluir autores como Mayra Montero, Sonia Rivera, Lichy Diego, o José Koser, que aunque viven fuera de Cuba no puede llamárseles exiliados porque a ellos se les permite la entrada a la Isla. Muchos de los intelectuales y artistas de la llamada Diáspora (término neutral muy de boga por los voceros acríticos) son, más que exiliados, emigrados.

¿Es la función de un ministerio de Cultura repetir el discurso político del gobierno? ¿Por qué hablan de un arte y una cultura revolucionarios? Ya lo sabemos, no se trata, por supuesto, de una fiesta por el libro o la cultura cubana. El ministerio de Cultura se dedica, como siempre lo ha hecho, a propagar más política que cultura.

"Abel dijo que Rafael Rojas es un muñeco, un Frankestein intelectual de la contrarrevolución", apuntó un poeta que había dicho el ministro. ¿Es verosímil hablar de apertura con semejante comentario?

Pero, por si todo lo anterior resultara poco convincente, reparemos en el exergo de libelo que les fue entregado a los escritores contra la National Endowment For Democracy (NED), y contra la revista "Encuentro". Allí se lee un pensamiento de Henry Kissinger, que citaron con intenciones irónicas, pero el gesto se volvió una amarga paradoja contra la supuesta política de apertura: "Es peligroso ser nuestro enemigo. Es fatal ser nuestro aliado".

Fábula

15 febrero 2008


de "poemas traidores"
(1991-92)

la hormiga arrastra
la hoja que cayó
se aparta del hormiguero
tal parece que huye

que siempre hay una hormiga que huye
que arrastra la hoja que cayó
que siempre hay una hoja que arrastrar

¿está bailando o es que se tambalea
porque no puede más?
no logro distinguirlo
se aparta de los suyos
tal parece que huye

y en realidad se está acercando
a otro hormiguero


Sanatorio Los Cocos: no todo es color rosa

09 febrero 2008

publicado originalmente el 9 de enero de 2003

Aquí vivimos bajo un régimen militar", me confesó un enfermo de sida que vive en el sanatorio Los Cocos, ubicado en las afueras de Santiago de las Vegas, a veinte kilómetros de La Habana.

Yo no sé hasta dónde es cierto lo que él (quien responde, sin embargo, a un nombre de mujer) me dijo la noche del 16 de diciembre, víspera de San Lázaro, a través de la alta reja del sanatorio.

Puede que estuviera exagerando. A uno le cuesta trabajo creer, por ejemplo, que los enfermos allí internados puedan ser humillados por algunos trabajadores del centro; que durante las visitas de funcionarios extranjeros sólo queden en el sanatorio los enfermos confiables por sus opiniones a favor de la dirección del hospital.

"Cuando nos visitó James Carter, a casi todos, garantes y no garantes, nos dieron pase. La dirección del centro dejó solamente a sus incondicionales", dijo.

"Garante" es el término usado para designar a los enfermos que pueden salir solos a la calle porque dan garantía de no infectar a otras personas. A los llamados "no garantes" no se les concede pase si no es con personal que trabaja en el sanatorio, el cual es responsable de los movimientos del enfermo fuera del sanatorio.

"Y fíjate si todo es propaganda y tienen miedo de que muchos enfermos se quejen de los maltratos y las arbitrariedades, que durante esa visita de James Cartes se le dio pase a los no garantes pero sin compañía. Ese día, a la dirección del hospital no le importó que salieran solos para la calle", añadió el enfermo.

De pronto uno puede pensar que él (llamémoslo Ana para evitarle represalias) tiene deseos de protagonismo y entonces exagera. Pero, durante nuestra conversación llegan otros tres internados y se suman. ¿Podrían los cuatro estar mintiendo?

"En el programa de Alfredito Rodríguez, durante la televisión de verano, el director del hospital dijo que el ingreso es voluntario, y eso es una gran mentira. Te ingresan quieras tú o no. Si no quieres te buscan a la policía", dijo uno de ellos.

Otro añadió: "La comida es buena. La única queja que tenemos al respecto es que muchas veces está mal elaborada".

