flujos, delirios, y golpes de realidad: propina ante la muerte.

crónica familiar 5

31 marzo 2007

¡si tuviera un hospicio
viviría feliz
en esta amable ciudad!

fumaría opio
zapatos lustrados
con la elegante paciencia
de ciertas damas de compañía

mi vida fuera menos evidente
menos expuesta
al duro clima
y a la insidiosa historia
de reforestación social

calma chicha
de la prima noche
dar un paseo
es pérdida de tiempo

¡si tuviera un hospicio
ropa humilde
recortería fantasiosa
de siestas
y buchitos de café oriental!

pero nada es posible
allí donde la gente
vive refrescándose del calor
al borde del perímetro
de la miseria
todo se vuelve directo
y vulgar
al mínimo contacto
con la terca
circulación
del
capital


hospicio
confortable
espacioso

menesterosos
pendencieros
usureros

la dura eufonía
de los contornos
geográficos

la complejísima
red
de ciudadanos
libres

¡si yo tuviera un hospicio
no escribiría poemas
a la intemperie!

Verde y negro, un relato de Juan José Saer

(Cuento publicado en Unidad de lugar, Editorial Galerna,
Buenos Aires, Argentina 1967)


a Raúl Beceyro

Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran la como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado, y al otro día no laburaba. La mina arrimó el Falcon al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, en segunda. Cómo habré ido de distraído que anduvimos así cosa de treinta metros y ella tuvo que frenar y llamarme en voz alta para que me diera vuelta. Lo primero que se me cruzó por la cabeza era que se había confundido, así que me quedé parado en medio de la vereda y ella tuvo que volverme a llamar. No sé qué cara habré puesto, pero ella se reía.

–¿A mí, señora? –le digo, arrimándome.
–Sí –dice ella–. ¿No sabe dónde se puede comprar un paquete de americanos?

Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos le echaban unas chispas amarillas, como los de un gato; se reía tanto que pensé que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de agarrarme para la farra. Me incliné.

–¿Americanos? ¿Cigarrillos americanos?
–Sí –dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años.

El Gallego sabe tener importados de contrabando, una o dos cajas guardadas en el dormitorio. Si uno de nosotros se quiere tirar una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en voz baja que vuelva a los quince minutos.

–De aquí a tres cuadras hay un bar –le dije–. Sabe tener de vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce?
–Más o menos –dijo.

Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. "Zápate, pensé; una jovata alzada que quiere cargarme en el coche para tirarse conmigo en una zanja cualquiera". El corazón me empezó a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que si por casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía aparecer con semejante mina en un bote como el que manejaba, bajándome a comprar cigarrillos americanos, todo el barrio iba a decir al otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que estaba por dejar de laburar para hacerme cafisio. Para colmo, en verano las viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.

–Ya debe de estar cerrado –le dije, y no sé en qué otra parte puede haber.
La mina me tuteó de golpe.
–¿Tenés miedo? –dijo, riéndose.
Encendió la luz de adentro del coche.
–¿No ves que estoy sola? –dijo.

Mi viejo era del sur de Italia, y los muchachos me cargan en cuestión minas, porque dicen que yo, aparte de laburar y amarrocar para casarme, no pienso en otra cosa. Dicen que los que venimos de sicilianos tenemos la sangre caliente. No sé si será verdad, y no pude ver mi propia cara, pero por la risa de ella me di cuenta de que con uno solo de los muchachos que hubiese estado presente, en lo del Gallego me habrían agarrado de punto para toda la vida.

Era rubia y tostada y llena por todas partes, que parecía una estrella de cine. "No me lo van a creer", pensé. "No me lo van a creer cuando se los cuente". Sentí calor en los brazos, en las piernas y en el estómago. Tragué saliva y me incliné más y ella me dio lugar para que me apoyara en el marco de la ventanilla. Tenía un vestido verde ajustado y alzado tan arriba de las rodillas, seguro que para manejar más cómoda, que poco más y le veo hasta el apellido. ¡Hay que ver cómo son las minas de ahora! ¡Y pensar que la hermana de uno es capaz de andar en semejante pomada, y uno ni siquiera enterarse!

–No –le dije–, qué voy a tener miedo. ¿Miedo de qué?
–Y, no sé –dijo ella–. Como no querés acompañarme...

A las minas hay que hacerlas desear; cuando uno más se hace el desentendido, a ellas más les gusta la pierna, sobre todo si se avivan de que uno es piola. Ahí no más la traté de vos.

–¿Acompañarte adónde? –le dije.
–No te hagás el gil –me dijo ella, sonriendo. Después se puso seria–. Ando buscando gente para ir a una fiesta.

Cosa curiosa: se reía con la mitad de la cara, con la boca nada más, porque los ojos amarillos no parecían ni verme cuando se topaban conmigo.

–No estoy vestido –le dije.
Ahí sí me miró fijo, a los ojos.
–Subí –me dijo.

Abrí la puerta, despacio, mirándola; ella se corrió al volante, y yo me senté sobre el tapizado rojo protegido con una funda de nailon. Pensé que ver la vida desde un bote así, siempre, es algo que debe reconciliarlo a uno con todo: con la mala sangre del laburo, los gobiernos de porquería y lo traicionera que es la mujer. Le puse la mano sobre la gamba mientras lo pensaba: tenía la carne dura, caliente, musculosa, y yo sentía los músculos contraerse cuando apretaba el acelerador. "No me lo van a creer cuando se los cuente", pensé, y como vi que la mina me daba calce me apreté contra ella y le puse la mano en el hombro.

–¿Dónde es la fiesta? –le pregunté.
–En mi casa –dijo vigilando el camino, sin mirarme.

Doblamos en la primera esquina y empezamos a correr en dirección a la Avenida. Dejamos atrás las calles oscuras y arboladas, y a las dos cuadras nos topamos con la Avenida iluminada con la luz blanca de las lámparas a gas de mercurio. Había bailes por todas partes, se ve, porque los coches corrían en todas direcciones y mucha gente bien vestida andaba en grupos por las veredas, hombres de traje azul o blanco o en mangas de camisa, y mujeres con vestidos floreados. De golpe me acordé que en Gimnasia y Esgrima estaban D'Arienzo y Varela-Varelita, y por un momento me dio bronca que se me hubiese pasado, pero cuando sentí la gamba de la mina moviéndose contra la mía para aplicar el freno, pensé: "Pobres de ellos". El Falcon entró en la Avenida y empezó a correr hacia el norte.

–Separate un poco hasta que pasemos la Avenida –me dijo la mina.

Íbamos a noventa por la Avenida por lo menos. Se ve que a la mina le gustaba correr, cosa que no me gustó ni medio, porque había mucho tráfico a esa hora, y la Avenida no es para levantar tanta velocidad. Cuando la Avenida se acabó, doblamos por una calle oscura, llena de árboles, y la mina aminoró la marcha, para cuidar los elásticos por cuestión del empedrado. Yo volví a juntarme con ella y ella se rió. Se dejó besar el cuello y me pidió un cigarrillo.

–Fumo negros –le dije.
–No importa –dijo ella.

Le puse el Particular con filtro en los labios y se lo encendí con la carucita. La llama le iluminó los ojos amarillos, que miraban fija la calle adelante, como si no la vieran. La luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos. No se veía un alma por la zona. Cuando le toqué otra vez la pierna me pareció demasiado dura, como si fuera de piedra maciza, y ya no estaba caliente. No voy a decir que estaba fría, la verdad, pero le noté algo raro. A la mitad de la cuadra, en la calle oscura, aplicó los frenos y paró el coche al lado del cordón. La casa era chiquita y el frente bastante parecido al de mi casa, con una ventana a cada lado de la puerta. De una de las ventanas salían unos listones de luz a través de las persianas que apenas se alcanzaban a distinguir. La mina apagó todas las luces del auto y se echó contra el respaldar del asiento, suspirando y dándole dos o tres pitadas al cigarrillo. Después tiró el pucho a la vereda.

–Llegamos –dijo.

A mí me la iba hacer tragar, de que con semejante bote iba a vivir ahí. Era un bulín, clavado, pero no se lo dije, porque me fui al bofe enseguida, y ella me dejó hacer. Estuvimos como cinco minutos a los manotazos, y me dejó cancha libre; pero no sé, había algo que no funcionaba, me daba la impresión de que con todo, ella seguía mirando la calle por arriba de mi cabeza con sus ojos amarillos. Después me acarició y me dijo despacito:

–Vení, vamos a bajar. No hagás ruido.

Bajamos, y ella cerró la puerta sin hacer ruido. La puerta de calle del bulín estaba sin llave y el umbral estaba negro, no se veía nada. Al fondo nomás se alcanzaba a distinguir una lucecita, reflejo de la luz encendida de alguno de los cuartos, la que se veía desde la calle, seguro. Por un momento tuve miedo de que estuviera esperándome alguno para amasijarme, pero después pensé que una mina que aparecía en un Falcon no podía traer malas intenciones. Enseguida se me borraron los pensamientos, porque la cosa me agarró la mano, se apoyó en la pared y me apretó contra ella, cerrando la puerta de calle. Me empezó a pedir que le dijera cosas, y yo le dije "corazón", o "tesoro", o algo así; pero ella me dijo con una especie de furia, sacudiendo la cabeza, que no era eso lo que quería escuchar, sino algo diferente. Era feo lo que quería, la verdad; para qué vamos a decir una cosa por otra. Y cuando empecé a decírselas –uno pierde la cabeza en esos casos, queda como ciego y hace lo que le piden– me pidió que se las dijera más fuerte. Yo estaba casi gritándoselas cuando ella dejó de escucharme, me agarró de la manga de la camisa y caminando rápido, casi corriendo, me arrastró hasta el dormitorio, que era la pieza que estaba con la luz encendida.

No había más que la cama de dos plazas y una silla. Me dio la impresión de que no había un mueble más en toda la casa. Con ese coche, y un bulín tan desprovisto. Pensé que no le interesaba más que la cama y una silla cualquiera para dejar la ropa. Se desnudó rápido, y yo también. Nos metimos en la cama. Al inclinarme sobre la mina pensé que si no la hubiese encontrado en la vereda de mi barrio, en ese momento estaría durmiendo en mi cama, hecho una piedra, como muerto, porque yo nunca sueño. Quién la había hecho doblar por esa esquina, y quién me había hecho a mí ir al bar del Gallego, y quién me había hecho retirarme a la hora que me retiré para que ella me encontrara caminando despacio bajo los árboles, es algo que siempre pienso y nunca digo, para que no me tomen para la farra. Ahí nomás me le afirmé y empecé a serruchar y ella me fue respondiendo con todo, cada vez más. Las minas se ablandan a medida que el asunto empieza a avanzar; tienen varias marchas, como el Falcon: pasan de la primera a la segunda, y después a la tercera, y hasta a la cuarta, para la marcha de carretera. Uno, en cambio, se larga en primera y a toda velocidad, y a la mitad del camino queda fundido.

Algo siguió funcionando dentro de ella después que yo terminé, porque todo el cuerpo se le puso duro y áspero como un tablón de madera y cerró los ojos, y agarrándome los hombros me apretó tan fuerte que al otro día cuando desperté en mi casa todavía sentía un ardor, y mirándome en el espejo vi que tenía todo colorado. Después la mina se aflojó y se puso a llorar bajito. Lloró sin decir palabra durante un rato y después empezó a hablar. "Siempre lo mismo", pensé. "Primero te hacen hacer cualquier locura, y después que te sacaron el jugo como a una naranja, se ponen a llorar".

–¿Qué me hacés hacer? –dijo la mina, llorando bajito–. ¿Hasta cuándo vamos a seguir haciéndolo? ¿Todo esto en nombre del amor? ¿Para no separarnos? Es insoportable.

Lloraba y sacudía la cabeza contra la almohada húmeda. Insoportable. Insoportable –decía, mirando siempre fijo por encima de mi cabeza con sus ojos amarillos.

