publicados en el número 6 de 33 y 1 tercio
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adriana normand, nació en berlín, 1976. vive en cuba
función simbólica
Un profesor de psicología, de rabiosa formación pavloviana, soñó una vez que se había convertido en perro.
Y, en efecto, ocurrió.
Mostraba, al despertar, todos los atributos de la perridad: frío hocico, peludas orejas, afilados colmillos, etc.
Sin embargo, este cambio, tan importante en la vida del profesor, no significó gran cosa para los demás.
Su mujer, que siempre lo había tratado como a un perro, permaneció insensible.
Los alumnos, acostumbrados como estaban a considerarlo el perro del Director, constataron por fin la literalidad del hecho.
Mientras que los vecinos no se dieron por enterados: –A un perro, decían, no se le mira la cara–.
Preso en su perridad, el profesor no podía convertirse nuevamente en humano.
Ni soñando.
Y es que, como dijera en tantas oportunidades, si de de algo estaba realmente seguro era de que los perros carecen de función simbólica.
guam
Es la isla de Guam el reino de los cerdos. Tras los pórticos de las casas se ocultan, ojinegros, para espiar a los caminantes que transitan sus calles. Sin embargo, son imposibles de ver. Se esconden. Se vuelven invisibles. Sabe el visitante de Guam que su población está compuesta por cerdos, los imagina con manchas blancas y negras tal como los describen los libros, casi siente su respiración, mas no puede verlos. Sólo cuando emprende viaje y ya en el mar regresa a contemplar esta tierra una última vez, alcanza distinguir las mencionadas manchas, miles de ellas, que terminan haciendo parecer a la isla un gigantesco y único cerdo ojinegro.
souvenir
Vimos subir a la torre a varios. Querían admirar la vista desde aquel punto, el más alto de la fortaleza, les atraía la campana de bronce, como dormida. Algunos la hacían sonar con gran esfuerzo, sólo una vez para dejarla. Una pareja llegó después. La mujer llevaba un sombrerito de paja, el hombre una camarita. Ella miró dentro de la campana y luego la ciudad desde los cuatro flancos de la torre sin dejar de señalar a un lugar y a otro mientras sonreía a su amigo. El la detuvo un momento, le dijo algo al oído. Ella rió nerviosa y quedó seria, los ojos apagados, la boca entreabierta. Entonces la dejó sola y ella caminó hacia el foso y se asomó. Un crucero hizo su entrada en la bahía, bufando. Cuando volvimos la mirada a la torre estaba otra vez vacía.
suceso
El dueño de una platería de la calle San Rafael encontró esta mañana a un chino con un cuchillo de mesa clavado en el gaznate. La policía del barrio se ocupa en instruir la debida averiguación en vista de resolver el enigma, ya que se desconoce cómo logró penetrar en el establecimiento.
causa 007
Tres campesinos comparecieron ante el Tribunal Superior acusados de haber soltado una vaca para que un tren les pasara por encima. A la pregunta del Fiscal sobre los motivos que movieron al hecho, explicaron que el único propósito que los guió fue el ansia de carne acumulada durante años. Semejante respuesta, que arrancó carcajadas a la audiencia y hasta la sonrisa entre dientes de algún funcionario, fue desestimada por el juez, quien calificó el argumento de ficticio e inapropiado y dictó sentencia acorde con la causa 007: sacrificio indirecto de ganado vacuno por impacto de tren.
epidemia
Dos campesinos aparecieron colgados el mismo día, en el mismo cobertizo. Al anotarse dos muertes en menos de veinticuatro horas, las autoridades de M. decidieron iniciar una investigación. De acuerdo con un informe preliminar, el primero no había logrado responder a una adivinanza del segundo y éste, a su vez, había elaborado un acertijo sin respuesta por lo que burlaba las reglas del juego. El campesino número uno eligió el cobertizo ajeno, expresa el informe, movido por sentimientos de venganza, mientras culpa y horror motivaron al número dos a colgarse en el suyo: el rostro vuelto hacia la talanquera y no hacia el tanque de agua. Por su parte la adivinanza, una vez recogida, le fue entregada a un equipo de lingüistas (de formación chomskyana) que ahora trata de desentrañarla. Es importante determinar el así llamado efecto ilógico, a fin de poder evitar una posible reacción en cadena
érase un escritor a una nariz pegado
Al escritor J.A. se le cayó la nariz mientras leía uno de sus poemas favoritos a un público de adolescentes. La reacción inicial fue de una estrepitosa risa, pues sus fanáticos sabían que él acostumbraba a organizar sorpresas en sus lecturas. Hasta ese momento nadie se había percatado que J.A. sangraba a chorros por aquel lugar donde había estado su nariz. Sólo cuando sus gritos fueron más grandes que el alboroto de los adolescentes estos vieron que, en verdad, al escritor se le había caído la nariz en plena lectura.