"¿Por qué tienen que haber más trabajadores que enfermos? Mira, los trabajadores entran aquí delgados y salen gordos. Viven a costa de nosotros".

"Por cualquier cosa te amenazan con trasladarte para otro sanatorio. Y como éste es el mejor y nadie quiere irse pues muchos enfermos se callan, tienen miedo protestar".

Y mientras hablábamos llegó un custodio. Ana tenía una vela encendida delante de una imagen de yeso de San Lázaro.

El custodio llamó aparte a uno de los muchachos y hablaron en voz baja. Cuando el joven regresó le dijo a Ana que tenía que quitar la vela y la imagen, que el director lo había aclarado muy bien, que estaba prohibido.

"¿Usted ve lo que decimos? Un día como hoy todo el que quiera puede rendirle culto a San Lázaro menos nosotros".

Me contaron el incidente ocurrido por la tarde cuando uno de los enfermos salió de pase del sanatorio y con una imagen semejante y una vela comenzó a pedir limosna en la carretera por donde marcha la peregrinación de San Lázaro hasta la iglesia de El Rincón, que es la misma carretera que cruza frente al hospital.

Un funcionario de apellido Calzada, a quien los enfermos conocen como King Kong por su corpulencia, salió a reprimir al enfermo y llegó a empujarlo y a prohibirle que pidiera limosna.

"¿Porque nos dan las medicinas gratuitamente tenemos que soportar humillaciones y no podemos quejarnos?"

"¿Dónde están nuestros derechos?"

Antes de irme les pregunté qué sabían de la exposición de Sandra Ramos, que se inauguró ese día a las seis de la tarde en uno de los muros exteriores del sanatorio y que la artista intituló "Promesas" como referencia a San Lázaro el milagroso, y como esperanza por la cura de los enfermos.

Pero no sabían nada. Ni siquiera les comunicaron que una artista llevaba su arte hasta los muros detrás de los cuales ellos ven el mundo como prisioneros con ciertas comodidades, con atenciones gratuitas como son las caras medicinas, pero confinados al fin y al cabo, y sometidos a un personal autoritario, según lo que contaron.

¿Por qué tanta insensibilidad hacia los que de alguna manera están condenados a morir?

Cielo sobre Havana

02 febrero 2008


--¡Me estoy muriendo, coño, y tú te vas a morir solo en esta isla de mierda! –le gritó. Después lo golpeó. Con violencia. Le partió los labios y la nariz. Lo dejó tirado sobre el muro. --Dame, maricón, ¿por qué no me das? Lo escupió. Él se quedó inmóvil. Alzó la vista. Fue entonces cuando vio el mar. Amanecía.

Ella habló de su dinero. Él quería bajar a los arrecifes. Mojarse los pies, quitarse la sangre. Ella habló de la Luna de Miel en Japón, de la visa permanente a los Estados Unidos, de la doble ciudadanía, de su familia rica y poderosa en Venezuela. Él quería mojarse los pies. Dormir. Tal vez dormir bajo el agua, en otro mundo.

Un policía se acercó por la acera de enfrente. Se quedó esperando. Ella lo vio.

--¿Y si digo que estabas abusando de mí? ¿Qué te parece? ¿Qué te puede pasar por engañar y abusar de una turista, eh?

Él vio también al policía. Un segundo. Después miró otra vez al mar.

¿Qué pasaría, entonces? Un cubano muerto de hambre y una turista del primer mundo. ¿A quién le iban a creer? ¿Y cuando el policía le preguntara por qué ella lo agredió? ¿Qué podía contestar? La verdadera respuesta era tan inverosímil que lo encerrarían en un calabozo. Se apoyó en el muro. Escuchó a lo lejos un barco que anunciaba su entrada en la bahía. El policía permanecía en la acera opuesta. Me agredió porque quiere que me case y me vaya con ella del país. Y yo no quiero, pensó que contestaría. Todos iban a burlarse. Policías y amigos cuando se enteraran. Su mujer y su amante, por supuesto, no iban a creerle absolutamente nada.