Yo no le dije nada, porque si uno se pone a discutir con una mina en esa situación, seguro que la mina termina cargándole el muerto. "Me he hecho llamar puta para vos en el umbral", dijo la mina. Ahí empezó a pegar un alarido que cortó por la mitad, como si se ahogara, y siguió llorando. No tuve tiempo de pensar nada, y no por falta de voluntad, porque en el momento en que la mina dijo eso y trató de pegar el alarido, ya había empezado a trabajarme el balero y a hacerme sentir que esa mirada amarilla que la mina no parecía fijar en ninguna parte, había estado siempre fija en algo que nadie más que ella veía; tanto me trabajó el balero que estuve a punto de pensar que yo no era más que la sombra de lo que ella veía. Pero el llanto del tipo sonó atrás mío antes de que yo empezara a carburar, y ése fue el momento en que salté de la cama, desnudo como estaba: justo cuando sonó su voz, entorpecida por el llanto.

–Dios mío. Dios mío –dijo.

Estaba parado en la puerta del dormitorio, en pantalón y camisa. Se tapaba la cara con la mano, y no paraba de llorar. Pensé que era el macho o el marido y que nos había pescado con las manos en la masa, y me vi fiambre. Pero ni se fijó en mí. La mina estaba desnuda sobre la cama y lloraba mirándolo al punto que seguía con la cara tapada con la mano y no paraba de llorar. Si antes yo había sentido que era como una sombra, ahora sentía que ni eso era. "Dios mío. Dios mío", era todo lo que decía el tipo. Y la mina lo miraba fijamente y lloraba sin hablar. Cuando terminé de vestirme me acerqué a la cama.

–Señora –dije.

La mina ni me miró. Tenía los ojos amarillos clavados en el tipo y pareció no escucharme.

–¿Estás satisfecho? –dijo–. ¿Estás satisfecho?
–Amor mío –dijo el tipo, sin sacarse la mano de la cara.

Salí abrochándome el cinto y tuve que ponerme de costado para pasar por la puerta, porque el tipo ni se movió. Tenía una camisa blanca desabrochada hasta más abajo del pecho y se le veía la piel tostada. Se notaba a la legua que estaba quedándole poco pelo en la cabeza, porque eso que la mano dejaba ver encima de las cejas medias levantadas, era más alto que una frente. Parecía recién bañado, por el olor que le sentí. Para mí que había estado todo el día al sol, en el río, tanta fue la sensación de salud que me dio cuando pasé al lado de él.

Atravesé el umbral negro y salí a la calle. El Falcon estaba ahí, con las luces apagadas. Me paré un momento delante de las rayitas de luz que se colaban a la calle, y arrimando el oído a la persiana del dormitorio los oí llorar. Traté de espiar por las rendijas de la ventana, pero no vi una papa. Solamente escuché otra vez la voz de la mina, diciendo esta vez ella "Amor mío" y después cómo lloraban los dos, y después nada más. Me paré recién un par de cuadras más adelante, porque empezó a fallarme la carucita, y aunque no había viento me tuve que arrimar a la pared para poder encender el Particular con filtro que me temblaba apenas en los labios. Con el primer chorro de humo seguí caminando bajo los árboles oscuros, pero ni silbé nada, ni me puse las manos en los bolsillos del pantalón. Tenía la espalda pegada a la camisa, que estaba hecha sopa.

Cuando tiré el Particular con filtro y encendí el otro, sobre el pucho, la carucita no me falló, y llegué a la Avenida. Pensé en el bar del Gallego y en los muchachos, y en la cara que hubiesen puesto si se me hubiese dado por contárselo. Había menos gente en la Avenida, pero seguro que al terminar todos los bailes las calles iban a llenarse otra vez. Miré y vi que estaba lejos del barrio, y sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perder el último colectivo.

sexto poema de "borde"

28 marzo 2007

I

no había resuello buscar
pesos
chistar
dedos en
finanzas
domésticas


mete carne al molinillo
de la necesidad ve
con cuidado
son
barrios donde los obreros

del crimen
trabajan fino saben
lo suyo


bordea el puerto bordea
los elevados
de la ciudad
bordea
tu vida


II

magulló sus 15 años contra
los muros

del Archivo Nacional
contra el paredón de la memoria
sangre y semen dos
pisos más arriba
entre
folios
un historiador
contaba el vicio
de no sé
qué época
cuando impunes
matones
bordeaban
la ley


III

villorro de país
para
el miedo callejuelas
que no llegan
a opacos
ministerios
al borde
------------de
bordes
que

nos cortan

IV

la subimos a un jeep
militar gemía
aun (o lloraba)


V

escritura
terrosa filtra
el pus
tira
cuaderno de apuntes
cualquier
biografía o crónica
vida
a destajos
mete
carne al molinillo

de la realidad

VI

cuando llegamos al hospital
había muerto

cuarto poema de "borde"

24 marzo 2007

UM 2055 (1)

cabeza de A. (o cualquiera de
nosotros) garzota
de pólvora
boñiga
de sesos


cadáveres a paso doble
por la fractal
del polígono

garzota de pólvora
boñiga de
sesos

fue muy rapido akm
trazadora boquete
limpie
la mierda del

traidor saque
pecho levante mentón
mujercitas
putas

lloriconas morir
por la patria

es vivir garzota

de
sesos
boñiga de
pólvora

cabeza de A. (o cualquiera de
nosotros)

apostillas al idiota

20 marzo 2007

bajo las palabras
creo ser quien soy

detrás de mis ojos
sangre negra
que gira y se esparce
coagula los deseos

pierdo el vértigo por afanarme
soporto la ingravidez
luego escribo
bien o mal
otro manifiesto

sangre agua lodo
podemos beber y enquistar la carne
pronósticos de rebeldía
encarcelada en hospitales
y manuales de economía política

ojos para el paisaje
labios para el rezo
esto debería ser suficiente
¿para que insistir en el orden que creemos
humano?


entre las palabras
tú y yo podemos

hurgar lo que llaman realidad
tripas de revolución
excrementos a créditos
eutanasia ciber-democrática

hundir la cucharilla del café
extirpar
lo que aún llaman
mundo material

concluir con definiciones indefinidas
quedarse con la idiotez
con ese instalarse
en el dorso de toda referencia

animal transformado
en cosa
no puede nombrarse
arrastra la cola
inventa la naturaleza antinatural
nos deja vencido
golpéandonos la cabeza
con la tostada
gimiendo por la brevedad del café

cansancio de tantos razonamientos
se retuercen los significados
volvemos a estar otra vez
en la caverna junto a la tribu
solemnes respetuosos y con papel higiénico


sobre las palabras
escupo inmundicias

palabras que traicionan
mi equilibrio intelectual y emocional
quisiera también viajar
por el caño
las cloacas no son lugares
políticamente decorados
pero al menos discretos


contra las palabras
cruzar brazos y piernas

esperar que algún animal
crea en dios o en su propia especie
será magnificar
nuestra impotencia

domesticados por los verbos
y domesticados para huir de ellos
así caemos
venimos cayendo
seguiremos cayendo

genuflexos

mi amigo X

19 marzo 2007


Se levanta por la madrugada (me ha confesado) a comer pan y tomar agua con azúcar. Es el recuerdo o la marca (hierro caliente sobre la memoria y las glándulas) del hambre que pasó en Cuba. Cuando llega a la cocina se da cuenta de que puede tomar leche, o zumo, o yogur, y si come pan es porque le apetece (no para llenarme el buche, me dice), y puede untarle mantequilla, o mayonesa, o ponerle una lasquita de queso. Sabe que no es la gran vida (tampoco habla de eso) pero este cambio pequeño relacionado con la alimentación es un gran cambio. No sabe por qué, sin embargo (me dice sin resentimiento pero con amargura), muchos de los cubanos con quienes ha hablado sobre el tema, suponen haber olvidado, o se refieren al asunto, no sin cierta frivolidad. Lo peor no es que querramos no recordar todas las limitaciones que en Cuba tuvimos o padecimos, me dice, sino que se tiende a olvidar a quienes han quedado atrás, a esos que ahora mismo están tomando agua con azúcar, o comiendo un pan sin nada, o raspando la olla del arroz. Dejo este apunte para hablar de la experiencia de X. Por supuesto, es su experiencia. X es un amigo que desde hace años vive un insilio en el exilio. Según él, los cubanos no podemos liberamos de nuestro horror porque aun fuera de Cuba seguimos arrastrándolo. Miedos, paranoias, insolidaridad, egoísmos (demasiados suspicaces para enfrentar nuestra ignorancia) y encima, la hipocresía de que somos hermanos, estamos unidos por una misma causa, estamos para ayudarnos, somos diferentes al resto de los latinos, bla, bla, bla. Siempre le digo a X que no generalice, que determinadas generalizaciones nos llevan a la estupidez.

Después me quedó mirando al vacío. Y cortamos la conversación hasta la próxima llamada. Es cierto también que casi siempre es él quien me llama.

crónica familiar 4

18 marzo 2007

recuerdo al chinito
que vendía frituras de bacalao
frituras de sesos de bacalao
y manzanas de california

mi padre en sillón de ruedas
enseñando su pierna amputada
también lo recuerda

fue la época esplendorosa
del barrio chino
lavanderías
y barberías
bares y teatros
de fabricación
oriental

de galiano a belascoaín
por la amplia
y misteriosa zanja

altavoces patrioteros
anuncian hoy fiesta nacional
el paisaje urbano
transformado en manigua
luces y colores
y banderitas
tricolores

arrastro
la pierna amputada de mi padre
por entre basureros
y timbiriches
cerrados al atardecer

todo sube
y cae
todo cae
y se entierra
sin una mínima
ventaja
para la ironía

tres de la mañana
el barrio chino
parece un desierto
chino

camino en silencio
trago mi fritura
de harina
con cierto y lejano sabor
a jarabe de aloe

oquedades de
fabricación criolla
donde pasar la noche
estirar los huesos
bostezar


sin desesperación
por algún que otro
argumento dramático

pasar la noche
estirar los huesos
bostezar.

crónica familiar 1


dulce embeleco
del carnaval

raspo la página en blanco
viejo y sucio caldero
tizne/mugre

lengua curtida por el hambre
voluntarismo ontológico
piar y zureo y maullidos y gritos

descripción y toponimia
sobre ruinas
de aldea llamada ciudad
ciudad capital
capital país
país estado

irónico estado de putrefacción
y lenguaje reticente

escucho a lo lejos la música
y me digo
estás bien es sólo
una amarga
y
pasajera
desesperación

entonces me duermo
y sueño
con el dulce embeleco
del carnaval.

tercer poema de "borde"

17 marzo 2007

I

cabeza gacha plisa
rabia que pernea
limpio corazón de bordes
angulosos
como pellejos de cerdo

II

gozamos al tropero de
sargentías ciudad
encuartelada
hambre
retinta y miedos
toque
de diana que se levanta

el jefe gárgaras
en gimnasia con discurso


¿no hay piedad ni
ironía ni
otra posibilidad?

ábrete la pechuga y mete
ideologías circula
odio en pinchos
públicos
circula dinero
en el mercado de
generales

III

reñidero de gallos a
la tribuna
por encima de
nuestras cabezas mueven
cuchillos
de trinchar o desbullador
da igual para
perforar nuestra panza puntillero
uniformado o de civil
¿quién
de nosotros no ha visto

el filo
de un puñal
en medio de nuestra
impotencia?

apavesados seguimos viviendo
no hay muchas opciones

IV

mañana si aún
te sobrevives no
recuerdes el día

de hoy

Antonio José Ponte: La fiesta vigilada.

Nacer en Cuba es una fiesta innombrable (Lezama dixit, pletórico e irónico, abanicándose en el malecón) siempre y cuando estés invitado, por supuesto...

¿Cuántos fueron sacados a patadas de la fiesta? ¿A cuántos ni les dejaron entrar?






Leí la novela de Ponte, de un tirón. Como las buenas novelas.

Ponte (siempre inteligente, lúcido, amistoso, cortés, excelente escritor, valiente y consecuente en el campo literario cubano, lleno de mediocridad y miedo), nos ofrece una novela que no teníamos (que necesitábamos)y que con el tiempo, dará que hablar...

Aquí dejo algunos fragmentos que rapiñé por la web...

Reseñas de

Roberto González Echevarría

Alberto Olmos.

Rafael Lemus

Iván de la Nuez

En Puntal.com.ar


Publicada en 2007 por Anagrama

5

Ruinas...
Las susceptibilidades de otros tiempos indicaban que allí donde se levantara un edificio se cometía una afrenta a la tierra. Y ya que toda arquitectura venía a suplantar a la naturaleza era preciso ofrendar algo de vida (humana en ocasiones) al genio del lugar, a los dioses o a las fuerzas imperantes en el terreno ocupado. La sangre debía correr antes de que se colocaran los cimientos.