La mayoría escapó con rapidez temiendo la posibilidad de contagio, otros quedaron paralizados y unos pocos tuvieron la idea de llevarlo a un hospital.
Transitaron de una sala en otra sin que J.A. fuera atendido. Había demasiadas urgencias y ningún médico estaba dispuesto a auxiliar a un escritor que pierde su nariz mientras lee un poema. A esto se le añade que el mutilado enseñaba lloroso su miembro caído mientras la gente huía asqueada. Cuando una nariz se desprende de su dueño por voluntad propia lo mejor es mantenerse alejado.
Finalmente encontraron una consulta de cirugía estética donde fue atendido. El doctor examinó con detenimiento la nariz desprendida del escritor y el hoyo que había quedado en su cara. Dictaminó que había pasado mucho tiempo para reponerla a su lugar pero, en cambio, podía implantarle la de otro artista, ya fallecido, que se conservaba para un caso como éste. J.A. asintió algo consolado y la operación fue efectuada.
Al verse en el espejo el recién operado constató que si bien aquella nariz no era la suya le venía muy bien y preguntó al médico el nombre de su anterior dueño. Al saberlo su alegría fue infinita, la pieza había pertenecido a Jorge Negrete, cantante al que el escritor debía su nombre.
Desde entonces J.A. cuida con esmero su nariz y comienza siempre sus lecturas entonando una ranchera mexicana.
jugada de engaño
Aquel párpado que no podía elevar bien le temblaba tanto que me daba más miedo que el revólver que el otro empuñaba. No se trata de valentía, pero estaba casi seguro que no tenían balas, menos para aquel viejo revólver que sin ninguna elegancia se animaron a sacar mientras repetían:
–Díganos quién fue, usted lo sabe, sólo a eso ha venido a La Habana.
Yo no sabía de que hablaban, mi viaje había sido motivado por el interés de aquella institución de publicar mi libro, que había presentado la otra tarde luego de un par de conferencias sobre literatura argentina y ficción, decía Renzi ante su taza de café negro. No dejaba de parecerme divertido ver a esos dos estrafalarios, los mismos que tras una trifulca habían sido expulsados por un funcionario de la Casa el día anterior, ahora delante mío, del otro lado del cañón, aunque desesperados, más que yo mismo, casi implorantes y sin atinar apenas a ordenarme que abriera la boca para meter en ella una píldora que me llegó hasta la mismísima campanilla y no me quedó otra opción que tragar.
Desperté en un cuarto sucio y maloliente en el que no se podían dar tres pasos, con las paredes descascaradas y llenas de humedad, desde donde los escuchaba discutir. Entonces hizo su entrada el del párpado escoltado por el otro que no paraba de repetir: cachimba y telégrafo, como un papagayo y quien al parecer había abandonado su papel de tipo duro y prescindía del revólver.
–Me dicen Tonino –dijo el primero más calmado– él es Richard –y señala al otro– somos los editores de la revista Víspera(s), la única publicación marginal que existe en el país. Tiene que hablar, no es que no creamos que su visita también sea para presentar su libro; a propósito, que buen titulo La prolijidad de lo real, casi tan bueno como En busca del tiempo perdido o Museo de la novela de la Eterna –me explica– pero sabemos el otro asunto y estamos involucrados. Sólo queremos que nos ayude –todo eso mientras frotaba una mano con la otra y el segundón detrás diciendo cachimba y telégrafo–, llevamos varios años en esta investigación, el crédito debe ser nuestro, necesitamos saber con quién se encontró en La Habana, tenemos nuestras sospechas, pero no le dejaremos ir hasta descifrarlo todo.
–Tal vez si fueran más explícitos, no termino de entender.
–Sabemos que Tardewski le habló del tema.
–Hace años que no sé nada de él, puede que haya muerto porque edad tiene, hablamos mucho una noche en Concordia mientras esperaba a Maggi, pero no entiendo que relación existe entre ese polaco y este secuestro.
–No lo tome usted a mal, Renzi, ayer quisimos hablarle pero no nos dejaron acercarnos siquiera.
–Víspera(s), Víspera(s) –dijo el papagayo.
–Así es –aclaró Tonino– somos muy marginados a causa de nuestra auténtica publicación, no nos quedó otra salida, queremos que nos hable acerca de Rudolf Wittgenstein.