--Dime. ¿Y si llamo al policía? No contestó. Respiraba ansiosamente y con dificultad.

Te perdono Ana Marina
, pensó. La recordó desnuda, gimiendo de placer. Siempre riéndose. Recordó su largo y bellísimo pelo negro. Volvió el rostro para verla por última vez. Impotente y pálida. Con su pelo recogido bajo un pañuelo.

--Me da lo mismo --dijo él--. Si quieres mátame. Yo soy libre, Ana Marina, libre. Antes de cerrar los ojos escuchó a lo lejos una gaviota y sonrió.

Despertó. Otra vez el mar desde su ventana en aquel cuartucho de Malecón. Un pedazo de mar y una ventana. No tenía otra cosa. Un colchón percudido, una máquina de escribir, algunos pesos para comprar ron y emborracharse. Pensó en Ana Marina. A más tardar llegaría de Londres al mediodía. Por lo menos iba a comer bien durante una semana. También necesitaba salir de aquel solar lleno de jineteras y delincuentes.

Vio la página en blanco. Ni una palabra. Escribir es autodestruirse. Se levantó. Tenía que olvidar sus pretensiones de ser escritor. Miró a la avenida, desierta todavía al amanecer. Bostezó. Hambre. Sueño. Tedio. Toda la madrugada para escribir al menos una cuartilla. Ni novela, ni dinero, ni esperanza. ¿Qué podía hacer? Esperar. ¿Pero, esperar qué cosa? Nada. Sólo esperar. Esperar es suficiente. Pensó en Ricardito, en Kimani, en El Bolo. Sus amigos estaban decididos. Esa noche se lanzarían al mar en una balsa. Qué ironía. Unos que llegan por avión en primera clase y otros que escapan en balsas rústicas.

Un grito lo sacó de su estado soñoliento. Era la vecina. Otra vez en bronca con su marido. El tipo llegaba de la calle a esa hora y le entraba a golpes. Un mulato expresidiario que la ponía a putear por un dólar en Monte y Cienfuegos. ¿Por qué no escribía aquellas historias que veía a diario? ¿Por qué no escribía sobre sus amigos balseros? ¿Por qué no escribir sobre Ana Marina?

Sacó las cartas que le había enviado a ella en los últimos seis meses. Quería releerlas. Algo andaba mal. Él nunca habló de salir del país. Ella, sin embargo, le había telefoneado tres días antes para decirle: Voy a buscarte. Nos casamos y te saco de Cuba en menos de un mes. Te amo.

Miró las cartas. La recordó desnuda. Recordó su bellísimo pelo largo. Pensó que le gustaría hacerle el amor en medio de la ciudad, detrás del muro del Malecón, en los arrecifes.

Pero aquello del casamiento y la salida lo desconcertó. ¿Y su mujer? ¿Y su amante?

Abrió una carta. Comenzó a leer.

A lo lejos, escuchó la sirena de un barco.

Se conocieron en la calle Obispo. Ella había entrado a una librería buscando libros de Carpentier, de Lezama, de Reinaldo Arenas. Hablaron de literatura. Hablaron de sus vidas. Sin timidez ni hipocresía ni represión ni culpabilidad. Se gustaron a primera vista. Una hora después ya estaban pensando que se conocían de toda la vida. Ella se había pasado de tragos y a él le encantó su cuerpo voluptuoso, su pelo, su manera de hablar, su edad. Pierdo la cabeza por las jóvenes y las maduras, le confesó. Ella había cumplido cuarenta y cinco, diez años más que él. Le habló entonces de su mujer que tenía casi cincuenta y de su amante de dieciocho. La flor y el fruto de la vida.

Ana Marina lo invitó a una botella de ron. Vivía como si cada instante fuera el último. Tú eres un ser enfermo de palabras y yo de vida, le dijo ella caminando Obispo abajo, buscando el mar y la Plaza de Armas.