Luego, la aparición de materiales constructivos de mayor resistencia, el refinamiento en los cálculos estructurales, y una lógica nada proclive a transacciones con lo invisible, permitieron olvidar los derechos del sitio donde se construía y la necesidad de un pacto con éste. De los antiguos ritos quedaba, si acaso, la costumbre de unos discursos ante la primera piedra. (La invocación va destinada a las piezas que el hombre amontona, no al estrato que tendrá que soportarlas. Y a esa piedra primera puede juntársele, en premonición de ruinas, una caja metálica que contenga los periódicos del día y alguna otra chuchería para arqueólogos futuros).

Decidido a explicar el encanto de las ruinas a inicios del siglo xx, a Georg Simmel le había tocado una época de pocas contemplaciones con los ritos de fundación. Sin embargo, debió acordarse de las reclamaciones que, según el pensamiento antiguo, la naturaleza opone a toda arquitectura. E ideó un esquema ingenieril en el cual cupieran ciertas supersticiones.

Dos vectores peleaban en tal esquema: el alma humana que tendía en toda construcción hacia lo alto y la fuerza de gravedad que echaba por tierra. (Un pensamiento ingenieril puro habría dispuesto para el primer vector otra denominación. Estática, por ejemplo). Planteadas así las cosas, Simmel dedujo que en las ruinas venía a quebrarse el triunfo de negociaciones conseguido entre ambos vectores. Terminaba por ceder el equilibrio fijado arduamente en la edificación, y la naturaleza lograba vengarse de toda la violencia que el espíritu le hiciera.

Las ruinas, según él, ocurrían en un escenario.

Tragedia cósmica, las llamó.

Un primer acto de ese drama permitía que la arquitectura utilizara como materia prima a la naturaleza. Piedras transportadas desde lejos formaban un volumen habitable, un montículo artificial en la planicie.

Luego, a lo largo del segundo acto, la naturaleza batallaba en contra de ese volumen.

Y al llegar el acto tercero se revertía la ofensa y era entonces la naturaleza quien se valía de lo arquitectónico como materia prima: el montón de escombros tendía a hacerse colina.

En buena ley taliónica, palo por palo y piedra por piedra. (Venganza es término frecuente dentro del pensamiento acerca de las ruinas. Gran parte de la fascinación que las ruinas despiertan parece descansar en lo apasionante que resultan las historias de revancha).

Durante ese último acto aparecían los vegetales carroñeros. «No hay ruina sin vida vegetal; sin yedra, musgo o jaramago que brote en la rendija de la piedra, confundida con el lagarto, como un delirio de la vida que nace de la muerte», determinó María Zambrano. Y Simmel hizo notar que muchas edificaciones antiguas situadas en pleno campo, ruinas sobre todo, gozaban de tal homogeneidad cromática con el suelo que parecían diluirse en él.

Ya a esas alturas la arquitectura adoptaba comportamientos de lagarto, mimetizaba.

Árbitro del antagonismo entre naturaleza y espíritu, el ensayista alemán cuidó de que ninguna de esas fuerzas se extralimitara. Para la obtención de buenas ruinas no debían haberse extinguido las pretensiones de la tierra sobre lo edificado. Que cuando sobreviniera la revancha ésta pudiese ser juzgada como un derecho no declinado por la naturaleza. Todo edificio contenía desde siempre su destrucción, y en las ruinas no hacía más que florecer de extraño modo.

Ahora bien, en caso de llevar demasiado lejos la revancha, se estaba expuesto a que las ruinas perdiesen interés. El encanto se esfumaba al no quedar materia suficiente que indicara la tendencia hacia lo alto. Era ésta la causa de que los restos de columnas esparcidos en el Foro (el ejemplo viene en Simmel) resultaran feos y nada más, mientras que una columna truncada hacia su mitad y en pie aún sí que permitía deleitarse en ella.

Pues quien admira ruinas admira un equilibrio. Cierto que de muy distinta clase del que la arquitectura por sí sola ofrece, pero equilibrio al fin. Todo ruinólogo se atiene a determinada correlación de fuerzas, procura ese momento en que el empuje que mantuviera en pie alguna totalidad no ha sido reprimido y su contrario no alcanza a efectuar mayores avances. Abrazados como dos boxeadores extenuados, los contrincantes ralentizan sus forcejeos. En medio del combate ofrecen una calma relativa.

A la vez episodios de vendetta y paisajes de apacibilidad, en las ruinas se resuelve la convivencia de esas dos tendencias mediante catarsis. No por casualidad María Zambrano sostuvo que constituían tragedia sin autor, o cuyo autor era simplemente el tiempo.

Obra elementalísima, la reducción al mínimo de su argumento deja visible en toda su amplitud el horizonte. La línea del horizonte y lo que recorra esa línea, ¿dónde hallar dramaturgia más esencial? Una tragedia que soporta el menor número de concreciones trataría, como ninguna otra, de lo cósmico. Y la aparición del hombre en escenario tan despojado tenía forzosamente que entorpecer la representación.

Simmel mencionaba sitios romanos a los que la destrucción había llegado de parte de la gente y donde se extrañaba el encanto específico de las ruinas. El hombre había edificado en ellos para luego destruir. Allí se desdecía, tachaba las sentencias que escribiera. No existía venganza, o ésta se había hecho íntima al quedar en los predios de una misma especie.

Relegadas del conflicto las fuerzas de la naturaleza, lo que ocurría era sólo guerra civil. Peleaban hombre contra hombre, lo cosmogónico se encogía a político. Se pasaba, de la fundación del mundo, al argumento mucho más reducido de un divorcio.

Las ruinas habitadas en Roma a la orilla de las grandes vías modernas (el ensayo de Simmel apareció en un diario berlinés el 22 de febrero de 1907) hacían reflexionar acerca de lo insoportable de esos sitios que la vida ha abandonado y en los cuales los hombres se empeñaban todavía. ¿No eran ruinas suficientes unos cuantos vestigios arquitectónicos, el chaparral crecido entre ellos y, a lo sumo, algunas cabras? ¿Para qué agregarle humanos?

Las cabras pase, pero del pastor ni la sombra. En caso de encontrarlas habitadas, se deshacía el sosiego de las ruinas. Se rompía el silencio, la experiencia del silencio que brindan las ruinas despobladas.

Simmel acusaría a los habitantes de ruinas de complicidad con una de las partes en pugna, la encargada de la destrucción. Ayudantes de la fuerza de gravedad, empujaban las ruinas hasta el punto en que éstas no valdrían nada: más abajo de la mitad de sus columnas. Dilapidaban un efecto estético. Mercenarios en contra del bando que tendría que resultarles propio, traicionaban a los hombres y demostraban cuán poca alma poseían.

Capaz de definir en toda construcción el empuje espiritual, Simmel no alcanzó a ver en esos pobres ciudadanos romanos a los sostenedores de cierta esperanza, apostadores por la estática.

Y aún cabía otra posibilidad para ellos: actuaban a la vez en un bando y en el otro, y si alguna acusación les correspondía era la de servir como dobles agentes.

Georg Simmel falleció en 1918. Habitante de una época que desconoció los grandes bombardeos aéreos, tuvo en poco la habilitación de las ruinas. Varios contemporáneos suyos habían jugado con la idea de nuevas Romas destruidas (en su oda ante el Arco de Triunfo, Victor Hugo hablaba de un tiempo en que las orillas del Sena volverían a cubrirse de juncos y el río arrastraría cúpulas), pero tales destrucciones contaban pocas veces con figuras de sobrevivientes.

De aparecer algún humano por aquellos páramos se trataba del último ser sobre la tierra. Mary Shelley había imaginado, en The last man, una plaga llegada desde Constantinopla encargada de extinguir a la casi totalidad del género humano. La vegetación ocupaba las calles de Londres, las algas ennegrecían los palacios inundados de Venecia, y en Roma las vacas se apoderaban del Foro. El último hombre de la novela no hallaba un alma viva en todo el Vaticano y hubiese trocado cualquiera de las obras maestras halladas a su paso por compañía humana.

Subía a la cúpula de San Pedro para divisar un paisaje vacío. Descubría, en fin, que se encontraba solo en Roma, solo en el mundo. Y entonces, Tíber abajo, navegaba en busca del Atlántico. (Un siglo y tanto después, del otro lado del océano, David Markson publicaría Wittgenstein’s Mistress, monólogo de una mujer convencida de ser la única persona viva en todo el mundo. Ella,
lo mismo que el último hombre de Mary Shelley, recorría capitales europeas vacías, galerías de pintura en las cuales pernoctaba y donde quemaba cuadros para entrar en calor).

Las destrucciones desplegadas unas décadas después de la muerte de Georg Simmel afectarían la validez de lo razonado por él a propósito de las ruinas habitadas. Guerras a tan gran escala, un potencial de destrucción como sólo se había visto en las mayores catástrofes naturales, convertían en tragedia cósmica las ruinas hechas por el hombre. Ya podía afirmarse que el ser humano era capaz de destruir como destruye la naturaleza. (Sobre la historia natural de la destrucción, proponía Lord Zuckerman como título para un artículo luego de inspeccionar la ciudad de Colonia bombardeada).

La permanencia de tantos últimos hombres sobre la tierra, esa apacibilidad de las ciudades bombardeadas de la que hablara Heinrich Böll, no soportaban ya las conclusiones que Simmel extrajera a principios de siglo a la orilla de las grandes vías de Roma.


6

A unas pocas cuadras de casa tropecé con unas ruinas que creí deshabitadas. La puerta estaba entornada y, aunque debió servirme de advertencia el que no la hubiesen arrancado, pasé a una habitación sin techo, cuatro muros de mampostería carcomida y un piso de baldosas machacado hasta la pulverización.

De un estornudo, el piso habría volado igual que había volado el techo. Segunda señal que no atendí: el lugar se encontraba perfectamente barrido.

Esa primera habitación destechada conducía a otra, cuya puerta empujé. Pero no conseguí seguir porque un viejo vino a cerrarme el paso. El viejo apretó sus párpados hasta caer en la cuenta de que le era desconocido. No ocultó entonces su malhumor y quiso saber qué hacía allá adentro.

Un adolescente que podía ser su nieto se acercó a preguntarme si era extranjero. Le respondí que no y, al esfumarse la posibilidad de ganar unos dólares, me echó a la calle acusándome de pasar por turista con el fin de meterme en las casas. Porque a juicio suyo sólo alguien venido de fuera del país era capaz de interesarse en aquella decadencia.

¿Dónde acababa el paseo y empezaba la propiedad privada? Para quien decida visitarlas, las ruinas habitadas suponen esta indistinción. Los sitios arqueológicos se encuentran perfectamente acordonados contra saqueos y anacronismos, los museos a los que se destinan las piezas extraídas ostentan amurallamientos, pero las ruinas ocupadas existen sin tales precauciones. Quien las visite no encontrará ninguna estatua del dios Término que indique detener la excursión. Y en caso de avanzar más de lo conveniente lo asaltará el pudor, sorprenderá la intimidad de unos extraños.

En las ruinas, tal como ha notado Siegfried Giedion, el interior y el exterior aparecen simultáneamente. Para ahorrar sobresaltos, las ruinas habitadas se hacen de nuevas paredes. Y quien viaje a contemplarlas puede añadir, al enojo ante el paso cerrado, indignación por las reformas arquitectónicas emprendidas. Esos intrusos moradores han venido a complicar la pura decadencia, a revolver el orden de las ruinas. Se arrogan el derecho de abrevar en las fuentes del tiempo y lo que hacen es enturbiar las aguas.

En un primer impulso, la contemplación de ruinas busca desalojar de allí a esos moradores. Intenta el primer golpe, ataca para no ser atacada. Pues intuye que nadie como ella podría ser acusada de complicidad con las fuerzas destructivas. (Junto a las grandes vías romanas, a la vista de ruinas habitadas, Georg Simmel no se hallaba exento de los cargos que impuso a unos aborígenes). Igual a llamas bajo los dulces prados del poema de Keats, una corriente de remordimientos circula por debajo de la ensoñación que las ruinas producen.