Entonces respiré profundo y ahora sí verdaderamente confundido, así Renzi al encender su habano en un café del puerto.
–El escenario fue el Hotel Telégrafo –cachimba y telégrafo– imagínelo tan sólo, esta ciudad en los años cuarenta era esplendorosa y llena de vicios, de haber seguido de esa forma no sería la de ahora, ni siquiera Buenos Aires amigo, esta ciudad sería New York, entonces también las camisetas dirían I love Havana en rojo y negro y el Telégrafo sería algo así como el Chelsea. Se sabe que llegó en invierno, pero sólo estuvo dos semanas porque la mañana del decimocuarto día apareció nadando en su sangre. Un periódico de la época lo describe de esta manera: “Un alemán –error, claro está– un alemán amaneció muerto en el Hotel Telégrafo. Fue encontrado por la empleada de limpieza que se disponía a hacer su labor en la habitación. Apoyada la nuca al borde de la bañadera de cobre, los brazos dentro del agua teñida de rojo, las venas cortadas a la altura de las muñecas.” “Suicidio en el Telégrafo” decían los titulares pero usted y yo sabemos que no pudo haber sido un suicidio.
–La temperatura del trópico es propicia para las muertes voluntarias, de hecho decenas de europeos se matan en esta latitud, mire usted, hasta Gauguin.
–No se me venda de ingenuo –todo lo tomaba en serio Tonino con su párpado a media asta– es verdad que estaba arruinado, puede que con desesperación, pero no era loco, tampoco Ludwig a pesar de su mente privilegiada.
–Muchos pueden pensar lo contrario, amigo Tonino, al fin y al cabo Ludwig Wittgenstein se acerca bastante a lo que llamamos genio, el único en la historia que produjo dos sistemas filosóficos totalmente diferentes en el curso de su vida cada uno de los cuales dominó por lo menos a una generación y generó dos corrientes de pensamiento con sus protagonistas, sus comentadores y sus discípulos absolutamente antagónicos, no debió haber sido fácil ser opacado por un hermano así, ¿no?
–Se equivoca Renzi, Ludwig fue mundialmente famoso, su pensamiento recorrió el mundo, pero Rudolf Wittgenstein era también un genio, un genio de la química.
–¿Alquimista?
–Más que eso, otro buscador de la verdad, rastreador de aminoácidos, conocedor de la naturaleza de cada sustancia.
Todo esto decía con su párpado tembloroso mientras el otro no paraba de decir cachimba y yo no dejaba de sentirme extrañado, envuelto en una especie de bruma, la de un mundo hasta ahora desconocido, relataba Emilio Renzi al acomodar en su cuello la bufanda para protegerse del fresco de la tarde bonaerense.
–Fue la noche antes cuando se citó con el hombre que debemos descubrir, la noche antes de que apareciera muerto –dijo Tonino y añadió–, se sabe que Wittgenstein tenía un boleto de avión de regreso.
–Lo cual no significa nada, si no se decidía siempre podía volver a Austria lo que habría sido una decisión insana a causa de la guerra, pero en fin.
–Sin rodeos Renzi –me dijo esta vez molesto mientras intentaba en vano elevar su dichoso párpado–, queremos esa información, a quién vio en La Habana la noche antes de su muerte, quién fue su cita de la víspera.
–¿Alguien con quién tenía negocios?
–O tendría, Renzi, o quizás tendría, vamos por buen camino.
Entonces lo vi todo claro, paso tras paso, pista tras pista, decía Renzi con una sonrisa burlona, la mejor historia de mi vida, la ficción impuesta, suplente de lo real.
–Un genio de la química sólo puede haber tenido negocios con un magnate de la industria –dije.
–O con un gángster, tal vez con un gángster.
–Cachimba, cachimba –repetía Richard.
–Tardewski siempre decía que a los Wittgenstein los había matado su genio y sus vicios, al menos fue lo que puso en su dedicatoria, la del ejemplar de Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein que me obsequió aquella noche en Concordia.
–¿Acaso conserva este libro? –preguntó Tonino tal como lo había previsto.
–Por supuesto, lo llevo siempre conmigo, está en el hotel, precisamente anoche estaba releyendo aquel capítulo donde...
–Vamos pronto, no podemos perder un minuto más.
Apresuradamente me sacaron del cuartucho y me hicieron pasar por un largo corredor que daba acceso a otros cuartos parecidos para desembocar en una escalera con salida a la calle. Allí me subieron a un auto destartalado y se dirigieron. Al darles el libro vamos de vuelta al auto, y esta vez me regalaron todo un paseo por La Habana... ya era de noche y la noche habanera ejercía una especie de fascinación en ellos.
