[flujos, delirios, y golpes de realidad]

YA CIRCULA desde La Habana LA REVISTA DESLIZ.

Sumario del Segundo Número.

"En este número compuesto por tres partes (parte 0, parte 1 y parte 2) presentamos poesía, microrrelatos, fotografía, teatro, un corto fílmico animado, dibujos, música electroacústica, reseñas, información sobre el primer evento de arte porno en Cuba, entre otros. De manera especial, abrimos DESLIZ 2 con la parte 0, que contiene un Dossier de Poesía Visual Norteamericana actual con preliminar de Carlos M. Luis..." (seguir leyendo).

15/05/08

Por Héctor Antón Castillo: ¿Por qué se despiden las almas?

Todo debut es un misterio. Mucho más cuando ese estreno estuvo sometido a la prueba de una larga espera. En el caso de la literatura, ese “romper el hielo” deviene una mezcla de añoranza y terror. Una voz dispuesta a mostrar su alcance pero que a la vez sospecha con pavor que la respuesta del eco puede reducirse al más rotundo silencio. Por esta razón, publicar un primer libro significa exponerse a una paradójica dualidad: la euforia de liberar a las fábulas de su encierro y la posibilidad de que éstas deban permanecer a la deriva en el imaginario del presente o de la posteridad.


Adiós a las almas
es el primer volumen de cuentos de un “novísimo tardío” nombrado Jorge Alberto Aguiar Díaz (La Habana, 1966). Cuando lo conocí a finales de la década del ochenta había escrito una novela que, de tanto pensarla, acabó destruyéndola. Desde entonces, se asumía como un admirador y deudor del maestro del realismo sucio Charles Bukowski. Asimismo, éste autodidacta irremediable desconfiaba excesivamente de sus potencialidades literarias e, incluso, con el paso del tiempo llegué a entrever que su prolongado silencio editorial era definitivo. Una vez me enteré que se iba de viaje a Europa y sospeché que no regresaría. Sin embargo, todas mis predicciones se vinieron abajo cuando supe que había vuelto de Madrid para seguir amando, padeciendo y narrando la ciudad
donde transcurren casi todos sus relatos y, más tarde, convertirse en JAAD el sucio, coprotagonista de sus propias historias.


Como era de esperar, la calle es la protagonista de cabecera en los cuentos de JAAD. Y para plasmarla en toda su dimensión, éste empuña una prosa ágil y directa, agresiva en ocasiones, aunque no desprovista de matices poéticos donde el fatum insular propicia breves y emotivos efectos sonoros. Alguien podría objetar que a través de todo el libro hay un uso desmedido de las malas palabras, que acaso la mayoría sobran, pero el ritmo obsceno de estos “tumbaos callejeros” resultan “evidentes exageraciones”, en las cuales, como diría Jorge Luis Borges, “vale más lo simbólicamente exacto que lo históricamente verdadero”. Así también, dichos excesos devienen un recurso letal para cuestionar un orden sociomoral que, sin interés de hacer una denuncia explícita, urge sacudirlo de tanto simulacro y apatía. Temas como el éxodo, la prostitución en sus diferentes niveles o el suicidio, son tratados con desenfado y osadía. Pero junto al “latido de la ausencia” que padecen los “atascados de la historia”, prevalece un interés por hallar la moraleja de estas “almas desarmadas”: un matón siempre es un matón hasta en la más melodramática de las situaciones; así como desacralizar la condición victimaria de una joven entregada al oficio de alquilar su cuerpo que de pronto asume el rol de verdugo amenazante, constituye una manera de no quedar en la epidermis de un cliché transformado en pretexto ideal, para impugnar al régimen social donde “nada ni nadie las hará cambiar”. Indagar en la esencia de la marginalidad nuestra de cada día es una de las preocupaciones que seguramente motivaron la realización de este libro. Y, por momentos, el lector tiene la confusa certeza de que el sujeto marginal urbano es más un producto del alma individual carente de luz que del cuerpo de una nación plena de oscuridad.


Un detalle significativo de Adios a las almas reside en la fusión orgánica de la reflexión sociológica y la estrictamente personal. Si los personajes de JAAD miran obsesivamente el mar, éste necesita tanto o más ese instante de sosiego donde procurar una respuesta a su perenne incertidumbre. Entonces algo nos dice: “el sucio que escribe no es tan diferente de los sucios que actúan”. Así, todos experimentan un miedo semejante a extraviarse en el horizonte de sus dudas, rencores y anhelos. Porque JAAD es tan pusilánime, egoísta y tramposo como sus criaturas. Está perdido dentro de sí mismo, no soporta pararse delante del espejo para ver cómo lo aplasta su propia historia y, después de todo, pretende ser feliz en medio de la guerra. Quizás por la veracidad de estas confluencias es que recibimos con satisfacción este amargo y estremecedor conjunto de relatos que publica la Editorial Letras Cubanas dentro de su colección Pinos Nuevos.


Es una verdadera lástima que la edición esté plagada de erratas. Una dificultad que se traduce en saludo irrespetuoso a un recién llegado al ámbito editorial. Sólo de este modo, asociamos esta fatalidad al hecho de que Jorge Alberto Aguiar pertenece a una promoción de poetas y ensayistas encabezada por Juan Carlos Flores, Almelio Calderón o Pedro Marqués de Armas de la cual él era prácticamente el único que se mantenía inédito. Tales deslices provocan que en el trayecto de la lectura nos encontremos con ese tipo de pifias que nos hacen dudar acerca de la buena vista de editores y correctores. Por lo que ellos son los máximos responsables del lado oscuro de un libro empecinado en detectar la luz en medio de tantas penumbras.


En una época de mercadeo literario con los conflictos más lacerantes que azotan a la isla, la propuesta comentada deviene una opción narrativa donde se tocan los mismos tópicos, aunque despojados de esa “espectacularidad contestataria” que conduce a un vulgar choteo sin límites. Por suerte, JAAD desechó la “receta indispensable” para escribir una atractiva crónica de la Cuba actual con serias intenciones de imponerse en la arena internacional. De igual forma, se mantiene al margen de la denominada literatura de la venganza sobre la cual ya teorizan ciertos críticos de la diáspora. Su libro no le hace el juego a nadie, solo a la vigilia que mantiene viva la llama de la conciencia crítica del narrador. Tampoco estamos en presencia de un texto afirmativo. Porque al arribar a la última línea, una pregunta, una sola interrogante continúa latiendo en nuestra memoria: ¿Por qué se despiden las almas?



 
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