Los jineteros ofrecían de todo. Tabaco, comida barata en Paladar confortable, ron, afrodisíacos. De cualquier sitio salía un negro monumental vendiendo cualquier cosa, proponiendo mujeres, tocándose los huevos. Ellos caminaron sin prisa, viéndolo todo y hablando de lo que siempre se habla: el gobierno, los derechos humanos, la imposibilidad de viajar al extranjero, las penurias, el hambre, la prostitución juvenil.

El calor los hacía sudar y a ella se le marcaban los pezones. Se metió la mano por debajo de la blusa para secarse y él sintió deseos de morderla allí mismo, como un animal echársele encima. Los ojos de Ana Marina miraban con ansias, descubrían un instinto indómito. Me gustaría secarte el sudor, dijo él cuando se habían sentado en el parque. Y a mí que me lo secaras, dijo ella.

Esa noche la pasaron en el cuartucho de Malecón. Soportaron el calor, la peste y las inmundicias de la fosa desbordada en medio del pasillo del solar, los gritos y las broncas de los vecinos por falta de agua. Él abrió las ventanas y la penetró con fuerza. La sujetó por la cintura, mordió su espalda y vieron el mar.

A lo lejos, escucharon una gaviota y un barco anunciando su llegada a La Habana.

El policía cruzó la calle.

Ella estaba llorando y preguntándose por qué. La vida es la gran mierda. Por qué vivimos como vivimos. Lo peor no es el miedo a la muerte sino el miedo a la propia vida.

Él también estaba llorando. Hablaba de su libertad. Hablaba de escribir, de autodestruirse, del amor a su mujer y a su amante.
--¡Vaya, el macho tropical! ¡Eres un mierda! ¿Cómo vas a amar a dos mujeres, eh? Egoísta. Te amas a ti mismo.

El policía volvió a detenerse a cinco o seis metros. Ella estaba de espalda.

--¿Para qué carajo me prometiste casarte conmigo? ¿Para qué carajo vine yo a esta isla de mierda? ¡Egoísta! ¡Macho de mierda!

Quiso golpearlo otra vez. Comprendió que era inútil.

Parecía un perro sarnoso recostado al muro, tragándose la sangre y el miedo a la vida.

--No vales nada. Has desperdiciado la oportunidad de tu vida. Estúpido. Frustrado. Nunca llegarás a ser ni siquiera un escritor mediocre.

Y se fue. Apenas miró el tráfico al cruzar la avenida. El policía se alejó sonriendo.

Él se quedó solo. Escuchaba las olas. Ya era de día.

Ana Marina: La Habana es una aldea. Y desde que te fuiste La Habana es una aldea casi deshabitada. Todos los días pienso en ti. No exagero. Si no nos hubiéramos conocido en aquella librería algo nos iba a faltar. Algo estaríamos necesitando. Tú eres real y eres un fantasma. Sólo me queda el lenguaje. Y el lenguaje nombra lo imposible, es una ausencia que el tiempo reconstruye en nuestra imaginación para escapar de la muerte. Entonces, mis palabras me condenan a vivir la soledad de mi propia soledad. Encerrado en este cuartucho miro el mar. Vivo pagando un alquiler que ya no puedo costear pero necesito estar solo. Quiero escribir. No puedo vivir sin escribir. Veo a mi mujer y a mi novia dos o tres veces por semana y a veces son tolerantes con mi soledad. Si ellas no existieran no lo pensaría dos veces para casarme contigo. Desde que te fuiste eres el fantasma, el olor de estas sábanas corporizándose en deseo infinito, en placer que es ya dolor y desmemoria. Tú vives el amor porque eres puro instinto. Fuerza que destruye para crear. Yo, estoy a la deriva en esta ciudad a la deriva. No quiero vivir si no es para escribir y estar con ellas dos, con esas mujeres que tanto necesito y que tanto se parecen a la felicidad. Y llegas tú. Tengo miedo. A veces creo que moriré antes de los cuarenta. ¿Será posible? Necesito tiempo. Estoy perdido dentro de mí mismo.