–Ese es el malecón –decía mi guía que por supuesto era el del párpado pues el otro además de manejar sólo abría la boca para decir cachimba cachimba–. Esas mujeres fabulosas son putas, las más baratas del mundo y presumo que las mejores, al menos eso se dice, ese es el parque Maceo, esta calle se llama San Lázaro y fue una importante arteria aunque ya no lo parezca. El paseo del Prado aún conserva su elegancia, ¿no cree usted? Y helo aquí: el Hotel Telégrafo, el lugar de los hechos ¿Acaso piensa que alguien pudiera suicidarse teniendo cerca ese hermoso teatro de aire barroco, el majestuoso Centro Asturiano que es aquel edificio que ve usted allá o el imponente Capitolio, incluso más grande que el original y donde un bello diamante antigua propiedad del último Zar de Rusia, marca el inicio, el kilómetro cero de una de las obras más importantes hechas por la República, la carretera central que recorre toda la isla? Esta ciudad no inclina al suicidio a un europeo, querido amigo, sino a la gozadera, al vacilón –afirmó Tonino sonriendo un poco.
Esa noche dormí en el cuartucho húmedo mientras aquellos decían buscar pistas en mi libro. Antes que amaneciera me despertaron eufóricos, el libro deshecho entre las manos de Tonino y el papagayo tan contento que no podía siquiera hablar.
–Tardewski le dio el secreto, hemos resuelto el enigma, tantas horas de trabajo y desvelo..., no estábamos equivocados.
Hablaron de una droga, un derivado del opio –Pavulón, pavulón– decía ahora el papagayo y de un rico habanero vinculado a los bajos fondos llamado Julio Lobo. El tal provenía de una familia de hacendados y había incrementado su fortuna en negocios de mercado negro y con la mafia habanera. A pesar de eso había sido Lobo quien había propuesto al Senado una ley que rigiera el control de drogas y estupefacientes en general, aunque era bien sabida su relación con el mundo de los vicios y sus consumidores. Dos días después de la muerte de Rudolf Wittgenstein se divulgó que aquel señor había sido baleado tres noches atrás en su auto, o sea la noche antes de la muerte de Rudolf. Tonino repetía:
–Quiso venderle la fórmula de la droga en un precio demasiado alto, tal vez negociaba con alguien más, probablemente un norteamericano, se asoció a sus contrarios y sufrió las consecuencias. Se vieron esa noche, a uno lo balearon y aunque escapó con vida gastó casi toda su enorme fortuna en dejar su invalidez..., el otro fue asesinado, asesinado por sospecha o por ambición.
–¿Y la droga, la formula de la droga? –me animé a preguntar.
–Pavulón –me rectificó el papagayo.
–La seguiremos buscando, amigo Renzi, en algún lugar debe estar esa fórmula, ahora que sabemos que el hombre con que se encontró Rudolf en La Habana fue Julio Lobo podemos saber lo demás. Desmentiremos al mundo entero, el hermano del gran filósofo, el genio de la química Rudolf Wittgenstein no se suicidó en La Habana, murió a causa de sus vicios como bien definiera Tardewski y nosotros diremos a todos la verdad.
Todo esto lo decía Tonino como si se encontrara encaramado a un estrado, agitaba lo que quedaba de mi libro en el aire y dejaba caer las paginas que el otro recogía y volvía a darle mientras balbuceaba visiblemente emocionado: –Pavulón, telégrafo, cachimba...
–¿Y les dejaste el libro? O sea, fue asesinado por cuestiones de droga.
–Claro que no, el verdadero Wittgenstein se dio un tiro en un cuartucho habanero, tal vez en el mismo donde estuve secuestrado.
–Entonces...
–Estaban mal informados, dos tontos mal informados. El que murió en el Hotel Telégrafo debe haber sido verdaderamente un alemán, vaya a saber quien. El supuesto libro de Tardewski lo compré yo mismo la tarde anterior de viajar a La Habana y lo llevaba en mi equipaje pues pensaba entretenerme releyéndolo en lo que creía serían unas aburridas noches en el hotel. Lo conseguí en una vieja librería donde sólo venden primeras ediciones y bueno, podrás imaginar quién hizo la dedicatoria. Supongo que esos dos sigan haciendo su revista marginal y continúen buscando la fórmula de la droga, Pavulón, pero en eso si no me meto, amigo Piglia, pues como dijera el propio Ludwig Wittgenstein sobre aquello de lo que no se puede hablar hay que callar.
–¿Y el gángster baleado, el tal Julio Lobo?
–Casualidad, pura casualidad, me dijo Emilio Renzi y pidió otro café.