Accidentes en cámara lenta, las llamó Jean Cocteau en el cuaderno de una vuelta al mundo que emprendiera en 1936. Y, de tomar en cuenta esta formulación, plantarse ante las ruinas (más aún cuando sirven de albergue) resulta sumamente reprochable. Aquel que se deleita en ellas cabe entre los que gustan de asistir al cumplimiento de las penas capitales, entre los visitantes de morgues y anfiteatros anatómicos, los espectadores de incendios y privilegiadores de la crónica roja. Pertenece a la pandilla enamorada de la destrucción, a la Sociedad de Conocedores del Asesinato imaginada por Thomas De Quincey.

Bajo pretexto de extraer moralidad del paso de los tiempos, ante las ruinas se obtiene un añadido de fruición, el escalofrío de encontrarse a salvo. (Quien se desayuna con asuntos criminales es un sobreviviente de la noche, de los cuchillos largos y de los disparos. En contraposición, el café con leche le sabe maravillosamente). Que escalofrío así resulte a la vez estético y perverso, que suponga belleza y afectaciones, dispone dulces prados y garantiza el combustible para las llamas que soflamarán a estos.

Todo ruinólogo practica una contemplación cruzada por reproches. Da con una belleza martirizada, siempre a punto del repudio por poco puritanismo con que se cuente, a la que resulta arduo despojar de matices pecaminosos. Belleza tan difícil de administrar que a menudo se la despacha con el adjetivo de macabra, remitiéndola a dominios de la muerte. (La contemplación de ruinas es afín al sonambulismo. Pertenece a esa clase de actos que explicados a la luz del día, en otro orden universal, no encuentran razones suficientes).

Y en caso de existir ecuación que relacione estética y remordimiento, un segundo grado de dificultad comprenderá a las ruinas habitadas. De cumplirse el dictamen de Cocteau y consumado el accidente, los cadáveres entre las piedras podrían elevar esa ecuación a tercer grado.

Celebrar tan altas destrucciones resultaría escandaloso, problemático. Y, pese a todo, irreprimible. Fiat ars-pereat mundus.

Fue en tiempos de los bombardeos alemanes a Gran Bretaña que Kenneth Clark, director de la National Gallery, benefició a las devastaciones hechas por el enemigo considerándolas dentro de lo picturesque, una categoría del gusto inglés que comprende a los viejos muros cubiertos de hiedra, a los robles nudosos, las cabañas de techo de paja y otros objetos de hermosura no muy recta.

Podrá conjeturarse que de suceder una belleza salpicada de cadáveres ésta debería quedar en sentimentalidad privada, en vicio secreto. Lo asombroso del caso de las ciudades inglesas bombardeadas es que esa clase de belleza haya sido asunto público, y que el mismísimo gobierno británico haya decidido prestarle atención. Pues apreciar las destrucciones perpetradas por el enemigo con gozo incapaz de aguardar enfriamiento parecería desmentir los enconos nacionalistas de la guerra. (Aunque probablemente se trate de un nacionalismo tan acendrado que toma por hermosas hasta las cicatrices propias).

Y aun cuando resultaran despejables los prejuicios nacionalistas, quedarían en pie, bastante inamovibles, prejuicios más genéricos. Uno de ellos, el que aconseja no demostrar júbilo a la vista de difuntos.

Decidido a salvar la belleza de unas imágenes por terribles que fueran, Kenneth Clark fundó en los años de contienda un comité consultivo de artistas que iba a utilizar el muy británico sentido de lo picturesque con fines propagandísticos. Creado con el beneplácito del Ministerio de Información, el «War Artists Advisory Committee» (WAAC) envió a las ciudades en llamas a artistas que operaban a la par de las brigadas de rescate.

En el ministerio estimaban que el trabajo de los artistas al pie de la devastación dejaría un valioso testimonio de tiempos difíciles y ofrecería aliento moral al pueblo británico. Y Kenneth Clark perseguía el tercer objetivo, no declarado, de salvar a los artistas de la muerte por hambre.

Una primera misión condujo al pintor John Piper a la ciudad de Coventry, bombardeada el 15 de noviembre de 1940. (En sus apuntes filológicos sobre la lengua del Tercer Reich, Victor Klemperer recuerda que la prensa y la radiodifusión alemana habían creado el verbo coventrizar para describir el destino que prometían a todas las ciudades británicas). La ciudad había sido reducida a escombros por la aviación alemana. Los edificios ardían, entre los escombros continuaban las búsquedas de cuerpos y, en medio de la tragedia, John Piper se sintió como un intruso, un inútil con su cuaderno de dibujo.

Divisó un despacho de procurador intacto y se dirigió a él. En el despacho, junto a la ventana, una secretaria tecleaba como si nada hubiese sucedido. A través de la ventana alcanzaba a verse el lado este de la catedral en llamas. (W. G. Sebald cita un reportaje sobre la destrucción de la ciudad alemana de Halberstad donde, recién ocurrido el bombardeo, una empleada despejaba de escombros la entrada del cine para la función de las dos de la tarde).
John Piper saludó a la secretaria con una frase acerca de los tiempos bestiales que vivían, ella contestó que sólo hacía su trabajo, y convino en dejarle el puesto para que él tomara sus apuntes. Coventry Cathedral, 15 November 1940, colgado ahora en un museo de Manchester, fue exhibida al año siguiente en la National Gallery y constituyó un símbolo para los británicos.

Fuera de los encargos del «War Artists Advisory Committee», John Piper se dedicó a pintar ruinas. Ruinas del tiempo, no de la guerra. Así, una vieja mansión abandonada en Northumberland venía a emparejarse con las ruinas que dejaran los bombarderos enemigos, ambas figuraciones de lo picturesque. Abril de 1942 lo llevó a la ciudad de Bath, bombardeada por el ejército alemán a cambio del bombardeo del barrio medieval de Bremen ejecutado por fuerzas británicas. La guerra tomaba un cariz decididamente estético, como de batalla entre galeristas. No era extraño entonces que los pintores la cubrieran.

En un artículo publicado tres años después del fin de la guerra, John Piper aseguró que la destrucción causada por las bombas había revelado nuevas bellezas gracias a yuxtaposiciones imprevistas. Testigo privilegiado de la destrucción, su intención de encontrar belleza en el horror permanecía incólume. (Filippo Tommaso Marinetti había avisado de la belleza de la guerra al crear formas nuevas: grandes tanques, disposiciones de la aviación en el cielo, espirales de humo salidas de las poblaciones incendiadas...)

¿Quedaba exento John Piper, ruinólogo indudable, de los remordimientos de su afición? Supongo que sí. Poco rastro de vergüenza puede hallarse en sus palabras y no existe en ellas ademán de disculparse frente a sus lectores. A diferencia de Georg Simmel, visitador de ruinas a la orilla de la carretera que lo devolvía a su hotel en Roma, Piper estaba implicado en las ruinas, era uno más de sus moradores. Terminado su trabajo del día iba a servirle de albergue alguna de las edificaciones que aún seguían en pie y se encontraba expuesto a un repaso de los aviones alemanes.

Aun sin bombardeos, en mi caso me considero más cerca de Piper que de Simmel. (Podrían confirmarlo los intentos sucesivos de impermeabilizar un techo a través del cual siempre termina por filtrarse lluvia, los sorpresivos levantamientos del piso, las baldosas que parecen pertenecer a una superficie en borboteos, y el estremecimiento de la casa cuando pasa por la calle algún vehículo pesado).

He tomado las noticias británicas anteriores de un volumen acerca del gusto por las ruinas donde Christopher Woodward menciona un par de ejemplos cubanos. El primero, a propósito del palacete de un ingenio azucarero en cuya visita demoró tanto que luego se vio forzado a pedalear aceleradamente por temor a que la noche le ocultara el camino entre los campos de caña. (Otras ruinas, las de un castillo bizantino, lograron que olvidara el ferry de regreso. Las ruinas suelen ser huecos negros: un minuto de detención en ellas y el regreso a la cotidianidad permite comprobar que han transcurrido décadas).

El otro ejemplo cubano trata del cuartel Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba. De las marcas de disparos que arruinan su fachada como perpetuación de un hecho histórico. Lamentablemente el libro de Christopher Woodward sobre las ruinas no trae noticia alguna de La Habana.

segundo poema de "borde"

16 marzo 2007

lindes inciviles duras
finanzas

cualquiera de nosotros cuenta
pesos por el hueco
del ojo

ve accesorias

vidrieras de vía
pública ansiedad
privada de cavar por boca
cualquier deseo de consumo o libertad

nosotros somos
nadie aglomerados
en tensas

multitudes

recorrer perímetros
para morir

acuchillados

no puñales
duras finanzas vida
al borde

primer poema de "borde"

I

todo lo que necesitas
y quieres dinero
fuete diario

II

de ciudad a campo
(te lías en místicas fabricas
ecología) ¿pero
cómo evadir la realidad?

humano-cebolleta
en sacos de producción

III

pincha
corta
punza
zarpa
mete baza
cuerpo en paila

charcutería civil
políticas del desplazamiento

lo demás vallas
vallas hermosas
fatigosa publicidad

ripio 1 (por entregas)

15 marzo 2007

Hace algunos años, en un callejón centrohabanero (nichos calientes, vaguadas para suicidas) vi a un viejo loco. Uno de tantos. Otro más. Pero aquel tipo me sorprendió cuando dijo:

--Conocí a Fonollosa.

Entonces aún yo no había leído a Fonollosa.

Y vivía casi a la intemperie.

Con tal de no estar en mi casa había conseguido un puesto de sereno. Jaad, vigilante nocturno de tratos y cachivaches de museo, guardacosas, policía sonámbulo de trastienda, cuentaobjetos, limpiapisos de historia municipal. Durante los días, vagaba, con ojos saltones de sueño, trastabillando con hambre, o iba a casa de alguna mujer que ya conociera, o a casa de otra que topara en cualquier esquina, terciando con suerte.

Sí, caminaba por los bordes de La Habana.

Día y noche sediento de maduras, y de viejas, quince, veinte, veinticinco años mayores que yo. Enloquecía por carne ajada, tetas caídas, celulitis a millón. Era lo mío: vaginas resecas. Había descubierto que mientras más chupado lo de alante más enchumbado lo de atrás. No había como pasar de lo magro a chopar un trasero. Era así. Fefita, mi negra de cincuenta, me había convertido en adicto a nalgas engrasadas, nalgas que si tasajeamos con instinto carnicero podemos rebanar en filetes. Estábamos en 1989, yo tenía veintitrés, el muro de Berlín se venía abajo, quería ser escritor. Un escritor con sarna. Limpiarme las pulgas y soltar hedor frente a mis amigos literatos. Ellos hacían carrera de escritor. Yo, detrás de mujeres-vacas, carrera de perros.

Y el viejo loco me habló de Fonollosa.

--Lo conocí cuando estuvo en La Habana en los años cincuenta.

Después, sin sentimentalismo, me vendió hojas mecanuscritas, un puñado, manchadas de lo que el tipo comía y escupía. Sin dinero, no había, le di un reloj ruso, la mitad del pan que tenía en la mochila, la mochila, y un calzoncillo de repuesto que nunca usé. Me gustaba sentir el roce de los pantalones, dureza y sequedad de la tela contra mi bomba veinteañera siempre dispuesta a explotar. Me gustaba exhibirme. Era obsceno. Guaguas, colas, atascos en pasillos, mujeres atoradas entre puertas, tumultos, tipas cansadas o aburridas resucitando cuando mis bártulos se hinchaban bajo el único jeans que tenía, apestoso, tieso de churre.

--No tengo más.

--No importa, da igual, tengo más copias de estos textos (usó descaradamente la palabra texto), así que sopla, piérdete, y lee bueno si quieres vivir mejor.

Después del trueque el viejo desapareció por la calle de la Obrapía.

Me senté en un quicio de esquina.

Allí leí.



Amar es restregarse contra un cuerpo
sorbiendo secreciones y microbios.
Sentirlo cual babosa por un rato.

Comer es engullir descuartizados
cadáveres, a trozos, triturándolos
entre saliva y huesos. Y tragándolos.

Dormir es no existir conscientemente.
Tal vez lo único bueno si no fuera
que a veces algún sueño lo importuna.

Amar, comer, dormir. Unas palabras
que suenan como fiesta a los sentidos
y encubren suciedad, crueldad y angustia.