Dejó la carta a un lado. Ana Marina estaba por llegar de un momento a otro. Seis meses después ella regresaba. Seis meses después él todavía estaba allí, viviendo en la misma pocilga solariega, sentado con la cabeza entre las manos, esperando. ¿Esperar qué cosa? Sólo esperar. Esperar y punto. Miró al mar. Guardó las cartas. Todos decían lo mismo. Las mismas ideas con otras palabras. Pensó en sus amigos. Pensó en su amante y su mujer.

Salieron de la Plaza de Armas y caminaron otra vez por Obispo. Ella lo invitó al hotel. Él dijo que no, y le habló de su cuartucho. Pasaron los últimos dos días recorriendo la ciudad y terminaban siempre en aquella cueva. Tres horas antes de la partida todavía estaban allí. ¿Qué podían hacer? Despedirse. Ella regresaría por segunda vez. Él le escribió un poema. Por la ventana entraba la brisa y refrescaba el calor. Habían vivido una libertad desvergonzada y sin pudor, habían desatado sus fantasmas. Vivieron todas las fantasías que quisieron vivir. Sentir la pulsión de la muerte detrás de cada minuto. Transfigurar la vida en algo que no sea una cosa, simplificación de lo absurdo, rutina idiotizante, conexión con la Máquina, le escribió él. Me gusta tu poema. Y a mí me gusta tu pelo. ¿Te gustaría salir de Cuba? Sí, pero no para quedarme. ¿Por qué? Tengo que escribir. Qué raro eres. Sí, y estoy loco y todo lo que quieras pero tengo que escribir. Condenado a escribir bajo esta luz que ya me ciega. ¿Te sientes libre? Claro, después de todo, un día descubres que la libertad está escondida en tu cabeza. ¿La libertad es para ti estar con dos mujeres al mismo tiempo? ¿Por qué preguntas eso? ¿No te parece que estás cayendo en un lugar común? Perdona, es que me sentí celosa. ¿Celosa? Sí, sentí celos. Te estás enamorando. Es posible y sé que va a ser difícil olvidarte. Me olvidarás. No. Sí. Nunca te olvidaré. Yo tampoco.

--¿T-te te vas c-con nosotros o-o t-te quedas? –preguntó Ricardito.

--Vámonos, compadre, esto es una mierda. Aquí no hay futuro. –dijo El Bolo.

Kimani no habló. Kimani hablaba poco. Una noche lo dijo todo y nunca más habló del asunto. Hay que irse. Cuba no es un lugar real. Cuba no existe. Estaban en la puerta del solar. Todo estaba preparado. La balsa, carne en conservas, medicinas, la brújula. Todo.

--Tengo que quedarme. Quizás dentro de un año o dos…

--¡Estás loco, compadre! Eso dijiste hace dos años.

--¿T-tienes m-miedo?

No contestó. ¡Tantas preguntas por contestar! Miró el reloj. Ana Marina estaba por llegar. Sus amigos planificando la muerte y él allí esperando. Un cadáver que observa cómo van a morir los otros.
--K-kimani d-di di algo.

Kimani iba a decir algo pero se contuvo. En ese momento la mujer del ex presidiario cayó como una pelota en el pasillo del solar. El negro salió detrás de ella y allí mismo la golpeó con una manguera. Le dio dos o tres patadas y la dejó sin conocimiento. Algunos vecinos intervinieron. El tipo salió del solar, cruzó la calle y se sentó en el muro del Malecón.

--Vámonos –dijo Kimani.

Cinco minutos después que sus amigos se habían ido llegó un Panataxi y se bajó Ana Marina.

Él la miró desde la ventana. Después alzó la vista. Se quedó mirando al horizonte.

Por fin bajó a los arrecifes. Se limpió la sangre. El agua estaba fría. Ella tenía razón. Era un estúpido. No llegaría ni a escritor mediocre. Su mujer estaba a punto de dejarlo. Ya sabía lo de su amante y tarde o temprano rompería con él. La muchacha, con sus dieciocho, necesitaba vida, y él estaba vegetando. El futuro se había transformado en una idea. Una sola idea. Quedarse y esperar. Tan sólo esperar. Se sentó en una roca. Mojó sus pies. La libertad podía estar dentro de su cabeza de uno pero de todas formas metió la cabeza dentro del agua. Vivir en otro mundo. Ser una gaviota, el silbido de un barco. Pensó en sus amigos. Cuando no pudo contener más la respiración sacó la cabeza. Aspiró la brisa. El sol comenzaba a calentar. Escuchó los ruidos de la ciudad.

Ella se baja del Panataxi. Dos tipos, un blanco gigantesco y un negro con cadenas de oro, se le acercaron para proponerle cualquier cosa. Todo lo que necesita un extranjero para ser feliz en la mayor de las Antillas. Ella miró la ventana. Miró la puerta del solar. Vio a un viejo durmiendo en los portales, unos niños se le acercaron pidiéndole golosinas, dos adolescentes que desde temprano salían a cazar turistas.

Cerró la puerta del taxi. Pagó. Dejó propina. Entró sonriente al solar. ¿Dónde está mi gran escritor? ¿Dónde está mi macho tropical? Se detuvo ante la puerta. La mujer del ex presidiario se había recuperado y salió con un cuchillo en la mano buscando al marido. Una vieja indiferente a todo lo que ocurría le echaba el sancocho a su puerco y maíz a sus gallinas. La fosa seguía desbordada. Alguien tenía la grabadora a todo volumen. Y en otro cuarto se escuchaba la radio con un discurso de Fidel. Ana Marina sonrió. Tocó la puerta por segunda vez.

Ana Marina: como dijo Virgilio Piñera: algún día se verá que tuve razón en quedarme a vivir en mi país. Razón y sentido histórico. ¿Qué más necesitas saber? El sentido histórico puede ser el sentido de un país pero también, y sobre todo debe serlo, el sentido de un ser humano. Es posible amar a dos mujeres. Y a tres. El verdadero amor no es posesión. Cuba no existe. El mundo no existe. Mi rebeldía no tiene sentido. Tampoco vivir domesticado. ¿Debo terminar en el suicidio? No. Yo espero. ¿Qué espero? Nada. Sólo espero.

Dejó de escribir. Dejó el papel sobre la mesa. Cuando ella llegara del aeropuerto lo leería. Se sentó a esperar a sus amigos. Vendrían a confirmar lo del viaje de esta noche.

Rezaba para que ellos no vieran llegar a Ana Marina. Hada Madrina como le llamó Kimani cuando él le contó que era hijita de papá, tenía mucho dinero y vivía en Londres. Pero ella no prestará atención a esas palabras. El lenguaje es la propia muerte. Viviría una semana con él. Harían otra vez el amor con la misma pasión y libertad. En un hotel, en el cuartucho del solar, en los arrecifes.

Una semana. Tiempo suficiente para una decisión.

--Todo está decidido. Te dije que no me quiero ir.

--No me digas eso Tienes una semana para que te decidas.

--Todo está decidido.

--No, por favor. Vengo a buscarte. Me estoy muriendo.

--Todos nos estamos muriendo.

--Yo me estoy muriendo --diría ella.

Y se quitará la ropa. Él estará de espalda mirando el mar y no verá su desnudez hasta que ella lo llame, le diga mírame y, entonces, se volverá lentamente para mirar. Y mirará.

--Yo me estoy muriendo --dirá ella por segunda vez.

Él verá un cuerpo desconocido. Una mancha negra, un seno amputado. Y entenderá. Comprenderá por qué ella se quitó la ropa, por qué vino con su largo y bellísimo pelo recogido en un pañuelo. Que ya no es negro ni largo ni bello, que el cáncer avanza, que se come el cuerpo voluptuoso, que la quimioterapia, que los dolores.

--Vámonos juntos a vivir lo que me queda.

--Ana Marina, estamos perdidos entre tanto miedo y tanta soledad.
Él miraría al mar. Como un cadáver que ve la muerte de todo el universo.

--Te amo.

--Yo también te amo pero no puede ser.

Kimani está solo en altamar. Cierra los ojos. No quiere ver tanta oscuridad a su alrededor.

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