Y es esto lo mejor. E imprescindible.
Es innoble vivir. Pero en mi mano
está no ser un cómplice más tiempo.

A pocos minutos interrumpió una cuarentona larga, sudorosa, con verruga entre sus tetas desinfladas. Preguntó una dirección, cualquier dirección. Me ofrecí para acompañarla. Sonreímos. Nos piramos.

Hoy me hubiese quedando leyendo a Fonollosa. Muchas razones. Pero en 1989 aun resistía los golpes de la vida con más vida. Ahora, a los 40, no queda mucho, tal vez resistir los golpes con más golpes. El cuerpo tira al revés. Pero no os confiéis demasiado. Todavía sigo mi carrera de perros. Todavía tengo un poco de sarna.

ripio 2 (por entregas)


Aquellos papeles no eran sólo poemas de Fonollosa. Tinta, manchas, borrones esqueléticos, aceite hirviendo, droga dura, manotazo, bufidos, y diarrea. Todo eso estaba, pero, ¿había literatura? Vida. Había vida allí. Por entonces yo era así, dicotómico, retorcido, a un milímetro de la estupidez. Costaba creer (y experimentar) que vida y literatura fuesen lo mismo. Había sangre. Heces. Voluntad de parir. El lenguaje bullía, reventada, puro mondongo. Pasarían varios años para encontrarme el verso de Arenas:"voluntad de vivir manifestándose". Eso. Trincar el verbo en escritura babeante para no ser un escritor muerto en vida. No importa si tienes calle o eres de academia, si vives como rata de alcantarilla o trepas el mundillo de los artistas como rata de salón. Sea como sea, las palabras son más que maquillaje. Escritura como palo, electrocutazo, correa férrea, cabeza contra piso.

Estuve dos noches sin templar. Demasiado para mi con veinte años. Fonollosa daba duro. Las erecciones se fueron a la cabeza. Y al corazón, tengo que decirlo. Cerraba el museo donde era custodio de la abstracta historia y su valor concreto en millones de dólares por objetos mohosos, jirones de uniformes, banderas flacuchentas, y enaguas manchadas aun de menstruación, y me encerraba a leer dentro de un tinajón camagüeyano. En el patio del museo, con un pavoreal que parecía urraca de convento, con el estomágo vacío, me tiraba a leer horas y horas. Enloquecía. Quería enloquecer. El mundo parecía demasiado mediocre para no aceptar entonces mi locura como absoluta libertad . O tal vez mi locura absoluta como posible libertad.

Y Fonollosa y Jaad también se escondieron de las mujeres. Venía una, y yo le decía a Fonollosa, "corre, corre que nos prende una vagina". Por una semana dejé de colar tipas en el museo, en cada recodo, o grieta, o ángulo disponible a penetraciones acrobáticas. Me sentí un buen ciudadano por dejar de profanar todo lo profanable donde cupiera una mujer, fuera el bote de desembarco de Maceo o el trono de la infanta de España. Era la época en que había conocido a una negra de recios dieciocho que decía ser la resurección de la Jiribilla, a una gorda achinada y esponjosa que pasaba de los treinta, y a la que verdaderamente me ponía acaramelado: la cuarentona arrubiada a fuerza de agua oxigenada, atetuda, con bigotes, y sin una pierna.

Esa mujer me zarandeó. Si íbamos a su casa le excitaba gritar para que la oyera el vecino. Si nos quedábamos en el museo gritaba de alegría frente a los bustos luctuosos de tantas guerras. Era vida también aquella tembona sin pata. "Te pareces a un verso de Fonollosa", le dije con una de mis salidas cursisentimentales de por entonces. La mujer no se cansaba de pedir. Pedía. Pedía al macho jóven todo el placer posible, todos los empujones, la fuerza del animal que me gustaba ser. Con ella descubrí a las mujeres-yeguas. Si quedaba insatisfecha escupía, me escupía, y le gustaba romper lo que encontrara (una vez lanzó escaleras abajo el tibor de no se qué héroe). Por castigo me obligaba arrodillarme, pedirle perdón, y lamerle, mientras me enseñaba de este modo a gozar de los restos, el muñón colgante que en ese momento llamaba "mi pinga de hembra".

Un día recibí la noticia de que se había suicidado. Investigué lo que pude. Meti interrogatorio y labia astuta de escritor callejero. Algo sucio hubo en su muerte. Pero, ¿en qué muerte no hay algo sucio? Dejemos la retórica, aun hoy sospecho que se mató porque el ex-marido la indujo a darse candela. Se dió candela. Esa muerte tan cotidiana de miles de mujeres en Cuba. ¿La indujo o la obligó? Años después lo encontré en una calle del Vedado, y confirmé mis paranoicas dudas de amante y celador nocturnos. Dos meses después de aquella muerte, conocí a Fefita, la mujer-elefanta. Todavía estábamos en 1989. El muro de Berlín vizqueaba como sapo en cautiverio. Olvidé una tarde a Fonollosa, lo arrinconé para siempre. Renuncié al empleo de guardián, y me encerré a escribir una novela que con los años se convirtió en la historia oral de mi propia vida. O en la vida oral de una historia donde hoy, a los 40, no me reconozco.


Boarding home, de Guillermo Rosales

11 marzo 2007

en el expediente 8-9, de enero-junio de 2005, de la revista cacharro(s) (el último número que circuló de nuestra revista) presentamos la siguiente nota y los fragmentos de la novela de Rosales.

Guillermo Rosales (La Habana, 1946-Miami, 1993) Boarding Home (Premio Letras de Oro, Miami, 1987), y El juego de viola (1994, novela editada póstumamente con portada de Juan Abreu y edición al cuidado de Carlos Victoria) En el expediente 1, Cacharro(s) publicó, por cortesía de Rosa Berre, un relato del libro inédito, El alambique mágico. Boarding Home, fue publicada en Francia por la editorial Actes Sud, dirigida por Zoé Valdés y Alzira Martins, en traducción de la profesora Liliane Hasso, y en 2003 por Siruela, con prólogo de Ivette Leyva Martínez. Guillermo Rosales se suicidó a los 47 años. En el expediente anterior de Cacharro(s) publicamos un texto de Juan Carlos Castillón sobre Boarding Home.


La casa decía por fuera “boarding home", pero lo sabia que sería mi tumba. Era un de esos refugios marginales a donde va la gente deshauciada por la vida. Locos en su mayoría. Aunque, a veces, hay también viejos dejados por sus familias para que mueran de soledad y no jodan la vida de los triunfadores.

―Aquí estarás bien -dice mi tía, sentada al volante de su Chevrolet último modelo―. Comprenderás que ya nada más se puede hacer.

Entiendo. Casi estoy por agradecerle que me haya encontrado este tugurio para seguir viviendo y no tener que dormir por ahí, en bancos y parques, lleno de constras de mugre y cargado de bultos de ropa.

―Ya nada más se puede hacer.

La entiendo. He estado ingresado en más de tres salas de locos desde que estoy aquí, en la ciudad de Miami, a donde llegué hace seis meses huyendo de la cultura, la música la literatura, la televisión, los eventos deportivos, la historia y la filosofía de la isla de Cuba. No soy un exiliado político. Soy un exiliado total. A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, Venezuela o Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y praderas.

―Aquí estarás bien ―dice mi tía.

La miro. Me mira duro. No hay piedad en sus ojos secos. La casa decía "borading home". Es una de esas casas que recogen la escoria de la vida. Seres de ojos vacíos, mejillas secas, bocas desdentadas, cuerpos sucios. Creo que sólo aquí, en los Estados Unidos, hay semejantes lugares. Se les conoce también con el nombre de homes, a secas. No son casas del gobierno. Son casas particulares que cualquiera puede abrir siempre que saque una licencia estatal y pase un curso paramédico.

―...un negocio como otro cualquiera -me va explicando mi tía-. Un negocio como una funeraria, una óptica, una tienda de ropa. Aquí pagarás trescientos pesos.

Abrimos la puerta. Allí estaban todos. René y Pepe, los dos retardados mentales; Hilda, la vieja decrépita que se orina continuamente en sus vestidos; Pino, un hombre gris y silencioso que sólo hace que mira al horizonte con semblante duro; Reyes, un viejo tuerto, cuyo ojo de cristal supura continuamente una agua amarilla; Ida, la gran dama venida a menos; Louie, un yanki fuerte de piel cetrina, que aúlla constantemente como un lobo enloquecido; Pedro, un indio viejo, quizás peruano, testigo silencioso de la maldad del mundo; Tato, el homosexual; Napoleón, el enano; y Castaño, un viejo de noventa años que sólo sabe gritrar:"¡Quiero morir! ¡Quiero morir! ¡Quiero morir!".

―Aquí estarás bien -dice mi tía―. Estarás entre latinos.

Avanzamos. El señor Curbelo, dueño de la Casa, nos está esperando en su buró. ¿Me dio asco desde el principio? No lo sé. Era gordo y fofo, y vestía un ridículo atuendo deportivo rematado por una juvenil gorrita de pelotero.

―¿Éste es el hombre? ―pregunta a mi tía con una sonrisa.

―Éste es -responde ella.

―Aquí estará bien -dice Curbelo―, vivirá como en familia.

Mira el libro que llevo debajo del brazo y pregunta:

―¿Te gusta leer?

Mi tía responde:

―No sólo eso. Es un escritor.

―¡Ah! ―dice Curbelo falsamente asombrado―. ¿Y qué escribes?

―Mierdas -digo suavemente.

―¿Trajo las medicinas? ―pregunta entonces Curbelo.

Mi tía las busca en su cartera.

―Sí -dice―, Melleril. Cien miligramos. Debe tomar cuatro al día.

―Bien ―dice el señor Curbelo con semblante satisfecho―. Ya lo puede dejar. Lo otro es asunto nuestro.

Mi tía vuelve a mirarme a los ojos. Creo ver, esta vez, una asomo de piedad.

―Aquí estarás bien -asegura―. Ya nada más se puede hacer.


Mi nombre es Wiliam Figueras, y a los quince años me había leído al gran Proust, a Hesse, a Joyce, a Miller, a Mann. Ellos fueron para mí como los santos para un devoto cristiano. Hace veinte años terminé una novela en Cuba que contaba la historia de un romance. Era la historia de un amor entre un comunista y una burguesa, y acababa con el suicidio de ambos. La novela nunca se publicó y mi romance nunca fue conocido por el gran público. Los especialistas literarios del gobierno dijeron que mi novela era morbosa, pornográfica, y también irreverente, pues trataba al Partido Comunista con dureza. Luego me colví loco. Empecé a ver diablos en las paredes, comencé a oír voces que me insultaban, y dejé de escribir. Lo que me salía era espuma de perro rabioso. Un día, creyendo que un cambio de país me salvaría de la locura, salí de Cuba y llegué al gran país americano. Aquí me esperaban unos parientes que nada sabían de mi vida, y que después de veinte años de separación ya ni me conocían. Creyeron que llegaría un futuro triunfador, un futuro comerciante, un futuro playboy; un futuro padre de familia que tendría un casa llena de hijos, y que iría los fines de semana a la playa y correría buenos carros y vestiría ropas de marca Jean Marc y Pierre Cardin; y lo que apareció en el aeropuerto el día de mi llegada fue un tipo enloquecido, casi sin dientes, flaco y asustado, al que hubo que ingresar ese mismo día en una sala psiquiátrica porque miraba con recelo a toda la familia y en vez de abrazarlos y besarlos los insultó. Sé que fue un gran chasco para todos. Especialmente para mi tía que esperaba una gran cosa. Y lo que llegó fui yo. Una vergüenza. Una mancha terrible en esa buena familia de pequeños burgueses cubanos, de dientes sanos y uñas pulidas, piel rozagante, vestidos a la moda, ataviados con gruesas cadenas de oro, y poseedores de margníficos autos último tipo y casas de amplios cuartos con aire acondicionado y calefacción, donde no falta nada en la despensa. Ese día (el de mi llegada), sé que se miraron todos con vergüenza, hicieron algún comentario mordaz, y salieron en sus autos del aeropuerto con la idea de no verme jamás. Y hasta el sol de hoy. La única que se mantuvo fiel a los lazos familiares fue esta tía Clotilde, que decidió hacerse cargo de mí, y me mantuvo durante tres meses en su casa. Hasta el día en que, acosejada por otros familiares y amigos, decidió meterme en el boarding home; la casa de los escombros humanos.

―Porque comprenderás que nada más se puede hacer.

La entiendo.


Ese boarding home fue, originalmente, una casa de seis cuartos. Quizás viviera en ella, al inicio, una de esas típicas familias americanas que salieron huyendo de Miami cuando empezaron a llegar cubanos huidos del comunismo. Ahora el boarding home tiene doce cuartos pequeñísimos, y en cada cuarto hay dos camas. Cuenta, también, con un televisor viejísimo, que siempre está descompuesto. y una especie de salón de estar con veinte sillas duras y destartaladas. Hay tres baños, pero uno de ellos (el mejor) es del jefe, el señor Curbelo. Los otros dos tienen siempre los iniodoros tupidos, pues algunos de los huéspedes meten en ellos camisas viejas, sábanas, cortinas y otros artículos de tela que usan para limpiarse el trasero. El señor Curbelo no da papel higiénico. Aunque por ley debía darlo. Hay un comedor, afuera de la casa, que atiende una mulata cubana, llena de collares y brazaletes religiosos, que se llama Caridad. Pero ella no cocina. Si ella cocinara, el señor Curbelo tendría que pagarle treinta dólares más a la semana. Y eso es algo que el señor Curbelo nunca hará. De modo que el mismo señor Curbelo, con su carota de burgués, es el que hace el potaje todos los días. Lo cocina de manera sencilla; cogiendo con la mano un puñado de chícharos o lentejas y metiéndolos (¡plaf!) en una olla a presión. Quizás le echa un poco de ajo en polvo. Lo otro, el arroz y el plato fuerte, viene de una cantina a domicilio llamada "Sazón", cuyos dueños, como saben que se trata de una casa de locos, escogen lo peor del repertorio y lo mandan de cualquier manera en dos grandes cazuelas grasientas. Debían enviar comida par veintitrés, pero sólo mandan comida para once. El señor Curbelo considera que es bastante. Y nadie protesta. Pero el día que alguien protesta, el señor Curbelo, si mirarlo, le dice:"¿No te gusta? Pues sino te gusta ¡vete!". Pero... ¿quién se va a ir? La calle es dura. Aun para los locos que tienen los sesos en la luna. Y el señor Curbelo lo sabe y vuelve a decir:"¡Vete rápido!". Pero nadie se va. El protestón baja los ojos, retoma la cuchara y vuelve a tragar en silencio sus lentejas crudas.

Porque en el boarding home nadie tiene a nadie. La vieja Ida tiene dos hijos en Massachusettes que no quieren saber de ella. El silencioso Pino está solo y sin conocidos en este enorme país. René y Pepe, los dos retrasados mentales, no podrían jamás vivir con sus hastiados familiares. Reyes, el viejo tuerto, tiene una hija en Newport que no lo ve hace quince años. Hilda, la vieja con cistitis, no sabe ni siquiera cuál es su apellido. Yo tengo una tía... pero "nada más se puede hacer". El señor Curbelo sabe todo esto. Lo sabe bien. Por eso está tan seguro de que nadie se irá del boarding home y de que él serguirá recibiendo los cheques de trescientos dólares que el gobierno americano envía a cada uno de los locos de su hospicio. Son veintitrés locos; siete mil doscientos veintidós pesos al mes. Por eso el señor Curbelo tiene una casa en Coral Gables con todas las de la ley y una finca con caballos de raza. Y por eso se dedica los fines de semana al elegante deporte de la pesca submarina. Por eso sus hijos salen retratados el día de su cumpleaños en el periódico local, y él va a fiestas de sociedad vestido de frac y corbata de lazo. Ahora que mi tía se ha marchado, su mirada, antes cálida, me escruta con fría indiferencia.

―Ven -dice con sequedad. Y me lleva por un pasillo estrecho hasta un cuarto, el número cuatro, donde duerme otro loco cuyo ronquido recuerda el ruido de una sierra eléctrica.

―Ésta es tu cama ―dice, sin mirarme―. Ésta es tu toalla ―y señala una toalla raída y llena de manchas amarillas-. Este es tu closet, y éste es tu jabón -y saca la mitad de un jabón blanco del bolsillo y me lo entrega. No habla más. Mira su reloj, comprende que es tarde y sale del cuarto cerrando la puerta. Entonces pongo la maleta en el suelo, acomodo mi pequeño televisor sobre el armario, abro complemente la ventana y me siento en la cama que me han asignado con el libro de poetas ingleses entre mis manos. Lo abro al azar. Es un poema de Coleridge:

¡Ay!, de esos diablos que así te persiguen
Viejo Marino, te proteja Dios.
¿Por qué me miras así? Con mi ballesta.
Yo di muerte a Albatros...

La puerta del cuarto se abre de pronto y entra un sujeto robusto, de piel sucia como el agua de un charco. Trae una lata de cerveza en la mano y bebe de ella repetidas veces sin dejar de mirarme por el rabo del ojo.

―¿Tú eres nuevo? ―pregunta después.
―Sí.
―Yo soy Arsenio, el que cuida esto cuando Curbelo se va.
―Bien.

Mira mi maleta, mis libros, y su vista se detiene en mi pequeño televisor en blanco y negro.

―¿Funciona?
―Sí.
―¿Cuánto te costó?
―Sesenta pesos.

Bebe otra vez, sin dejar de mirar mi televisor con el rabo del ojo. Luego dice:

―¿Vas a comer?
―Sí
―Pues nada. La comida ya está.

Da la vuelta y sale del cuarto, siempre bebiendo de su lata. No tengo hambre, pero debo comer. Peso solamente quince libras, y mi cabeza suele darme vueltas de debilidad. La gente por la calle grita a veces: "¡Lombriz!". Tiro el libro de poetas ingleses sobre la cama y me abotono la camisa. El pantalón me baila en la cadera. Debo comer.

Salgo hacia el comedor.

La señora Caridad, encargada de repartir la comida de los locos, me sañala al llegar el único lugar disponible. Es un asiento al lado de Reyes, el viejo tuerto; Hilda, la anciana decrépita cuyas ropas hieden a orín y Pepe, el más viejo de los dos retrasados mentales. Se le llama a esta mesa "la mesa de los intocables", pues nadie los quiere tener al lado a la hora de comer. Reyes come con las manos, y su enorme ojo de vidrio, grande como un ojo de tiburón, supura a todas horas un humor acuoso que le cae hasta el mentón como una gran lágrima amarilla. Hilda también come con las manos y lo hace reclinada en la silla, como una marquesa que comiera manjares, de modo que la mitad de la comida cae sobre las ropas. Pepe, el retardado, come con una enorme cuchara que parece una pala de albañil; mastica lenta y ruidosamente con sus mandíbulas sin dientes, y toda su cara, hasta los ojos botados y enormes, está impregnada de chícharos y arroz. Me llevo la primera cucharada a la boca y lo mastico con lentitud. Mastico una y tres veces, y luego comprendo que no puedo tragar. Escupo todo sobre el plato, y salgo de allí. Cuando llego a mi cuarto, veo que me falta el televisor. Lo busco en mi closet y debajo de la cama, pero no está. Salgo en busca del señor Curbelo, pero el que está sentado en su buró es Arsenio, el segundo encargado. Bebe un trago de su lata de cerveza y me informa:

―Curbelo no está. ¿Qué pasó?
―Me han robado el televisor.
―Tsch, tsch, tsch―mueve la cabeza de desconsuelo―. Ése fue Louie―dice después―. Él es el ladrón.
―¿Dónde está Louie?
―En el cuarto número tres.

Voy hasta el cuarto número tres y encuentro allí al americano Louie que aúlla como un lobo cuando me ve entrar.

―¿T.V.? ―digo,
―Go to hell! ―exclama enfurecido. Aúlla de nuevo. Se abalanza sobre mí y me saca a empujones del su cuarto. Luego cierra la puerta de un tremendo tirón.

Miro a Arsenio. Sonríe. Pero lo oculta rápidamente tapándose la cara con una lata de cerveza.

―¿Un trago? -pregunta, tendiéndome la lata.
―Gracias, no bebo. ¿Cuándo vendrá el señor Curbelo?
―Mañana.
Bien. Nada más se puede hacer. Regreso a mi cuarto y me dejo caer sobre la cama con pesadez. La almohada apesta a sudor viejo. Sudor de otros locos que han pasado por aquí y se han deshidratado entre estas cuatro paredes. La tiro lejos de mí. Mañana pediré una sábana limpia, una almohada nueva, y un pestillo para ponerlo en la puerta y que nadie entre sin pedir permiso. Miro al techo. Es un techo azul, descascarado, recorrido por minúsculas cucarachas carmelitas. Bien. Éste es mi final. El último punto a donde pude llegar. Después de este boarding home ya no hay más nada. La calle y nada más. La puertea se abre de nuevo. Es Hilda, la vieja decrépita que se orina en las ropas. Viene buscando un cigarro. Se lo doy. Me mira con ojos bondadosos. Advierto, detrás de ese rostro horripilante, una cierta belleza de ayer. Tiene una voz sumamente dulce. Con ella narra su historia. Nunca se ha casado; dice. Es virgen. Tiene, dice, dieciocho años. Está buscando un caballero formal para unirse a él. Pero ¡un caballero!, no cualquier cosa.

―Usted tiene los ojos bonitos ―me dice con dulzura.
―Gracias.
―No hay de qué.

Dormí un poco. Soñé que estaba en un pueblo de provincias, allá en Cuba, y que en todo el pueblo no había un alma. Las puertas y las ventanas estaban abiertas de par en par, y a través de ellas se veían camas de hierro cubiertas con sábanas blancas muy limpias y bien tendidas. Las calles eran largas y silenciosas, y todas las casas eran de madera. Yo recorría angustiado aquel pueblo buscando alguna persona para conversar. Pero no había nadie. Sólo casas abiertas, camas blancas y un silencio total. No había una pizca de vida.

Desperté bañado en sudor. En la cama de al lado, el loco que roncaba como una sierra está ahora despierto y se pone le pantalón.

― Voy a trabajar ―me dice―. Trabajo toda la noche en una pizzería y me pagan seis pesos. También me dan pizza y coca cola.

Se pone la camisa y se calza los zapatos.

―Yo soy un esclavo antiguo ―dice―. Soy un hombre renacido. Yo, antes de esta vida, fui un judío que vivió en tiempo de los césares.

Sale dando un portazo. Miro a la calle a través de una ventana. Serán las doce de la noche. Me levanto de la cama y me dirijo a la sala, a tomar el fresco. Al pasar frente al cuarto de Arsenio, el encargado del hospicio, escucho un forcejeo de cuerpos y luego el ruido de una bofetada. Sigo mi camino y me siento en un butacón desvencijado que hiede a sudor viejo. Prendo un cigarro y echo la cabeza hacia atrás, recordando, todavía con miedo, el sueño que acabo de tener. Aquellas camas blanca y bien tendidas, aquellas casas solitarias abiertas de par en par, y yo, el único ser vivo en todo el pueblo. Entonces veo que alguien sale dando tumbos del cuarto de Arsenio, el encargado. Es Hilda, la vieja decrépita. Está desnuda. Detrás sale Arsenio, desnudo también. No me han visto.

―Ven―le dice a Hilda con voz de borracho.
―No ―responde ésta―. Eso me duele.
―Ven; te voy a dar un cigarrito ―dice Arsenio.
―No. ¡Me duele!

Doy una chupada a mi cigarro y Arsenio me descubre entre las sombras.

―¿Quién está ahí?
―Yo.
―¿Quién es yo?
―El nuevo.

Murmura algo, disgustado, y vuelve a meterse en su cuarto. Hilda viene hasta mí. Un rayo de luz, procedente de un poste eléctrico, baña su cuerpo desnudo. Es un cuerpo lleno de pellejos y huecos profundos.

―¿Tienes un cigarrito?―dice con voz dulce.
Se lo doy.

―A mí no me gusta que la metan por detrás –dice―. Y ése, ¡ese desgraciado!―y señala el cuarto de Arsenio―, nada más quiere hacerlo por ahí.

Se va.

Vuelco a recostar la cabeza en el respaldar del burtacón. Pienso en Coleridge, el autor de Kubla Kan, a quien el desencanto de la Revolución Francesa provocó la ruina y la esterilidad como poeta. Pero pronto mis pensamientos se cortan. El boarding home se estremece con un aullido largo y aterrador. Aparece en la sala Louie, el americano, con el rostro desfigurado de cólera.

―Fuck your ass! ―grita en dirección a la calle, donde no hay nadie a estas horas―. Fuck your ass! Fuck your ass!

Da un golpe con el puño sobre un espejo de pared, y este cae al duelo hecho pedazos. Arsenio, el encargado, dice con voz aburrida desde su cama:

―Louie... you cama nao. You pastilla tomorow. You no jodas más.

Y Louie desaparece entre las sombras.

Arsenio es el verdadero jefe del boarding home. El señor Curbelo, aunque viene todos los días (menos sábado y domingo), sólo está aquí tres horas y después se va. Hace el potaje, prepara las pastillas del día, escribe algo desconocido en una gruesa libreta, y luego se va. Arsenio está aquí las venticuatro horas, sin salir, sin ir siquiera a la esquina por cigarros. Cuando necesita fumar, le pide a algún loco que vaya a la bodega. Cuando tiene hanbre, manda a buscar comida a la fonda de la esquina a Pino, que es un loco mandadero. Tambien manda po cerveza, mucha cerveza, pues Arsenio se pasa todo el día completamente borracho. Sus amigos le llaman Budweiser, que es la marca de cerveza que toma. Cuando bebe, su ojos se hacen malignos, su voz se torna (¡aún!) más torpe, y sus ademanes más toscos e insolentes. Entonces le da patadas a Reyes, el tuerto; abre las gavetas de cualquiera en busca de dinero, y se pasea por el boarding home con un cuchilo, se lo da a René; el retardado, y le dice enseñándoselo a Reyes, el tuerto:"¡Méteselo!". Y explica bien: "Méteselo por el cuello que es la parte más blandita". René, el retardado, toma el cuchillo con la mano torpe y avanza sobre el viejo tuerto. Pero aunque da cuchilladas ciegas, nunca lo penetra, pues no tiene fuerzas para ello. Arsenio lo sienta entonces en la mesa; trae una lata de cerveza vacía, y hunde el cuchillo en esta lata. "¡Así se dan las puñaladas!"; le exlica a René. "¡Así, así, así!" y da de puñaladas a la lata hasta que la llena de agujeros. Entonces se vuelve a poner el cuchillo en la cintura, da una salvaje patada al trasero del viejo tuerto, y vuelve a sentarse en el buró del señor Curbelo a tomar nuevas cervezas. "¡Hilda!" -llama después-. Y viene Hilda, la vieja decrépita que apesta a orín. Arsenio le toca el sexo por encima de la ropa y le dice: "¡Lávatelo hoy!".

―¡Fuera, hombre! ―protesta Hilda indignada. Y Arsenio se echa a reír. Su boca también está llena de dientes podridos, como todas las bocas del boarding home. Y su torso, cuadrado y sudoroso, está rajado por una cicatriz que le va del pecho hasta el ombligo. Es una puñalada que le dieron en la cárcel, cinco años atrás, cuando cumplía una condena por ladrón. El señor Curbelo le paga setenta pesos semanales. Pero Arsenio está contento. No tiene familia, no tiene oficio, no tiene aspiraciones en la vida, y aquí en el boarding home, es todo un jefe. Por primera vez en su vida Arsenio, sabe que Curbelo nunca lo botará. "Yo soy todo para él", suele exclamar. "Nunca encontrará a otro como yo." Y es verdad. Por setenta pesos a la semana Curbelo no encontrá en todos los Estados Unidos otro secretrario como Arsenio. No lo encontrará.

Desperté. Me quedé dormido en el butacón desvencijado y me desperté a eso de las siete. Soñé que estaba amarrado a una roca y que mis uñas eran largas y amarillas como las de un faquir. En mi sueño, aunque estaba amarrado por el castigo de los hombres, yo tenía un enorme poder sobre los animales del mundo. "¡Pulpos! -gritaba yo-, tráiganme una concha marina en cuya superficie esté grabada la Estatua de la Libertad." Y los pulpos, enormes y cartilaginosos, se afanaban con sus tentáculos en buscar esta concha entre millones y millones de conchas que hay en el mar. Luego la encontraban, la subían penosamente hacia esa roca donde yo estaba cautivo, y me la entregaban con gran respeto y humildad. Yo miraba la concha, soltaba una carcajada, y la botaba al vacío con inmenso desdén. Los pulpos lloraban gruesos lagrimones cristalinos por mi crueldad. Pero yo reía con el llanto de los pulpos, y gritaba con voz terrible: "Tráiganme otra igual".

Son las ocho de la mañana. Arsenio no se ha despertado para dar el desayuno. Los locos se apiñan hambrientos en la sala del televisor.

―¡Senio...! ―grita Pepe, el retrasado―. ¡Tayuno! ¡Tayuno! ¿Cuándo va a dar tayuno?

Pero Arsenio, aún borracho, sigue en su cuarto roncando boca arriba. Uno de los locos pone el televisor. Sale un predicador hablando de Dios. Dice que estuvo en Jerusalén. Que vio la huerta de Gertsemaní. Salen por la televisión fotos de estos lugares donde anduvo Dios. Sale el río Jordán, cuyas aguas limpias y mansas, dice el predicador que son imposibles de olvidar. "He estado allí", dice el predicador. "He respirado, dos mil años después, la presencia de Jesús." Y el predicador llora. Su voz se hace dolorida. "¡Aleluya!", dice. El loco cambia de canal. Pone, esta vez, el canal latino. Se trata ahora de un comentarista cubano que habla de la política internacional.

"Estados Unidos debe ponerse duro", dice. "El comunismo se ha infiltrado en esta sociedad. Está en las universidades, en los periódicos, en la intelectualidad. Debemos volver a los grandes años de Eisenhower."

―¡Eso! ―dice a mi lado un loco llamado Eddy―. Estado Unidos debe llenarse de cojones y arrasar. Lo primero que tiene que caer es México, que está lleno de comunistas. Después Panamá. Y luego Nicaragua. Y donde quiera que haya un comunista, hay que colgarlo de los cojones. A mí los comunistas me lo quitaron todo. ¡Todo!

―¿Qué te quitaron, Eddy? ―pregunta Ida, la gran dama venida a menos.

Eddy responde:

―Me quitaron treinta caballerías de tierra sembrada de mangos, cañas, cocos... ¡Todo!

―A mi marido le quitaron un hotel y seis casas en La Habana ―dice Ida― ¡Ah!, y tres boticas y una fábrica de medias y un restorán.

―¡Son unos hijos de puta! ―dice Eddy―. Por eso los Estados Unidos deben arrasar. Meter cinco o seis bombas atómicas. ¡Arrasar!

Eddy comienza a temblar.

―¡Arrasar! ―dice―. ¡Arrasar!

Tiembla mucho. Tiembla tanto que se cae de la silla y sigue temblando en el piso.

―¡Arrasar! ―dice, desde ahí.

Ida grita:

―¡Arsenio!, Eddy tiene un ataque.

Pero Arsenio no responde. Entonces Pino, el loco silencioso, va hasta el lavamanos y regresa con un vaso de agua que tira sobre la cabeza de Eddy.

―Ya está bien ―dice Ida―. Ya está bien. Quiten ese televisor.

Lo quitan. Me levanto. Voy al baño a orinar. El inodoro esta tupido por una sábana que han metido dentro. Orino sobre la sábana. Luego me lavo la cara con una pastilla de jabón que encuentro sobre el lavabo. Me voy a secar al cuarto. En el cuarto, ese loco que trabaja es una pizzería por las noches está contando el dinero.

―Gané seis pesos ―dice, guardando sus ganancias en una cartera―. También me dieron una pizza y una coca cola.
―Me alegro ―digo, secándome con la toalla.

Entonces la puerta se abre bruscamente y aparece Arsernio. Se acaba de levantar. Su pelo de alambre esta erizado y sus ojos están sucios y abultados.

―Oye ―dice al loco―, dame tres pesos.
―¿Por qué?
―No te preocupes. Ya te pagaré.
―Tú nunca pagas ―protesta el loco con voz infantil―. Tú sólo coges y coges y nunca pagas.
―Dame tres pesos ―vuelve a decir Arsenio.
―No.

Arsenio va hasta él, lo coge por el cuello con una mano y con la mano libre le registra los bolsillos. Da con la cartera. Saca cuatro pesos y tira los otros dos sobre la cama. Luego se vuelve hacia a mí y me dice:

―Todo lo que ves aquí, si tú quieres, díselo a Curbelo. Que yo apuesto diez a uno a que gano yo.

Sale del cuarto sin cerrar la puerta, y grita desde el pasillo:

―¡Desayuno!

Y los locos salen en tropel detrás de él, rumbo a las mesas del comedor.

Entonces el loco que trabaja en la pizzería coge los dos pesos que le han quedado. Sonríe y exclama alegremente:

―¡Desayuno! ¡Qué bueno! Con el hambre que tengo.

Sale también. Yo termino de secarme la cara. Me miro en el espejo lleno de nubes grises que hay en el cuarto. Quince años atrás era lindo. Tenía mujeres. Paseaba mi cara con arrogancia por el mundo. Hoy..., hoy...

Cojo el libro de poetas ingleses y salgo a desayunar.

Arsernio reparte el desayuno. Es leche fría. Lo locos se quejan de que no hay corn flakes.

―Díganselo a Curbelo ―dice Arsenio con indiferencia.

Luego toma con desgano el botellón de leche y va llenando los vasos con desidia. La mitad de la leche cae al suelo. Cojo mi vaso, y allí mismo, de pie, apuro la leche de un tirón. Salgo del comedor. Entro de nuevo en la casa grande y vuelvo a sentarme en el butacón destartalado. Pero antes enciendo el televisor. Sale un cantante famoso, a quien llaman El Puma, adorado por las mujeres de Miami. El Puma mueve la cintura. Canta :"Viva, viva, viva, la liberación". Las mujeres del público deliran. Comienzan a tirarle flores. El Puma, uno de los hombres que hacen temblar a las mujeres de Miami. Esas mismas que, cuando yo paso, ni se dignan a mirarme, y si lo hacen, es para aguantar más fuerte sus caderas y apretar el paso con temor. Helo aquí: El Puma. No sabe quién es Joyce ni le interesa. Jamás leerá a Coleridge ni lo necesita. Nunca estudiará El 18 de Brumario de Carlos Marx. Jamás abrazará desesperadamente una ideología y luego se sentirá traicionado por ella. Nunca su corazón hará crack ante una idea en la que se creyó firme, desesperadamente. Ni sabrá quiénes fueron Lunacharsky, Bulganin, Trotsky, Kameneev o Zinoviev. Nunca experimentará el júbilo de ser miembro de una revolución, y luego la angustia de ser devorado por ella. Nunca sabrá lo que es La Maquinaria. Nunca lo sabrá.

Concepto de ficción, por Juan José Saer.

03 marzo 2007

Nunca sabremos cómo fue James Joyce. De Gorman a Ellmann, sus biógrafos oficiales, el progreso principal es únicamente estilístico: lo que el primero nos trasmite con vehemencia, el segundo lo hace asumiendo un tono objetivo y circunspecto, lo que confiere a su relato una ilusión más grande de verdad. Pero tanto las fuentes del primero como las del segundo –entrevistas y cartas– son por lo menos inseguras, y recuerdan el testimonio del «hombre que vio al hombre que vio al oso», con el agravante de que para la más fantasiosa de las dos biografías, la de Gorman, el informante principal fue el oso en persona. Aparte de las de este último, es obvio que ni la escrupulosidad ni la honestidad de los informantes pueden ser puestas en duda, y que nuestro interés debe orientarse hacia cuestiones teóricas y metodológicas.

En este orden de cosas, la objetividad ellmaniana, tan celebrada, va cediendo paso, a medida que avanzamos en la lectura, a la impresión un poco desagradable de que el biógrafo, sin habérselo propuesto, va entrando en el aura del biografiado, asumiendo sus puntos de vista y confundiéndose paulatinamente con su subjetividad. La impresión desagradable se transforma en un verdadero malestar en la sección 1932-1935, que, en gran parte, se ocupa del episodio más doloroso de la vida de Joyce, la enfermedad mental de Lucía. Echando por la borda su objetividad, Ellmann, con argumentos enfáticos y confusos, que mezclan de manera imprudente los aspectos psiquiátricos y literarios del problema, parece aceptar la pretensión demencial de Joyce de que únicamente él es capaz de curar a su hija. Cuando se trata de meros acontecimientos exteriores y anecdóticos, no pocas veces secundarios, la biografía puede mantener su objetividad, pero apenas pasa al campo interpretativo el rigor vacila, y lo problemático del objeto contamina la metodología. La primera exigencia de la biografía, la veracidad, atributo pretendidamente científico, no es otra cosa que el supuesto retórico de un género literario, no menos convencional que las tres unidades de la tragedia clásica, o el desenmascaramiento del asesino en las últimas páginas de la novela policial.

El rechazo escrupuloso de todo elemento ficticio no es un criterio de verdad. Puesto que el concepto mismo de verdad es incierto y su definición integra elementos dispares y aun contradictorios, es la verdad como objetivo unívoco del texto y no solamente la presencia de elementos ficticios lo que merece, cuando se trata del género biográfico o autobiográfico, una discusión minuciosa. Lo mismo podemos decir del género, tan de moda en la actualidad, llamado, con certidumbre excesiva, non-fiction: su especificidad se basa en la exclusión de todo rastro ficticio, pero esa exclusión no es de por sí garantía de veracidad. Aun cuando la intención de veracidad sea sincera y los hechos narrados rigurosamente exactos –lo que no siempre es así– sigue existiendo el obstáculo de la autenticidad de las fuentes, de los criterios interpretativos y de las turbulencias de sentido propios a toda construcción verbal. Estas dificultades, familiares en lógica y ampliamente debatidas en el campo de las ciencias humanas, no parecen preocupar a los practicantes felices de la non-fiction. Las ventajas innegables de una vida mundana como la de Truman Capote no deben hacernos olvidar que una proposición, por no ser ficticia, no es automáticamente verdadera.

Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuanto a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral. Aun con la mejor buena voluntad, aceptando esa jerarquía y atribuyendo a la verdad el campo de la realidad objetiva y a la ficción la dudosa expresión de lo subjetivo, persistirá siempre el problema principal, es decir la indeterminación de que sufren no la ficción subjetiva, relegada al terreno de lo inútil y caprichoso, sino la supuesta verdad objetiva y los géneros que pretenden representarla. Puesto que autobiografía, biografía, y todo lo que puede entrar en la categoría de non-fiction, la multitud de géneros que vuelven la espalda a la ficción, han decidido representar la supuesta verdad objetiva, son ellos quienes deben suministrar las pruebas de su eficacia. Esta obligación no es fácil de cumplir: todo lo que es verificable en este tipo de relatos es en general anecdótico y secundario, pero la credibilidad del relato y su razón de ser peligran si el autor abandona el plano de lo verificable.

La ficción, desde sus orígenes, ha sabido emanciparse de esas cadenas. Pero que nadie se confunda: no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la "verdad", sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación, carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una reducción abusiva y un empobrecimiento. Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha. No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria.

La ficción no es, por lo tanto, una reivindicación de lo falso. Aun aquellas ficciones que incorporan lo falso de un modo deliberado –fuentes falsas, atribuciones falsas, confusión de datos históricos con datos imaginarios, etcétera–, lo hacen no para confundir al lector, sino para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario. Esa mezcla, ostentada sólo en cierto tipo de ficciones hasta convertirse en un aspecto determinante de su organización, como podría ser el caso de algunos cuentos de Borges o de algunas novelas de Thomas Bernhard, está sin embargo presente en mayor o menor medida en toda ficción, de Homero a Beckett. La paradoja propia de la ficción reside en que, si recurre a lo falso, lo hace para aumentar su credibilidad. La masa fangosa de lo empírico y de lo imaginario, que otros tienen la ilusión de fraccionar a piacere en rebanadas de verdad y falsedad, no le deja, al autor de ficciones, más que una posibilidad: sumergirse en ella. De ahí tal vez la frase de Wolfgang Kayser: "No basta con sentirse atraído por ese acto; también hay que tener el coraje de llevarlo a cabo".

Pero la ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción. Ese deseo no es un capricho de artista, sino la condición primera de su existencia, porque sólo siendo aceptada en tanto que tal, se comprenderá que la ficción no es la exposición novelada de tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo, inseparable de lo que trata. Este es el punto esencial de todo el problema, y hay que tenerlo siempre presente, si se quiere evitar la confusión de géneros. La ficción se mantiene a distancia tanto de los profetas de lo verdadero como de los eufóricos de lo falso. Su identidad total con lo que trata podría tal vez resumirse en la frase de Goethe que aparece en el artículo ya citado de Kayser ("¿Quién cuenta una novela?"): "La Novela es una epopeya subjetiva en la que el autor pide permiso para tratar el universo a su manera; el único problema consiste en saber si tiene o no una manera; el resto viene por añadidura". Esta descripción, que no proviene de la pluma de un formalista militante ni de un vanguardista anacrónico, equidista con idéntica independencia de lo verdadero y de lo falso.

Para aclarar estas cuestiones, podríamos tomar como ejemplo algunos escritores contemporáneos. No seamos modestos: pongamos a Solienitsin como paradigma de lo verdadero. La Verdad-Por-Fin-Proferida que trasunta sus relatos, si no cabe duda que requería ser dicha, ¿qué necesidad tiene de valerse de la ficción? ¿Para qué novelar algo de lo que ya se sabe todo antes de tomar la pluma? Nada obliga, si se conoce ya la verdad, y si se ha tomado su partido, a pasar por la ficción. Empleadas de esa manera, verdad y ficción se relativizan mutuamente: la ficción se vuelve un esqueleto reseco, mil veces pelado y vuelto a recubrir con la carnadura relativa de las diferentes verdades que van sustituyéndose unas a otras. Los mismos principios son el fundamento de otra estética, el realismo socialista, que la concepción narrativa de Solienitsin contribuye a perpetuar. Solienitsin difiere con la literatura oficial del estalinismo en su concepción de la verdad, pero coincide con ella en la de la ficción como sirvienta de la ideología. Para su tarea, sin duda necesaria, informes y documentos hubiesen bastado. Lo que debemos exigir de empresas como la suya, es un afincamiento decidido y vigilante en el campo de lo verificable. Sus incursiones estéticas y su gusto por la profecía se revelan a simple vista de lo más superfluos. Y por otro lado, no basta con dejarse la barba para lograr una restauración dostoyevskiana.

Con Umberto Eco, las amas de casa del mundo entero han comprendido que no corren ningún peligro: el hombre es medievalista, semiólogo, profesor, versado en lógica, en informática, en filología. Este armamento pesado, al servicio de "lo verdadero", las hubiese espantado, cosa que Eco, como un mercenario que cambia de campo en medio de la batalla, ha sabido evitar gracias a su instinto de conservación, poniéndolo al servicio de "lo falso". Puesto que lo dice este profesor eminente, piensan los ejecutivos que leen sus novelas entre dos aeropuertos, no es necesario creer en ellas ya que pertenecen, por su naturaleza misma, al campo de lo falso: su lectura es un pasatiempo fugitivo que no dejará ninguna huella, un cosquilleo superficial en el que el saber del autor se ha puesto al servicio de un objeto fútil, construido con ingeniosidad gracias a un ars combinatoria. En este sentido, y sólo en éste, Eco es el opuesto simétrico de Solienitsin: a la gran revelación que propone Solienitsin, Eco responde que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo antiguo y lo moderno se confunden, la novela policial se traslada a la edad media, que a su vez es metáfora del presente, y la historia cobra sentido gracias a un complot organizado. (Ante Eco, me viene espontáneamente al espíritu una frase de Barrés: "Rien ne déforme plus l'histoire que d'y chercher un plan concerté".) Su interpretación de la historia está puesta de manera ostentosa para no ser creída. El artificio, que suplanta al arte, es exhibido continuamente de modo tal que no subsista ninguna ambigüedad.

La falsedad esencial del género novelesco autoriza a Eco no solamente la apología de lo falso a lo cual, puesto que vivimos en un sistema democrático, tiene todo el derecho, sino también a la falsificación. Por ejemplo, poner a Borges como bibliotecario en "El nombre de la rosa" (título por otra parte marcadamente borgeano), es no solamente un homenaje o un recurso intertextual, sino también una tentativa de filiación. Pero Borges –numerosos textos suyos lo prueban–, a diferencia de Eco y de Solienitsin, no reivindica ni lo falso ni lo verdadero como opuestos que se excluyen, sino como conceptos problemáticos que encarnan la principal razón de ser de la ficción. Si llama "Ficciones" a uno de sus libros fundamentales, no lo hace con el fin de exaltar lo falso a expensas de lo verdadero, sino con el de sugerir que la ficción es el medio más apropiado para tratar sus relaciones complejas.

Otra falsificación notoria de Eco es atribuir a Proust un interés desmedido por los folletines. En esto hay algo que salta a la vista: subrayar el gusto de Proust por los folletines es un recurso teatral de Eco para justificar sus propias novelas, como esos candidatos dudosos que, para ganar una elección local, simulan tener el apoyo del presidente de la república. Es una observación sin ningún valor teórico o literario, tan intrascendente desde ese punto de vista como el hecho, universalmente conocido, de que a Proust le gustaban las madeleines. Es significativo en cambio que Eco no haya escrito que a Agatha Christie o a Somerset Maugham les gustaban los folletines, y con razón, porque si pone de testigo a Proust para exaltar los folletines es justamente porque escribió "A la recherche du temps perdu". Es detrás de la Recherche que Eco pretende ampararse, no del supuesto gusto de Proust por los folletines. Basta con leer una novela de Eco o de Somerset Maugham para saber que a sus autores les gustan los folletines. Y para convencerse de que a Proust no le gustaban tanto, la lectura de la Recherche es más que suficiente.

Mi objetivo no es juzgar moralmente y mucho menos condenar, pero aun en la más salvaje economía de mercado, el cliente tiene derecho a saber lo que compra. Incluso la ley, tan distraída en otras ocasiones, es intratable en lo que se refiere a la composición del producto. Por eso, no podemos ignorar que en las grandes ficciones de nuestro tiempo, y quizás de todos los tiempos, está presente ese entrecruzamiento crítico entre verdad y falsedad, esa tensión íntima y decisiva, no exenta ni de comicidad ni de gravedad, como el orden central de todas ellas, a veces en tanto que tema explícito y a veces como fundamento implícito de su estructura. El fin de la ficción no es expedirse en ese conflicto sino hacer de él su materia, modelándola "a su manera". La afirmación y la negación le son igualmente extrañas, y su especie tiene más afinidades con el objeto que con el discurso. Ni "El Quijote", ni "Tristam Shandy", ni "Madame Bovary", ni "El Castillo" pontifican sobre una supuesta realidad anterior a su concreción textual, pero tampoco se resignan a la función de entretenimiento o de artificio: aunque se afirmen como ficciones, quieren sin embargo ser tomadas al pie de la letra. La pretensión puede parecer ilegítima, incluso escandalosa, tanto a los profetas de la verdad como a los nihilistas de lo falso, identificados, dicho sea de paso, y aunque resulte paradójico, por el mismo pragmatismo, ya que es por no poseer el convencimiento de los primeros que los segundos, privados de toda verdad afirmativa, se abandonan, eufóricos, a lo falso. Desde ese punto de vista la exigencia de la ficción puede ser juzgada exorbitante, y sin embargo todos sabemos que es justamente por haberse puesto al margen de lo verificable que Cervantes, Sterne, Flaubert o Kafka nos parecen enteramente dignos de crédito.
A causa de este aspecto principalísimo del relato ficticio, y a causa también de sus intenciones, de su resolución práctica, de la posición singular de su autor entre los imperativos de un saber objetivo y las turbulencias de la subjetividad, podemos definir de un modo global la ficción como una antropología especulativa. Quizás –no me atrevo a afirmarlo– esta manera de concebirla podría neutralizar tantos reduccionismos que, a partir del siglo pasado, se obstinan en asediarla. Entendida así, la ficción sería capaz no de ignorarlos, sino de asimilarlos, incorporándolos a su propia esencia y despojándolos de sus pretensiones de absoluto. Pero el tema es arduo, y conviene dejarlo para otra vez.

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